La importancia que le damos al futbol

Me parece demasiado arruinarnos el día, volvernos locos o hacer que nuestra vida gire en torno a algo que a los propios protagonistas ni siquiera les interesa mucho.

El pasado martes, las redes sociales estallaron con un video en el que el hijo de Cristiano Ronaldo se emocionaba al ver a Lionel Messi en la Ceremonia del Balón de Oro. A todo el mundo parecieron sorprenderle, además, las corteses palabras que tuvo el delantero portugués con su contraparte argentina, a quien se le toma como archirrival pero con quien, en la práctica, sostiene una relación bastante amable desde hace varios años.

Desde hace por lo menos dos décadas, el mundo del deporte ha equiparado las rivalidades con las colectivas. Se habla de Messi-Ronaldo, Federer-Nadal, Manning-Brady, Kobe-LeBron tanto como del Madrid-Barcelona o Cowboys-Steelers. Los enfrentamientos entre los jugadores más importantes de sus disciplinas deportivas han alcanzado el nivel de interés de los de sus propios equipos, e incluso, en algunos casos, los han superado.

Con ellas, se han maximizado los rencores propios del aficionado. Si soy fanático de uno, debo, en consecuencia, odiar al otro. Vivimos entonces, emociones al máximo, para bien o para mal. Sufrimos si nuestro equipo gana pero no tanto si nuestro ídolo anotó, aunque si a los dos les fue mal, día nefasto. En cambio, los triunfos nos emocionan el doble.

Desde el punto de vista periodístico, el fenómeno es interesante, pero también bastante perturbador. El mundo en el que vivimos se ha vuelto cada vez más de blancos o negros. No se puede hablar de un equipo o jugador, sin que los aficionados asuman que uno es un fanático del rival. No puedo contar los insultos que he recibido en las redes sociales cuando hablo bien/mal del Barcelona/Real Madrid o de Messi/Ronaldo.

La cosa es incluso peor con el periodismo de camiseta. Los medios y los reporteros mismos entonces sienten la necesidad de ser fanáticos de un club o de meter las manos al fuego por un futbolista. Y están dispuestos a defenderlos a capa y espada incluso modificando información obvia para favorecerlos.

Sin embargo, después de ver el video de Messi y Ronaldo, o las declaraciones que Federer y Nadal hacen sobre el otro, o el respeto que se tienen Brady y Manning, es válido cuestionarse, ¿vale la pena ponerse una camiseta hasta casi tatuársela cuando los protagonistas mismos no se lo toman tan en serio?

Hace no demasiado tiempo escribí en esta columna  que cualquier razón es válida para irle a un equipo, que un “porque quiero” es más que suficiente. Lo expresé hace cuatro años y lo sostengo, nadie nos puede decir que no hagamos lo que queremos hacer o que no queramos a quien queremos querer. Me parece, sin embargo, que en algún lugar hay que poner un límite.

Creo que la pasión –por lo que sea- es más que válida, un escape a la realidad cotidiana y una manera de identificarnos con algo más grande que nosotros, pero me parece demasiado arruinarnos el día, volvernos locos o hacer que nuestra vida gire en torno a algo que a los propios protagonistas ni siquiera les interesa mucho.

Ser fanáticos está muy bien, siempre y cuando nos divierta. ¿Ponernos de malas? Claro, también es parte de la diversión pero entendiendo que no es nuestra vida sino la de alguien más, que nosotros vamos a seguir con los mismos amigos, la misma pareja, los mismos intereses, las mismas frustraciones. Irle a un equipo de futbol, o apoyar a un personaje nos hace formar parte de algo más grande, pero seguimos siendo individuos, con los mismos defectos y las mismas virtudes.

No está mal recordarlo cuando empezamos a pensar que el Barcelona o Cristiano Ronaldo son más grandes que nosotros.

LOS NATURALIZADOS

En un principio, esta columna iba a ser sobre el omnipresente tema de los naturalizados en el futbol mexicano, pero después de pensarlo, decidí no hacerlo. En primer lugar porque ya he expuesto bastante mi punto de vista al respecto y, en segundo, porque en días recientes Rafael Ocampo y Mario Castillejos escribieron textos que me parecen difíciles de superar.

En resumen, la constitución expresa que todos los mexicanos son iguales, sin importar su procedencia. Así, los naturalizados tienen exactamente los mismos derechos que quienes nacimos en territorio nacional. ¿Que puede que no nos guste?

Quizá, pero las cosas son así. Para decirlo de un modo más coloquial, o nos aclimatamos o nos aclichingamos. La Liga MX no tiene obligación alguna de alinear más mexicanos, su prioridad es dar espectáculo, así que no esperemos favores de su parte. ¿Qué queda? Que los clubes entiendan que una fuente importante de ingresos puede ser la exportación de jugadores y trabajen en sus fuerzas básicas.

El América ya ha sacado bastante dinero en los últimos años y Chivas lo hizo en la década pasada. Pachuca parece ser el próximo.

La única manera de que los jóvenes mexicanos recuperen sus espacios en la liga es siendo mejores que los extranjeros o que los propios nacionales más veteranos. Y la única manera de que eso suceda es si los equipos invierten en fuerzas básicas y trabajan de verdad, con entrenadores capacitados y métodos modernos. No queda de otra.

Como siempre, los invito a opinar de estos y otros temas en el mail de arriba, la sección de abajo y en www.twitter.com/martindelp.

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