Simplemente “el Diego”

Fue una mañana soleada en la Ciudad de México la de aquél 22 de Junio de 1986. Nadie estaba preparado para ver lo que en las próximas horas habría de ocurrir. Ni el más optimista hubiera pensado...

Fue una mañana soleada en la Ciudad de México la de aquél 22 de Junio de 1986. Nadie estaba preparado para ver lo que en las próximas horas habría de ocurrir. Ni el más optimista hubiera pensado que sobre el césped de un pletórico estadio Azteca un hombre de escasa estatura iba a elevar a “arte” el juego del fútbol. El juego resultó como los expertos habían predicho: cerrado y con escasas llegadas a la meta. Sólo una mano que después fue llamada “de Dios” había logrado marcar la diferencia mientras en la tribuna la tensión crecía entre tonos albi-celestes y aficionados rubios y radicales. La derrota en las Malvinas que enfrentaba políticamente a Argentinos e Ingleses quedó vengada, según los sudamericanos, cuando el número diez tomo el balón cinco metros atrás de la media cancha e inició su carrera paralela a la portería de Shilton y a la gloria misma. El pendiente en el oído izquierdo empezó a romper el viento y el gafete de capitán nunca lució tanto como en esa ocasión. Bastó hacerle un recorte a Beardsley por derecha y uno más a Reid por el lado contrario para entrar con paso firme a terreno rival y de paso poner de pie a las 120 mil personas que veían el nacimiento del mejor gol conseguido en una Copa del Mundo. Haciendo caso omiso a los movimientos de desmarque de Valdano y Burruchaga, el menudo jugador decidió enfrentar solo al muro Europeo. Para cuando logró quitarse Butcher aquello era ya una locura y el hábil jugador estaba a punto de ingresar al área rival celosamente resguardada por uno de los mejores arqueros de la década de los ochenta. La última aduana era la de Fenwick quien al verse superado intento detener al fenómeno con una patada que finalmente nunca llegó a su destino; En el fondo creo que el mismo sabia que representaba una violación imperdonable parar el poema del que era únicamente un testigo más. Plantado frente a frente con el portero el genio futbolístico pudo resolver cruzando el balón, pero a esas alturas ya estaba escrito que ni cien rivales más podrían evitar ser burlados e impedir la anotación por lo que decidió eludir al meta y sólo después empujar el esférico. Cuando el balón beso las redes el estadio estalló con un ensordecedor alarido proveniente tanto de gargantas argentinas como inglesas y es que jugadas como aquellas están por encima de cualquier franela. El propio Shilton declararía días después sentirse orgulloso de ser él quien recibiera aquel gol. No quedaba más que celebrar y aplaudir; ya que ese tanto no solo representó el pase a la siguiente ronda de Argentina, también representó el triunfo del fútbol. La magia que la pierna derecha de ese jugador tenía conmovió al mundo entero, marcó una época en el ámbito futbolístico y fijo nuevos parámetros para considerar la capacidad de otros jugadores. Efectivamente hablo de ese al que sus amigos le llamaban simplemente “el Diego”.

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