Alberto Ruiz.

De aficionados, futbolistas y narradores

Domingo 27 de Enero del 2013



“La vida es la memoria del pueblo, la conciencia colectiva de la continuidad histórica, el modo de pensar y de vivir”: Milán Kundera
        
La Real Academia de la Lengua define la palabra aficionado como alguien que cultiva o practica, sin ser profesional, un arte, oficio, ciencia o deporte. Es importante entender este concepto porque, hay una línea muy amplia y abierta entre el aficionado, el futbolista y el periodista. Cada uno tiene su función, sus derechos y obligaciones y para dar un paso entre estos peldaños de la escalera que completa el ciclo se requiere de una preparación vasta, y cuando se toman a la ligera ocurren cosas como la que pasó en la transmisión televisiva  del Atlas vs. América.

El caso se Rafael Carretero se ha convertido en uno de los ridículos más grandes de la crónica deportiva en nuestro país y todo surgió porque a algún genio de la mercadotecnia moderna le surgió la gran idea de soltar una promoción para cumplir el sueño de muchos por aparecer, aunque sea por unos segundos, en cadena nacional. La idea por sí sola no me parece mala, incluso creo que puede generar algo positivo, pero la ejecución fue lamentable, triste y dejó en mal a un inocente aficionado de nombre Rafael Carretero que alcanzó la trascendencia por su frase de “está respirando”, entre otras que dijo víctima del nerviosismo.

Lo que debió ser emocionante terminó por ser cómico, de esas ocasiones en que el humor involuntario aparece de pronto para marcar el paso de la comunicación deportiva en México.
La posición del aficionado en el futbol es la de gozar y sufrir, gritar y lamentar, reclamar o vitorear, celebrar un campeonato o guardar luto por un descenso entre otras, no tiene la obligación de ser un especialista en la materia, ni tiene porque saber de ritmos, de tiempos, de entonaciones o de cualquier otra herramienta básica en un cronista deportivo que transmite por medio de su voz, un suceso.

Aquí es donde surge el dilema ético que implica el soltar a un improvisado a un ruedo cruel que no repara en aniquilar verbalmente a quien comete un error que, en el caso de Carretero,  se acentúa por el hecho de ser un simple aficionado. De inmediato las redes sociales a su más particular estilo sepultaron a este joven que tendrá que vivir el resto de sus días con esta anécdota sobre sus hombros.

¿De quién es la culpa? Me parece que ya ni siquiera tiene sentido encontrarlo, creo que la lección quedó aprendida y espero ya no ser testigo de uno solo de estos “espontáneos” de la narración deportiva. Por el bien de la comunicación espero que así sea y que cada uno tome su lugar, acepte su posición y desempeñe sus funciones, ya sea aficionado, futbolista, directivo, periodista o narrador. No más Rafaeles Carreteros por favor.

Mi cuenta de Twitter: @betoruizg


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