Más barrio y menos metro

En tiempos de Eliminatoria Mundialista, ver perder a la Selección Mexicana de futbol es una de las cosas que más disfruto. Sobre todo, cuando la derrota es alegremente sorpresiva e inesperada: es...

En tiempos de Eliminatoria Mundialista, ver perder a la Selección Mexicana de futbol es una de las cosas que más disfruto. Sobre todo, cuando la derrota es alegremente sorpresiva e inesperada: es decir, cuando es frente algún representativo que los periodistas, la retórica publicitaria y buena parte de la afición (guiados por la lógica de los números y el amor irredento a la camiseta) consideran débil o "chico".

Sé que algunos nacionalistas trasnochados dirán que declarar abiertamente cierto gozo ante las derrotas del Tri, además de un acto masoquista es una verdadera herejía. Sin embargo, a ellos anticipadamente respondo que una de las ventajas que da el no tener alma de niño héroe (además de blindar –cual losa del Pípila- contra el fuego de las críticas patrioteras), consiste en que uno de forma legítima y sin hipocresías puede divertirse con las mismas cosas "solemnes" que a otros enoja, entristece y provoca frustración. Por ejemplo, las derrotas de la Selección Mexicana de Futbol.

Hace ya varias décadas el poeta José Emilio Pacheco escribió un poema titulado "Alta Traición", que ilustra muy bien el espíritu anti-niño héroe que por salud mental debe aparecer en uno cada vez que pierde la Selección:

No amo mi patria.Su fulgor abstractoes inasible.Pero (aunque suene mal)daría la vidapor diez lugares suyos,cierta gente,puertos, bosques de pinos,fortalezas,una ciudad deshecha,gris, monstruosa,varias figuras de su historia,montañasy tres o cuatro ríos.

A pesar de la saturación por la oferta futbolera en la tv, como muchos otros mexicanos el sábado por la tarde asistí a una cantina para combeber y ver el encuentro entre los muchachos de Sven y los "Reggae Boyz". Todo inició, como siempre, con mucha expectativa. En la pantalla el estadio lucía alegre entre el amarillo festivo de las camisetas y el olor a mota que, según el Perro Bermudez, flotaba impúdico en las tribunas. Hasta que en el minuto 14 llegó el disparo de Fuller-Márquez que techó a San Osvaldo. Y a partir de ahí fue que el espectáculo cambió de lugar y saltó de lo que sucedía en la pantalla a lo que empezó a dibujarse en los rostros de los enojados comensales. Entre rechiflas, lamentos y mentadas, cada vez fue mayor el número de  expresiones que frustradas decían: "no puede ser", "otra vez lo mismo", "cómo puede ser que no le podamos ganar a un equipo como Jamaica", "siempre nos pasa lo mismo cuando visitamos a los leñadores equipos del caribe", etcétera.

Más allá de las virtudes estéticas que toda derrota deportiva en sí misma posee y a contracorriente de lo que indican las campañas mediáticas pro Tri (campañas que a fuerza de bombardeos intentan hacernos creer que los 23 muchachos de Sven simbolizan la lucha  de 107 millones de mexicanos), resulta justo señalar que a mí me provocó deleite y fruición ver perder a esta Selección Mexicana de Futbol porque no me siento representado por ella.

Y no me siento identificado con este equipo que perdió en Kingston por tres cosas. En primer lugar, porque los muchachos de blanco ("grandes frente a los chicos y pequeños ante los grandes") iniciaron soberbios y sobrados (y eso denota fisuras psíquicas que no nos conviene masificar). En segundo lugar, porque durante todo el juego cuidaron demasiado el físico, jugaron con miedo y se arrugaron. Y en tercer lugar porque sobre la cancha (y aún en la banca) la mayoría de nuestros millonarios jugadores, sin imaginación ni empuje e inconscientes de la crisis que perforará los bolsillos de miles de mexicanos, lucieron más delicados y metrosexuales que nunca.

A esta Selección le hace falta más barrio y menos metro, más pueblo y menos rostro: más "Cuaus" y menos "Gios". Le hace falta más dignidad que dinero, más coraje que miedo. Le hacen falta más riñones que rostros, más sangre que atole, más voluntad que pretextos. Le hace falta más picardía que pose, más convicción que estilo. Opina de esta columna aquí.

Newsletter MT
Suscríbete a nuestro boletín de noticias deportivas.
No te pierdas