Guardiola y el espejismo de la posesión

Hace unos pocos años, no había quien se atreviera a cuestionar el sistema de juego del Barcelona

Hace unos pocos años, no había quien se atreviera a cuestionar el sistema de juego del Barcelona. La final de la Champions League 2011 ha sido una de las mayores demostraciones de dominio en un partido de alto nivel en la historia del juego. Las palizas al Real Madrid. La base de la selección campeona del mundo en 2010. El equipo de Pep Guardiola no sólo era un espectáculo sino un ejemplo a seguir. El mundo del futbol soñaba con imitarlo. El problema es que, a partir de esos éxitos, de pronto pareció como si existiera sólo una manera de jugar bien al futbol. La idea de que la posesión del balón era la llave maestra para las victorias se enraizó en la mente de todo el mundo, en buena medida también por la gran elocuencia de sus defensores. La intelectualidad del balompié se casó con ese juego de toque y lo convirtió en el establishment. Sus detractores se habían convertido un poco en el imperio diabólico, en el anti-futbol. El problema es que, como en todo en la vida, es un error categorizar las cosas en blancos y negros, y mucho peor aún catalogar maneras distintas de percibir la realidad como “buenas” o “malas”, sobre todo en un espectáculo en el que la belleza está, en muy buena medida, en los ojos de quien la experimenta. Yo debo reconocer que caí en la misma trampa. Llegué a vivir a Barcelona en 2006 y me tocó la formación y el auge del equipo blaugrana. Celebré pocos goles como el de Iniesta ante el Chelsea en la Champions y me dejé llevar por la euforia del juego culé. Tras entrevistar a Juan Manuel Lillo quedé impresionado por sus explicaciones. Así me volví también un apóstol de la posesión. Pero, de a poco, me fui desencantando. Nunca me han gustado los discursos absolutistas y el del juego del Barça se había convertido en eso. Parecía como que ya no teníamos derecho a disfrutar de un buen contragolpe, o de una demostración defensiva, o de un desborde por la banda y centro al área. Si no se daban 35 toques a la pelota antes de anotar un gol, no era políticamente correcto. Pero, además, resulta que el modelo del Barcelona era cada vez más difícil de sostener y replicar. Sus jugadores tenían características muy específicas, sobre todo las tres piezas esenciales del medio campo, Xavi, Iniesta y Busquets, que habían sido educados con ese tipo de juego en mente. Una vez que esos futbolistas, por distintas razones, bajaban de nivel, el sistema no se sostenía. Y además, por supuesto, estaba Messi, capaz de destrabar cualquier situación complicada con una jugada genial. Es verdad que el sistema ayudó mucho al argentino, pero se puede argumentar que el argentino ayudó aún más al sistema. Entonces, el “sistema único” empezó a mostrar que no era el único sistema. Y yo, de pronto, me di cuenta que ya no quería realmente que ganara el Barcelona. Como en esos romances apasionados, cuando uno empieza a descubrir los defectos de tu pareja, no vuelve a ser lo mismo. Decidí apoyar a la Real Sociedad, que cumple con mi principal requisito, ser un equipo chico pero atrevido. Y eso me liberó de la gran carga del “buenos” vs “malos” y la dictadura de lo “políticamente correcto”. A partir de ahí empecé a disfrutar la verticalidad del Real Madrid, la solidaridad del Atlético, la fortaleza defensiva del Chelsea, la capacidad de transición del Bayern de Heynckes y el Dortmund de Klopp… y claro, el juego del Barcelona, pero ya no desde la perspectiva de “apóstol de la posesión”. Porque, además, desde hace ya un par de años empezaron a salir a la superficie análisis numéricos que dejan claro que, por más lógico que parezca, tener la pelota no es necesariamente el mejor enfoque para ganar un partido. El último, un excelente análisis en el periódico inglés The Guardian, que señalaba que el indicador principal del éxito en la Champions League, tenía que ver con los ataques verticales o “fast breaks”. Desde 2010, el equipo con más “fast breaks” gana 63% de sus partidos y sólo pierde 19%. El texto, además, salió antes de la debacle del Bayern Munich ante el Real Madrid, y predecía un poco lo que pasaría. Pep Guardiola, como el principal de los “apóstoles de la posesión” no lo vio, sin embargo. Y no se dio cuenta tampoco que Ribery es muy distinto a Iniesta, que Thiago aún no es Xavi (si es que llega a serlo), y que no hay nadie como Messi. Y lo más preocupante es que el técnico de Santpedor, con toda su brillantez, no reconoció las fallas en el sistema al terminar el partido. Y eso puede terminar por pasarle factura. Porque, a final de cuentas, así como en las distintas corrientes artísticas, para ser un grande no importa demasiado el sistema, sino más bien su perfecta aplicación. Y en el mundo del futbol ya no hay buenos y malos, ni Guardiolistas y Mourinhistas, y hay que felicitarse por ello. Dicen que en la variedad está el buen gusto y, en este caso, nada puede ser más cierto. Como siempre, los invito a opinar en el mail de arriba, la sección de abajo y en www.twitter.com/martindelp

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