Balones de latex

Aunque el cuerpo sexuado (en la cancha, sobre las gradas, en las noticias y en la publicidad) todo el tiempo es el centro del espectáculo, paradójicamente la sexualidad es uno de los temas de los...

Aunque el cuerpo sexuado (en la cancha, sobre las gradas, en las noticias y en la publicidad) todo el tiempo es el centro del espectáculo, paradójicamente la sexualidad es uno de los temas de los que menos se habla dentro del mundo del futbol.

Territorio históricamente dominado por la testosterona, en prácticamente todo el mundo la industria profesional del futbol es, desde el punto de vista sexual y moral, un espacio conservador, hipócrita y medroso. Es una industria paradójica: que vive de explotar a los cuerpos y su imagen metrosexual (que vive de rendir un culto al cuerpo masculino), que gusta de exaltar las gestas heroicas y celebrar todas las proezas físicas a ras de cancha, que glorifica la valentía, los riñones y los arrestos de quien practica el juego del hombre, pero que cuando se trata de discurrir abiertamente sobre la diversidad sexual o los problemas de salud sexual, enmudece (o simplemente recurre al arte de la descalificación, el olvido, la indiferencia y la burla).

En tanto producto humano, el planeta del futbol no es por su puesto un territorio ajeno al sexo. Para comprobarlo bastará con evocar las metáforas sexuales que se utilizan para hablar del "orgásmico" gol o del perruno "ten, tómala, es tuya, acaríciala, te la presto"; o incluso recordar las múltiples y recurrentes imágenes donde las celebraciones espontáneas por los goles anotados, por momentos, parecen descarados escarceos homo-eróticos frente a estadios atiborrados y estupefactos. 

Como en toda actividad humana, como en todo aquello que interviene el cuerpo, como la mayoría de los deportes y los juegos, por su alto nivel de contacto el futbol implica y (a contracorriente de las visiones higienistas) hasta se puede ver como una actividad de raigambre sexual: y es que en este deporte de naturaleza coreográfica los cuerpos corren, chocan, brincan, se patean, escupen, sudan y sangran durante 90 minutos pero también se persiguen religiosamente unos a otros, se adhieren y marcan, se tienden la mano, se miman, se lisonjean y se abrazan.

Tal vez esa sea la razón por la que el futbol (como cualquier industria de entretenimiento) también vive de producir narrativas que guste o no, las percibamos o no, tocan de manera directa, indirecta o tangencial algunos aspectos relativos a la sexualidad humana. 

Pero si de manera reflexiva y desprejuiciada revisamos los medios deportivos y sus contenidos, nos daremos cuenta que particularmente lo que ahí se produce y comunica son narrativas construidas, sobre todo, desde la óptica de la masculinidad y la heterosexualidad. En otras palabras: aunque parezcan asexuadas, las cámaras, los micrófonos, las plumas, los ojos y las voces de la mayoría de los medios deportivos, si señor, tienen sexo y desde sus miembros y testículos electrónicos construyen su discurso futbolístico desde el punto de vista del macho. Por eso muestran y hablan con abierta erotofilia de las deliciosas mujeres que siempre animan los estadios o embellecen/enloquecen las gradas. Por eso lucen y exploran detalladamente los cuerpos de las voluptuosas edecarnes y se regodean cuando enfrente hay alguna reportera calificada unánime y legítimamente como mamaaaaaaacita.

Pero por eso también es que la mayoría de los medios deportivos, de forma contradictoria, son al mismo tiempo misóginos y homofóbicos: esto es, no le dan espacio a todas las sexualidades futbolísticas. Por un lado glorifican instrumentalmente el cuerpo femenino (siempre y cuando se ajuste a los patrones hegemónicos de belleza) y alaban discretamente la fuerza o la eficiencia de los cuerpos masculinos heterosexuales, pero por otro lado ningunean (o las califican de hembristas o marimachos) a las mujeres cuando practican con valentía el futbol o de plano se espantan o burlan cuando en el estadio, o en alguna liga o competencia observan alguna manifestación no heterosexual. Cuando se trata de las proezas sexuales de los jugadores o técnicos, las palabras y las imágenes circulan. Pero cuando se trata de los "otros", de lo que irrumpe y hace tambalear la frágil identidad del macho, se calla.

Sin embrago, aunque no muestren en toda su complejidad la realidad sexual, lo que si es un hecho es que, como en todo lo humano, en el futbol también hay otras sexualidades. ¿Cuántas cosas –más allá de lo previsto- no han sucedido en las regaderas y los vestidores, en las concentraciones y los hoteles que no nos hemos enterado? Que no se hable de ellas o que no nos interesen no significa que no existan ni se presenten.

Pero los tiempos están cambiando. Y el futbol cada vez es menos territorio de machos. Y es que a pesar de ser un espacio lúdico y mercantil convertido en arena para demostrar los valores masculinos, en las últimas décadas la industria del futbol espectáculo ha estado experimentando una serie de transformaciones en cuestiones de género y sexualidad: acorde a los posmodernos y liberalizados tiempos que vivimos, el balompié cada vez está más feminizado: tanto por el número creciente de mujeres que practican futbol o se declaran fervorosas aficionadas, como por la explosión demográfica -en todas las canchas del mundo- de jugadores andróginos que, además de cobrar por patear un balón, lucen sin reparo su publicitada condición de metrosexuales (¿estarán conscientes todos los futbolistas pertenecientes a la tribu metrosexual de los ardores y entusiasmos que despiertan, no solo entre las feminas, sino entre algunos de los miembros de su mismo sexo?).

Otra cosa que sin duda está modificando el paisaje sexual dentro del futbol, es la aparición y emergencia pública (en las gradas y a ras de cancha), de las comunidades no heterosexuales. Paralelo a sus luchas y movimientos, en los últimos años algunos grupos de Lesbianas, Gays, Trasvestis y Bisexuales, reclamando su derecho a la práctica deportiva y expresando su gusto por el deporte (y su adoración por los deportistas machos y hembras), están construyendo sus propios espacios, torneos y competencias, y con ello están dislocando incluso las etiquetas y las clasificaciones tradicionales de los deportes.

Respecto al futbol, la discusión impulsada por estos grupos neo-pamboleros es: ¿tiene razón de ser un Mundial Gay de Futbol? Si se trata de responder la pregunta desde el punto de vista de las luchas de las minorías sexuales, se podría aceptar que si, que su extravagante mundial es legítimo, generará algunas simpáticas noticias, producirá algo de dinero y llamará la atención de algunos despistados morbosos. Si se trata de responder desde el punto de vista político, así como se realiza un mundial de homeless, es justo que también se realice un mundial de gays y al rato uno de enanitos, de gordos, de sordomudos, de personas con el pie plano o de mancos (en los contextos democráticos, todos en principio tienen derecho, sin discriminación, a organizar los torneos que prefieran).

El problema está cuando se trata de responder desde el punto de vista físico o deportivo, ya que la categoría gay (relativa al género) no tiene el mismo peso ni el mismo sentido antropo-físico que las categorías que tradicionalmente se usan para clasificar los torneos de futbol: las de sexo (hombre o mujer) y las de edad (adulto, joven, niño y el resto de etcéteras). Lo cual sin duda deja claro que el Mundial Gay es más bien un acto simbólico-político-mediático más que un hecho deportivo; un acto que nos habla de las transformaciones globales a nivel de la sexualidad, así como de la democratización del terreno deportivo.

Comento todo esto porque, como todo mundo sabe, esta semana se llevará a cabo en México el "Congreso Mundial sobre VIH" y dentro de unos días el Tri Gay competirá en otra versión más de su Mundial (ahora en Londres). Situaciones ambas sobre las que el universo futbolístico mexicano, amparado en la doble moral que nos caracteriza, ha guardado un sintomático silencio.

De acuerdo, el futbol no es una arena discursiva creada para debatir todos los temas que afectan la vida democrática (al fin y al cabo tan solo un negocio), pero llama la atención que con el enorme impacto que este deporte tiene y por la forma en que sus dueños explotan orgullosos comercialmente el cuerpo de los futbolistas, estos no se atrevan a tocar abiertamente asuntos relacionados con la sexualidad o de perdida participen en campañas de salud a favor del uso del condón, en campañas para disminuir el índice de embarazos no deseados o en campañas para prevenir del SIDA.

La temporada pasada durante varios encuentros se jugó con un balón rosa para llamar la atención sobre la necesidad de luchar contra el cáncer de mama. ¿Se animará algún día la FMF ha promover partidos de este tipo pero utilizando balones de latex?, ¿por qué no, aprovechando la coyuntura del Congreso Mundial sobre Sida los equipos y los jugadores regalan condones a la gente que asista los estadios?, ¿por qué no usar el futbol para promover el respeto por las diferencias sexuales y el uso seguro y responsable del cuerpo en tiempos de sida?

Pelé ya puso el ejemplo cuando en un arranque de inteligencia comercial se puso a publicitar el Viagra a cambio de varios millones de dólares. ¿Cuándo veremos a Memo Ochoa anunciando condones ultradelgados en lugar de sandwiches, al Cuau exhortando a los aficionados a luchar por erradicar la violencia contra las mujeres, a Hugo recomendado a sus admiradores la práctica de sexo seguro en lugar del consumo de pastas de dientes, o al olvidado "Kikin" exhortando a los ciudadanos a realizarse pruebas de VIH en lugar de masticar conocidas tortillas?Opina de esta columna

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