Una profesión imposible

En un país donde ya nadie cree en la capacidad de la política para transformar el estado de las cosas; en una nación donde la religión (no la pasión religiosa) ha perdido fuerza y liderazgo para...

En un país donde ya nadie cree en la capacidad de la política para transformar el estado de las cosas; en una nación donde la religión (no la pasión religiosa) ha perdido fuerza y liderazgo para marcar el rumbo a los ciudadanos; en un país donde algunas de las viejas instituciones (la familia, la escuela, el Estado y la iglesia) y sus macro-relatos compensadores tienen ya un buen rato de haber entrado en crisis; en una nación donde los ciudadanos manifiestan tener una angustiante sensación de crisis, inseguridad, inestabilidad y miedo por el aumento del crimen organizado y la narcoviolencia; en un país donde las catástrofes sociales de la pobreza, la desigualdad, el desempleo, la migración y la falta de oportunidades forman parte de la vida cotidiana de millones de mexicanos; en un país así, como en el que hoy vivimos, campea el desencanto, abunda la desilusión y escasea la esperanza.

Ante la carencia de instituciones en las cuales "creer" y frente a lo desolador de la realidad nacional, en México el espectáculo del futbol profesional -un juego cuya imprevisibilidad ofrece un oasis de emoción y diversión en medio del desierto- se ha erigido y consolidado como uno de los pocos espacios masivos que todavía nos quedan para experimentar (por la vía del vouyerista placer del consumo televisivo) gozo y esparcimiento.

Entre los distintos productos de la industria del futbol espectáculo, la Selección Nacional es sin duda el emblema máximo: el equipo que según el discurso mediático sintetiza de forma sublime los problemas y las aspiraciones de toda una patria.

En un país fragmentado en regiones y ciudades que compiten entre sí,  el Tri es quizá de los pocos artefactos simbólicos de fácil acceso que todavía nos permiten imaginar y vivir "en vivo y en directo" y aunque sea por algunos minutos la sensación de "unidad nacional". Es por lo mismo el "producto" a partir del cual  muchos mexicanos ejercen con placer e ilusión su derecho a la esperanza.

En medio del desencanto generado por las crisis de la política y la religión, y más allá de la desesperación y la desesperanza generada por lo precario de la situación económica de nuestro país, partido a partido la mitificada y sacralizada Selección Mexicana de futbol encarna una serie de fantasías, ideales, aspiraciones y sueños.

Verdadero asidero y espacio psicológico de fuga, por vía de la sublimación (esa operación que permite el traslado de las destructoras energías vitales en cosas no sexuales) el Tri moviliza mucha más energía social que cualquier partido político y despierta más atención y conversaciones que cualquier debate sobre la nacionalización de los expoliados recursos petroleros.

Todo lo que no se le exige a la política porque se sabe de antemano que nunca cumple; todo lo que no se le solicita a la religión porque se identifican sus límites; todo lo que no se le pide a los empresarios y economistas porque sus ansias de negocio no se los permite; a gritos o en voz baja, desde mesas redondas en la radio o la televisión, desde columnas o diálogos informales a ras de banqueta, se le implora, se le solicita, se le pide y se le exige a la Selección: que funcione bien, que avance, que no cometa errores, que se organice, que se entregue, que triunfe, que haga un buen papel, que se comporte dignamente. Se le pide siempre que al menos no nos defraude y lastime, que no nos desilusione ni decepcione porque para eso ya tenemos a los políticos y a los demás personajes e instituciones.

Porque secretamente intuimos la carencia de un proyecto de nación y porque en el fondo sabemos que las cosas en nuestro país no andan bien, tanto desde el discurso mediático como desde el imaginario popular, al Tri se le pide siempre que nos cumpla, que por fin nos satisfaga, que nos colme, que nos de la sensación de claridad y rumbo, que nos llene, que nos de la felicidad que la realidad siempre incierta, trágica, caótica y violenta no nos aporta.

La expectativa, la esperanza y el amasijo de ilusiones que se depositan en la Selección es inversamente proporcional a la desilusión y desesperanza que día a día se confirma cuando se escuchan, ven o leen las noticias. Está muy claro: en el siglo XXI la máquina de utopías domingueras no se encuentra en el discurso político o religioso sino en el discurso esperanzador y reivindicante que en cada competición encarnan "los muchachos" que componen la solemne Selección Mexicana.

Y porque la Selección Mexicana de futbol es un enorme imán de demandas e ilusiones, y porque encarna un ideal que cumple un importante papel simbólico en cuanto al modo que imaginamos a nuestra nación, es que la función del técnico nacional es tan complicada y desdichada.

"Complicada" porque en cuanto líder y estratega en México al técnico nacional siempre se le exigirá más de lo que humanamente puede hacer (es decir, siempre se le pedirá y demandará que cumpla con todas las expectativas). Y "desdichada" porque son tantas y tan idealizadas las esperanzas que se concentran en él y en su equipo, que nunca las podrá cumplir todas (por norma siempre dejará cosas sueltas e inconclusas y no podrá satisfacer a todos).

Tal como hace mucho lo señaló Jaques Lacan, el igual que la de político (del que se espera que resuelva todos los problemas y satisfaga todas las demandas), la de maestro (del que se espera que sepa todo y satisfaga las demandas de amor-saber de sus alumnos) o la de psicoanalista (de quien se espera una cura imposible o las respuestas para acceder por fin a la tranquilidad psíquica y la felicidad), la del técnico nacional es una "profesión imposible".

Por el lugar que ocupa siempre se le pide algo que no puede dar: redención, satisfacción total. Por ello, más que una persona concreta y específica (con sus defectos y cualidades, con su carácter y personalidad), la del técnico nacional antes que otra cosa es una "figura" a la que desde muchos frentes se le pide que cumpla con la función de caudillo, sabio y "padre simbólico" que nos guié, que nos aconseje, que nos oriente, que nos comande, que nos salve.

Por la historia y situación de nuestro país, pero sobre todo por nuestra humana tendencia a buscar el placer o la felicidad y fracasar en su absoluta consecución, al técnico del Tri, a cada uno de los que han ocupado ese puesto y lo ocupen en el futuro, se le exigirá que arregle de una vez por todas las cosas, que nos indique el camino definitivo, que nos satisfaga de forma absoluta.

Al técnico nacional se le exige redención, se le exige que llene nuestras deficiencias, se le pide que lo resuelva todo. Sin embargo, humanamente hablando no hay nadie que cubra tal expectativa y por ello todos siempre se quedaran cortos. Y por eso es que prácticamente todo el que ocupe ese lugar y se anime a cumplir esa "función" está por definición forzado a fallar.

Condenados al  fracaso psíquico (que no al deportivo) de colmar nuestro titánico deseo de felicidad, los técnicos nacionales para serlo lo primero que requieren son cualidades histriónicas para "actuar" como si fueran a lograr algo que de antemano ya saben que es imposible. Así lo intentó Hugo, quien apostó todo a su historial como goleador y "carisma", pero cuya soberbia lo hizo tropezar desnudando su impericia.

Luego de la pobre labor de los head-hunters de la FMF (con Vergara a la cabeza), como cada vez que arriba un nuevo técnico, desde que se anunció la llegada de Sven-Goran Eriksson al frente de la Selección Nacional el péndulo mediático de las esperanzas, las promesas, las ilusiones, las criticas y las frustraciones empezó a caminar.

Para algunos, el sueco es equivalente a Maximiliano (cuando no a Hernán Cortés). Para otros, es el Quetzalcoatl que todos estábamos esperando: el sabio que por fin nos guiará, ordenará y permitirá llegar al (conformista) paraíso del quinto partido.

Aunque en este momento es imposible saber si en términos deportivos Sven cumplirá lo que ha prometido, lo único cierto es que más allá de su éxitos o fracasos futbolísticos, como a todo asalariado de lujo su contrato le garantiza llevarse un buen tesoro a cambio de dos cosas: cumplir temporalmente (mientras regresa la frustración y la desesperación que corrió a Hugo) la función actoral del nuevo redentor de la patria mediática y sortear con escandinava elegancia ("aguantar vara") la lluvia de improperios y críticas esgrimidas por sus acérrimos detractores nacionalistas (aquellos que independientemente de su experiencia o conocimiento, piensan que solo un conacional tiene el amor suficiente para dirigir los destinos de la utopía verde que conocemos como el Tri).

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