Monumento necesario

¿Por qué en México no hay un monumento al aficionado de futbol? Existen monumentos y placas con frases políticamente correctas dedicadas a varios dueños, empresarios, futbolistas (las más...

¿Por qué en México no hay un monumento al aficionado de futbol? Existen monumentos y placas con frases políticamente correctas dedicadas a varios dueños, empresarios, futbolistas (las más recientes de Hugo Sánchez están más que bien en su jardín), equipos y hasta cronistas, pero no hay por ninguna parte del territorio nacional alguna efigie consagrada a los que torneo a torneo sostienen y con avidez consumen esa forma surrealista del melodrama que todo conocemos como el futbol nacional.

Más allá del tradicional e hipócrita desdén que en este país las élites (políticos, caciques y empresarios, principalmente) han tenido hacia los millones de mexicanos que, además de nutrir estadísticamente las filas de las deterioradas y empobrecidas clases medias y bajas, en tanto electores o clientes son los que sostienen sus jugosos negocios y de paso mueven, trabajan y dan fuerza a este país; asombra que en tiempos de la sacralización de los derechos de los consumidores, de la customización (la personalización de los productos) y la economía de los servicios (donde el cliente o consumidor es el que manda), al ciudadano mexicano aficionado del futbol no se le haya valorado ni dado el lugar que merece.

Tratándose de un producto mediático y un negocio tan importante, de un deporte y espectáculo que ha marcado tan hondamente el imaginario y la cultura popular, resulta sorprendente que, a los que por años se han beneficiado del balompié profesional (futbolistas, árbitros, dueños, federativos, televisoras, gobiernos, etcétera), hasta ahora no se les haya ocurrido organizarse y cabildear para erigir en algún lugar estratégico alguna escultura sublime y enorme que recuerde y rinda un merecido homenaje a los (inevitablemente masoquistas y devotos) seguidores, fans y aficionados al pambol.

Como en muchas otras cosas, en este país el aficionado al futbol (un personaje clave dentro de la actual picaresca nacional) bien puede considerarse  casi un héroe, un verdadero mártir que por amor al esférico ha aguantado de todo: mentiras de sus ídolos, malos partidos, autógrafos ilegibles, finales aburridas, justificaciones absurdas (como las del "penta"), fotografías con edecanes tapizadas de logos, engaños espectaculares, malas contrataciones, reventa despiadada, estadios incómodos, cambios súbitos de sede, muerte y resucitación de franquicias, movimientos de última hora en la programación de los encuentros, descensos programados, Liguillas fantasiosas, etcétera.

En México el aficionado se merece todo porque él ha dado de más mientras que su Selección y la mayoría de sus equipos casi no le han dado nada (hasta ahora no se ha podido descifrar el enigma de por qué, a pesar de las decepciones y los atropellos, ahí, incólume y estoico, sigue, fiel, consumiendo los productos que la industria caprichosamente le arroja).

El homo soccer mexicano también se merece un homenaje porque durante una parte de su existencia ha gastado dinero para comprar boletos, periódicos, revistas, camisetas, tarjetas, banderas, fotografías y un largo etcétera de productos o mensajes que lo informan, deleitan o simplemente permiten expresar su pasión. Se merece un tributo porque ha invertido cientos, quizá miles de horas para ver o escuchar partidos que no le han dado la dosis de alegría que esperaba. Se merece agradecimientos porque aunque el aluvión de información periodística sobre futbol abruma y por momentos aplasta, él sigue adelante, esperando ilusionado el encuentro o el torneo siguiente.

El aficionado mexicano al futbol se merece sobre todo aplausos y monumentos por su aguante. Es el único aficionado del mundo acostumbrado a ver, como nadie, una gran cantidad de partidos de su Selección pero disputados casi todos ellos fuera de su nación. Es un tipo de aficionado de paciencia infinita al que cada 4 años se le vende y relata el mismo cuento mediático. Un aficionado al que se le grita que su Selección se encuentra entre las primeras veinte del mundo y al que se le busca complacer diciendo que su "liga de las Américas" es la séptima en el ranking global. Es un aficionado al que cada Pretemporada le cobran por asistir a ver entrenamientos disfrazados de juegos internacionales. Es un aficionado que a pesar de que sabe que los que mandan en futbol no son los jugadores ni los técnicos sino los promotores, casi nunca escucha nada sobre ellos y no le molesta. Un aficionado al que pocas veces se le dicen y revelan a detalle las oscuras verdades de la industria (dobles contratos, pacto de caballeros, corrupción, evasión de impuestos, arreglos en lo oscurito, etcétera) porque se teme que eso lo aleje del juego que tanto lo apasiona y compensa.

La lista de razones por las que es necesario que en México (un país con sobrepoblación de estatuas prescindibles) se erija ya un monumento al aficionado de futbol (y por qué no, un día nacional del aficionado), es enorme. Méritos y sacrificios probados no le faltan. ¿Por qué no se he hecho entonces?

Por desidia, por falta de visión, por temor a darle la palabra y revelarle lo importante que es (¡No vaya a ser que se organice y entonces sí, habría que hacerle algunas modificaciones al negocio!), o por miedo a recordarle mediante una estatua el enorme poder que tiene. Pero sobre todas las cosas, no se le ha erigido un monumento y un tributo al aficionado mexicano por ceguera e ingratitud de todos los que, al explotar su pasión, se han enriquecido con él. De hecho la no existencia del referido monumento pude considerarse  en sí mismo un monumento intangible a la ingratitud futbolera.

Los ingratos que se han servido de él no se han dado cuenta que hacer dicho monumento no sólo sería un acto de justicia histórica, un homenaje impostergable, un regalo de altura teológica, sería también un gran negocio, pues además de seguramente convertirse en un atractivo turístico y de permitir la producción en serie de una gran cantidad de productos, con suerte y con el número suficientes de cartas se podría convertir en parte del patrimonio histórico de la humanidad y hasta en un santuario posmoderno se transformaría. ¿Se imaginan la cantidad de procesiones y peregrinaciones que se harían para visitarlo, verlo, tocarlo y para pedirle (qué digo para pedirle, para suplicarle) ayuda?, ¿se imaginan la devoción y los fervores que suscitaría; los milagros que pronto se le atribuirían? Sería un gran aliciente para ganar el tipo de fuerza espiritual que se requiere para sobrevivir a los días sin futbol.

Opina de esta columna aquí.

Newsletter MT
Suscríbete a nuestro boletín de noticias deportivas.
No te pierdas