Crónica de un sufrimiento inesperado

Parecía una tarde como cualquier otra, de esas en las que pasa lo que uno planeó, de las que entre el pensar y el hacer, sólo está el querer. Un día soleado, lleno de bonitos colores, con ese...

Parecía una tarde como cualquier otra, de esas en las que pasa lo que uno planeó, de las que entre el pensar y el hacer, sólo está el querer. Un día soleado, lleno de bonitos colores, con ese calorcito que no golpea, sólo acaricia, y en una tierra roja, sonriente, casi virgen en donde de entre sus poros se erige un agradable edificio que se integra perfectamente a un paisaje de suaves ondulaciones… sí, así de cursi, parecía una tarde perfecta.

Y es que las cosas más complicadas llegan cuando uno no lo espera, por ello duelen como nunca y se sienten en lo más profundo, porque cortan ilusiones, borran sonrisas y cambian destinos que sucumben ante el destino mismo.

Hoy el Tri estuvo a centímetros de sufrir esos accidentes crueles en los que todo lo bueno se desmorona hasta pudrirse. Fue un paso el que lo alejó de caer en una barranca oscura, de esas donde el fondo no se ve hasta que se choca violentamente contra él, muchos metros abajo.

Afortunadamente no fue así. Para bien de todas las estructuras que se han cimentado en la Selección Mexicana, la desgracia se quedó a un paso, la vimos pasar como se ve a un fantasma, casi sentimos su fría presencia, pero no llegó a tocarnos. Por ahora todo quedó en un golpe de sangre de esos que salen del corazón cuando algo inesperado brinca en nuestro camino.

Ni siquiera había sido complicado entrar al estadio. La gente llegó a tiempo, entró con comodidad e incluso sobraron lugares para que la marea humana se expandiera y tuviera un espacio vital. En las tribunas, verde por todos lados, sombreros gigantes y muñecas inflables con vuvuzelas en la boca pero eso sí, pudorosamente tapadas con playeras del Tri.

Lo primero que le pasó al Tri fue que se sorprendió con lo mismo que el partido pasado. El achique de Uruguay no se esperaba, como no se esperaba ante Francia. La diferencia fue que ahora lo realizó un equipo mucho mejor trabajado, mucho más unido y mucho más rápido... y que tropezar dos veces con la misma piedra deja de ser accidente.

De la sonrisa de saber si esquivaríamos a Argentina, pasamos a los apuros de si aguantaríamos los primeros minutos en cero. Había algo que no estaba bien, Uruguay jugaba con nosotros, nos iba separando, nos estaba tomando siempre haciendo lo contrario a lo que deberíamos. En la conferencia de prensa explicaría Aguirre que las dos primeras jugadas son fundamentales y si en ellas se falla, las dudas te invaden; tal vez como tropezar a oscuras en el primer escalón de una escalera desconocida. (Me recordó aquello de que lo primero que debe hacerse en un partido es disparar potente, procurando que la pelota haga un estruendo en la publicidad buscando que el golpe de temor en el rival sea intenso). Así nos traía Uruguay, ambos jugábamos con tres adelante, pero al ver la forma en que sus tres llegaban al arco rival, encontrábamos diferencias claras en la velocidad, y también en que ellos, los rivales, parecían siempre llegar encarrerados y de frente al arco, a diferencia de los nuestros que debían trabajar demasiado para siquiera tener la pelota, ya no digamos para darse la vuelta.

De pronto dejamos de pensar en qué lugar quedábamos, y comenzamos a ver cómo hacerle para no perder. Y para colmo, cuando parecía que el corazón de los jugadores había vuelto a su sitio tras el desbarajuste inicial, cuando empezábamos a ver cómo jugar también nosotros, una clásica jugada de pinzas provocada por un clásico parpadeo ante un clásico achique, nos sacudió con un gol que nos metió al autolavado y nos limpió, con extraordinaria rapidez, eso de andar pensando en la palomitas antes de comprar el boleto para el cine.

Y ahí andábamos, nublando la tarde soleada y comenzando a pensar en el juego simultáneo. Sudáfrica iba ganando uno cero, luego dos cero y luego ya no nos importaba el rival de Octavos, nos importaba llegar como fuera.

El inicio del segundo tiempo fue una tortura. En dos minutos, entre las 17:09 y las 17:10, pudimos pasar al estado de "eliminado". Sudáfrica falló una clara y el "Conejo" atajó un gran cabezazo de Lugano. Cosa de cinco centímetros en cada acción y esta columna no relataría una angustia, relataría un fracaso.

El susto fue tan intenso que si no había pasado ahí, ya difícilmente estaríamos más cerca de un mal morir. El "Vasco" al fin se decidió a meter dos contenciones naturales, cambió a una rara especie de 4-4-2, y comenzamos a pelear en medio campo. El "Maza" falló la buena, Uruguay nos contragolpeaba sin muchas ganas y Sudáfrica dejaba pasar el momento. El corazón volvía al cuerpo…

Salimos del Real Bafokeng todavía mareaditos de tanto susto, aún sacudidos por la advertencia del destino. Comenzamos a relatar el peor primer tiempo de México en el Mundial y comenzamos a ver el duelo ante Argentina no como una maldición, sino como un regalo del cielo. En la sala de prensa había cansancio, desgaste, vestigios de nerviosismo.

Afortunadamente el Tri hoy duerme en Sudáfrica para salir a entrenar este miércoles y no para tomar el avión de regreso. Y por eso podemos decir "ojalá que ahora, el golazo sea de un mexicano".

Me despido, ajetreado de un regreso a Johannesburgo un poco más largo de lo debido gracias a "Martita", un GPS que seguramente tenía como sueño ser guía de safari. Nos vemos en cuanto el Mundial nos lo demande.

Muchas gracias a todos por hacernos grandes.

Walter González Editor General

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