Camisetas azules

Los clásicos pueden ser definidos como aquellos encuentros donde los aficionados -hard core- casi siempre se toman los juegos de manera mucho más seria y comprometida de lo que muchos jugadores...

Los clásicos pueden ser definidos como aquellos encuentros donde los aficionados -hard core- casi siempre se toman los juegos de manera mucho más seria y comprometida de lo que muchos jugadores millonarios lo hacen. Para los primeros se trata de un juego de vida o muerte (una fiesta guerrera y solemne donde lo que se disputa es el orgullo y el amor por lo que encarna una camiseta) mientras que para los segundos (sobre todo para los más hipócritas y mercenarios) por lo regular se trata, tan solo, de cumplir una vez más con la chamba.

Hay que aceptarlo: en estos tiempos de futbol líquido y liviano, los clásicos son encuentros calentados más por las bocas, las fantasías y las imaginaciones mediáticas de los periodistas y los seguidores, que por los goles y las buenas jugadas de aquellos que saltan a la cancha: son partidos cuya temperatura proviene más de las enjundiosas conversaciones previas a ras de banqueta que de lo que realmente sucede a ras de cancha. Son encuentros donde la mayor parte de los seguidores de los dos clubes en disputa, emanan y despliegan durante días rebosantes de expectativa una energía que desde las gradas, las salas de las casas y las sillas de las cantinas, empujan telepáticamente a los jugadores a escenificar uno de los rencores más rentables que existen: el odio futbolístico, el alebrije psíquico (nutrido de antipatías y enconcos) que más puntos de raiting genera.

Pero más allá de las expectativas que despierta y de las decepciones o euforias que su espectáculo desata, es importante reconocer que se trate de un clásico local, de uno regional o de uno nacional, lo que está en juego y se disputa en este tipo de encuentros paradójicamente siempre es algo que está más allá del propio futbol. Y es que si el clásico en cuestión es tal, nunca son solo 22 jugadores asalariados los que se enfrentan sino que son dos ideologías y estilos de vida los que chocan: dos cosmovisiones diferentes y dos concepciones opuestas del mundo.

El problema es que en México cuando es fin de semana de clásico, la mayoría de los medios de comunicación en lugar de exponer abiertamente lo que verdaderamente respira debajo de cada clásico nacional, acostumbrados a los fuegos artificiales de la retórica periodística por lo regular se dedican a desplegar su parafernalia magnificando hasta el hartazgo las aburridas y siempre previsibles declaraciones y vaticinios de jugadores y técnicos desmemoriados (que saben de futbol a nivel de cancha pero que conocen muy poco lo que mueve a los corazones que palpitan debajo de las camisetas de sus seguidores). ¿Resultado? Lo crucial y relevante de los dos equipos que se enfrentan en la cancha casi siempre queda marginado y sepultado debajo de las estadísticas y la declaracionitis pre y post-partido.

Aunque como fervoroso cruzazulino deseo irracionalmente que La Máquina salga victoriosa del Azteca, estoy convencido que además del espectáculo, lo más importante del llamado Clásico Joven no es la victoria de tal o cual equipo, sino la de los proyectos económicos que cada uno de estos equipos encarnan, representan y ponen en juego.

Convencido de que la pasión por un equipo es un complejo tipo de vínculo afectivo que como consumidores nos iguala y empareja sentimental y democráticamente a todos los que nos consideramos homo-soccers; seguro de que en las gradas de los estadios mexicanos hay buenas y malas coreografías (como en cualquier liga de mundo, unas mejor organizadas y espectaculares que otras), de que hay mejores o peores ambientes festivos pero no por ello mejores o peores aficiones futbolísticas (quién dice que "una afición es mejor que otra" además de ingenuo me parece que ha sido víctima de sucesivos lavados de cerebro operados por la mercadotecnia emocional de su propio equipo), como cruzazulino declaro abiertamente mí empático respeto por los americanistas de hueso colorado (seguidores curtidos como pocos) pero también mí total escepticismo por el proyecto ideológico que encarna su equipo.

El América es sin duda el Club más rico de toda América Latina y uno de los más populares. Como empresa, es un club fuerte y de larga historia que a pesar de no haber tenido buenas temporadas en los últimos años, conserva de manera estoica y fiel a millones de aficionados azulcremas. De todos los clubes de la Primera División, el América es el rival más significativo. De los cuatro grandes equipos llamados nacionales, el América es sin duda el eje alrededor de cual giran las confrontaciones. Es el equipo que por tener su origen en el Distrito Federal y por detrás al emporio mediático más importante de América Latina, durante mucho tiempo ha publicitado una imagen de Club soberbio vinculado a las élites del poder político y económico, al viejo centralismo priísta y al autoritarismo despótico. El América es el club que en México mejor encarna el proyecto ideológico y privatizador del neoliberalismo.

Y si en lo cultural las Chivas (aunque contradictoriamente hoy estén en manos de un empresario bravucón y desbocado que de nos ser por las rayas rojiblancas cumpliría perfecto el papel de dueño del América) encarnan todavía los valores del proyecto nacionalista pos-revolucionario (el utópico sueño –en tiempos de la globalización- del México folklórico y puro que ya no existe) y los Pumas encarnan la esperanza liberal y progresista de un México futuro construido desde y para los jóvenes, en el plano ideológico y económico el Club Deportivo y Cultural Cruz Azul representa lo opuesto al proyecto que defiende el América. Y de aquí lo trascendente de su rivalidad.

Deudor de sus éxitos deportivos de la década de los 70s (década en la que nació la mayor parte de su actual y siempre nostálgica afición), el Cruz Azul es hoy uno de los cuatro equipos con más afición a lo largo y ancho de país. Es un equipo también de altibajos en la cuestión deportiva pero mucho más modesto en cuanto a sus orígenes institucionales. De los cuatro equipos nacionales (que provienen de una televisora, una compañía de productos alimenticios y una importante universidad), la Máquina es el único club que proviene y pertenece a un grupo de trabajadores organizados alrededor de una cooperativa: Cementos Cruz Azul, la cooperativa más grande y exitosa de América Latina.

En tiempos neoliberales y democráticos el Cruz Azul es una verdadera excepción porque es el único equipo mexicano y quizá es uno de los pocos equipos a nivel mundial que no pertenece a un empresario o a un Gobierno, sino (gramo por gramo) a un grupo de trabajadores. El tiempo y el espacio no son suficientes para poder explicar aquí todo lo que subyace al movimiento cooperativista (como doctrina política y como manera de producción), sin embargo, bastará con decir que el cooperativismo antes que otra cosa es un plan económico comunitario que lucha contra el individualismo y las formas de lucro personal: es una forma de organizar el trabajo que trata de sustituir el incentivo de lucro individual por el concepto del servicio colectivo. Cualquier que alguna vez haya conversado con algún viejo cooperativista, lo sabe: Cementos Cruz Azul es un movimiento contra el desenfreno de las prácticas mercantiles que trata de enseñar a sumar esfuerzos en favor de beneficios comunes.

De incierto resultado, en el juego de hoy en el Azteca lo que se verá no es solo el espectáculo producido entre 22 jugadores bien pagados, sino el choque oculto entre dos maneras distintas de concebir al país: de un lado la visión empresarial y despótica del equipo más rico y odiado de México, y del otro lado 11 camisetas que –tal vez no lo sepan-  representan un movimiento laboral (de los más dignos y ejemplares) que defiende a los trabajadores.

En términos deportivos, identitarios y emocionales, los fracasos del Cruz Azul siempre dolerán en exclusiva a todos los que somos sus aficionados. Pero en términos políticos e históricos, que no se valore, reproduzca y respete la forma cooperativista de organización que bajo sus camisetas azules, subyace a este equipo, es una desdicha que nos afecta a todos.Opina de esta columna aquí.

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