Clásico

Éste término aplicado al argot futbolero denota la tradición de un encuentro entre dos equipos por diferentes razones antagónicos, sin ninguna semejanza en la medida de lo posible; algunos...

Éste término aplicado al argot futbolero denota la tradición de un encuentro entre dos equipos por diferentes razones antagónicos, sin ninguna semejanza en la medida de lo posible; algunos encuentros de ésta índole son conocidos y seguidos en todo el mundo debido a esa chispa que los hace únicos, desde leyendas que se cuentan a través de la palabra antes de que la invasión televisiva llegara a cambiar parte del desarrollo del juego no en su forma sino en su difusión.

Boca-River y Barcelona-Real Madrid son los que más acaparan la atención a nivel mundial por todo lo conocido en estos equipos a lo largo de su historia, sin quitar méritos al derby madrileño y demás ciudades que cuentan con dos equipos que si bien algunos no están dentro de la élite del futbol mundial sus habitantes muestran la pasión y devoción a sus colores y ver quien es el mejor del pueblo, valga la expresión.

En México el llamado “clásico nacional” entre América y Guadalajara (y lo pongo así por estricto orden alfabético, aclaro) ha tenido etapas de verdadera rivalidad y pasión, otras de verdadera displicencia, a estas fechas sus “presidentes” se han encargado por medio de habladurías y de comentarios que algunos merolicos de la televisión defienden con gusto argumentando que es lo que “le da sabor al caldo” y “que es parte de un clásico” cuando los verdaderos protagonistas del desarrollo de la batalla deportiva son 22 futbolistas que de ellos depende llevar la camiseta puesta y ganar en buena lid el partido y recordando que a pesar de rivalidad existente, es sólo un juego.

Es triste ver que ese tipo de gentes se desenvuelvan en un ambiente infantiloide y burlón cuando se llega a ganar y la cara opuesta de cuando se aseguró ganar y el resultado fue adverso, léase desplegados del Sr. Vergara que insisto, en una opinión personal se me hacen de muy mal gusto y de nula ética al derrotar al rival burlarse o hacer alusión a ello de forma bufonesca y cuando se pierde ni pío dicen. Dicen por ahí que en la cancha no son dos técnicos los que dan instrucciones a los equipos, son 60 mil o 100 mil, según sea la capacidad del estadio donde se juegue, en ese monstruo de mil cabezas existen dos personajes que son los que más se distinguen por sus expresiones antes, durante y después del partido, son precisamente los dueños o presidentes que si bien sienten como aficionado el querer meterse a la cancha a marcar el gol que el delantero fue incapaz de hacer, más se sienten capaces de destituir al verdadero estratega que es en verdad quien se ocupa de que los 11 jugadores hagan o mejor dicho traten de hacer su trabajo que a fin de cuentas para eso les pagan, son esos dos personajes los primeros que deben dar la cara y no tanto porque no hayan jugado en el campo, sino por sus tristes acciones y comentarios alrededor de un juego del cual son parte pero no en el aspecto que en verdad interesa al aficionado, en la cancha, corriendo, luchando.

Dentro de todo este círculo que envuelve este tipo de partidos también cuenta la afición que también debe estar conciente que es un simple partido de futbol y que una vez acabados los 90 minutos el resultado no debe ser factor que detone la violencia contra el rival o peor aún, en su propio entorno social y familiar; los sucesos en otros países ya por demás conocidos son ejemplos de el medio social por el cual se desarrollan los individuos que asisten a un estadio de futbol y provocan hasta la muerte de un contrario, anotando de esa forma un gol hecho por un jugador anónimo pero nocivo para la esencia del deporte en general.

Los clásicos por eso se distinguen, por todo lo que llevan alrededor, sus directivos, su afición, sus jugadores, pero es mejor cuando cada uno de ellos juegan el papel correspondiente, en su debido lugar, así es como más se disfrutan y dejemos que los futbolistas hagan el verdadero espectáculo en el campo.

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