El ritual del domingo al mediodía

A mis amigos, esos fieles que me acompañan cada domingo.

A mis amigos, esos fieles que me acompañan cada domingo. Ningún ritual en el mundo entero como asistir al estadio a apoyar a nuestro equipo favorito. Para muchos la tradición comienza desde que son pequeños y son llevados de la mano o incluso en brazos por sus padres; ese acontecimiento se vuelve una tradición en nuestras vidas, una costumbre, un rito…el fútbol se vuelve religión. La sensación de asistir al estadio no la percibimos en ninguna otra parte, la emoción comienza desde que en la semana previa se comienza a preparar el partido; y a calentarlo con declaraciones en los medios. Devoramos toda la información de nuestro equipo, repasamos las bajas (por lesión o suspensión), revisamos los resultados previos contra el rival en turno e imaginamos el planteamiento que el D.T. utilizara para contrarrestar al rival. Los días previos que se comienza a organizar la ida al estadio, la compra del boleto, el ponerse de acuerdo para llegar juntos o verse en un lugar especifico en la tribuna (preferimos que sea siempre el mismo) son no menos emocionantes ante un partido que promete. Las horas de la mañana previas al partido se desarrollan lentamente, se madruga y desayuna temprano para que no nos agarren las prisas, nos enfundamos en la camiseta de nuestros amados colores y la charla matinal es en referencia al partido, “tenemos que ganar”, “son del mismo grupo, tenemos que ampliar ventajas en la tabla”, “necesitamos golear, para el gol average”; y nunca se nos ocurre mencionar la posibilidad de perder siquiera dos puntos por el empate. En las calles aledañas al estadio se pueden ver las caras de expectación de los aficionados que asisten al partido. Algunos llegan solos, sabiendo que ahí se encontrarán con una multitud que comulga con sus mismos principios (amar a un equipo es cuestión de principios). Otros llegan en familia, con esposa e hijos de la mano y sabiendo que al llevar a los hijos, le herencia de los colores esta prácticamente asegurada para el futuro. Otros más llegan con la porra oficial y desde ahí comienzan a desgarrar las gargantas con los gritos de apoyo…afuera del estadio se canta con la misma alegría que adentro, seguro piensan/saben que en los vestidores, los jugadores ya comienzan a sentir el apoyo. El paisaje que presenta un estadio repleto no se tiene en ningún otro escenario deportivo, las tribunas presentan un color impresionante, las banderas y los “trapos” desplegados en la tribuna le dan un toque muy peculiar. Las porras y los “cánticos” van subiendo de volumen y nivel a medida que se acerca el partido y los equipos saltan a la cancha, los duelos de porras comienzan. Al anunciar las alineaciones de uno y otro equipo, revisamos los posibles cambios de última hora y nos dedicamos a aplaudir a los nuestros y a maldecir a los rivales. La cerveza corre…“Bienvenidos a 90 minutos de deporte más hermoso del mundo”…el ritual comienza… …y también el sufrimiento y el goce en su máxima expresión, los sentimientos que afloran durante 90 minutos son una muestra viviente de la condición humana, en esos minutos afloran todos los sentimientos habidos y por haber en el hombre y los mostramos al máximo; el amor y el odio, la tranquilidad y la desesperación, la certeza y la incertidumbre, etc, etc. En un partido de fútbol todos somos D.T. y tenemos una mejor forma de llevar tácticamente el partido, en la tribuna eso es un secreto a voces; anticipamos los cambios para el segundo tiempo y en cada acción nos imaginamos que hubiera uno decidido para que esa jugada fuera clave. Los goles del rival son los latigazos de la penitencia semanal y los goles propios son el bálsamo y el perdón…el arbitro es juez y parte de este proceso. El abrazo después de un gol es el más sincero de todos los abrazos, el grito del “orgasmo colectivo” es el más desgarrador y no importa si el que esta junto no es un conocido, su playera lo delata como uno de los nuestros y eso es suficiente para sentirlo como uno mismo. Para muchos, el fútbol representa una sana forma de sacar las presiones o depresiones de la semana, la tribuna con los amigos es el único lugar en el que nos sentimos seguros en este mundo…el sentimiento de pertenencia de un grupo de amigos/aficionados a los mismos colores no se encuentra en ninguna otra parte y es ahí dónde nuestras alegrías y tristezas son compartidas, todos sentimos lo mismo según el resultado. Cantar el himno de nuestro equipo y gritar/cantar las porras con nuestro grupo en la tribuna es como sacar el alma en cada oración, ese himno es nuestro Credo y esas porras nuestro Padre Nuestro. Miles de cosas ocurren durante un partido de fútbol, y solamente en el estadio son perceptibles, todos tiene fija en su mente la primera vez que fueron a un estadio y en ese momento supieron que ese era su lugar, que no pertenecían ningún otro…que esa era su iglesia para el domingo al mediodía.

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