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Un amor que duró toda la vida

Sábado 2 de Marzo del 2013

  • Horacio será recordado por sus grandes goles. (Foto: Carlos Calderón)
  • Casarín formaba parte de los Once Hermanos. (Foto: Carlos Calderón)
  • El goleador se casó a la edad de 23 años. (Foto: Carlos Calderón)
  • Casarín era ídolo de toda la juventud. (Foto: Carlos Calderón)
 

Uno de los máximos ídolos del futbol mexicano, es Horacio Casarín.

Horacio, quien debutó a muy temprana edad con aquel equipo del Necaxa de los llamados “Once hermanos”, era considerado por estos como el hermano menor. Le llamaban “El Chamaco”, aunque dentro de la cancha parecía todo un veterano con sus goles de todo tipo, la manera como se quitaba rivales de encima para lograr espectaculares tantos.

Las viejas generaciones recuerdan sus palomitas, las medias voleas y sus recortes antes de tirar a gol. Las nuevas generaciones, pueden apreciar algunos de sus goles en la película “Los Hijos de don Venancio” (1944), que por cierto fue la primera en México en tratar el tema del futbol.

Pero bien, si Horacio fue un gran ídolo de multitudes, lo que ahora les voy a contar es algo de su vida personal, porque no sólo de futbol vive el hombre.

Horacio debutó cuando contaba con 17 años y casi de inmediato se ganó el gusto de la afición, sobre todo de las adolescentes, que veían en él no sólo al futbolista, sino a un joven atractivo, educado y de buena familia. Revistas de la época, como Futbol, un semanario que se agotaba en cada plaza que se vendía, dedicó varios números al singular “Chamaco” que ya comenzaba a destacar en la misma Selección Mexicana.

Una joven de apenas 14 años, acudía cada vez que el Necaxa jugaba para ver al equipo de sus amores, pero también para ver de cerca a Horacio Casarín.

La muchacha en cuestión se llamaba María Elena King, hija de un inglés aficionado al futbol y de una mexicana, nació en Mérida Yucatán y a la edad de 10 años la familia decidió radicar en la Ciudad de México.

“Al principio iba por curiosidad” –cuenta María Elena “pero al poco tiempo me volví aficionada de hueso colorado y entusiasta apasionada. ¿De qué equipo? Del Necaxa. Ese cuadro que jugaba tan bonito con sus jugadores enfundados en la camiseta rayada, blanca y roja. Era el comienzo de 1938 y el Necaxa había sido Campeón las dos temporadas anteriores…”, “Yo adoraba a los jugadores…pero, sobre todo…a ese muchacho rubio, mucho más joven que sus compañeros que corría como gamo y metía tantos goles…”.

No había partido que jugara el Necaxa que se perdiera.  

Como cada 8 días, María Elena acudió a ver a su Necaxa querido la mañana del último domingo de mayo de 1938. El conjunto rojiblanco, jugaba en contra del Marte en el Parque España, un bello estadio de madera enclavado en la Calzada de la Verónica, muy cerca de lo que hoy en día es la llamada Plaza de las Estrellas, en Melchor Ocampo.

Aquella cálida mañana, María Elena apostó a uno de sus primos su domingo, un peso de plata que le había dado su padre. Al término del primer tiempo, el Necaxa perdía 2-0. Aprovechando su cercanía con el campo, ya que se encontraban en la primera fila, al ver que los jugadores salían rumbo a los vestidores, sin pensarlo, María Elena le gritó a Casarín “¡Qué pasa! ¡Por qué están jugando así!”

Horacio, sonrió, y viéndola directo a los ojos le dijo por medio de señas que iban a ganar. Sin embargo, esto no ocurrió, el Necaxa recibió otros dos tantos, por lo que la bella aficionada perdió su peso.

“Por la tarde, derrotada y sin dinero” –Cuenta María Elena- “me fui a caminar por la Alameda de Santa María la Ribera…La Alameda era el refugio de mis alegrías y tristezas. ¿Y a quién creen que me encontré allí? Nada menos que a mi ídolo, Horacio, que también vivía en la Colonia Santa María…”.

María Elena, que como ya he comentado tenía apenas 14 años, se acercó a Horacio y le reclamó el porqué habían perdido. El futbolista, sorprendido, se puso a darle explicaciones y sin darse cuenta se pusieron a platicar un buen rato, hasta que ella se despidió, ya que tenía que regresar a casa.

¡Horacio quedó prendado de aquella muchacha! Averiguando por aquí y por allá, se dio cuenta de que vivía a tan solo cuatro cuadras de su casa. Así, esperó impaciente a que llegara el fin de semana y el sábado, llegó al domicilio y tocó la puerta, preguntando por la joven de ojos hermosos.

María Elena salió y aceptó –con el permiso de sus padres- la invitación para ir al cine.

Aquel sábado 5 de junio de 1938, inició un noviazgo que duró tres años y medio. El 10 de diciembre de 1941, el futbolista, el gran ídolo mexicano, contraía matrimonio con María Elena. Él, tenía 23 años, ella acababa de cumplir los 17.

Cuando anunciaron su casamiento, escucharon voces de todos lados “Son muy jóvenes” ¡”Están locos!” “Espérense unos años” “¿Es futbolista? ¡No te podrá mantener!”.

Ellos decidieron que querían casarse y la historia está ahí. ¡Poco más de 63 años de feliz matrimonio! Tuvieron tan solo un hijo, la vida les negó el poder tener más, cuando ellos hubieran querido por lo menos cuatro.

La última década, Horacio la vivió afectado por el Alzheimer, siempre acompañado por el amor de su vida. Podía olvidarse de todo y de todos, pero jamás a su preciosa María Elena. ¡Ella era su memoria!

El 21 de febrero del 2005 repentinamente María Elena murió. La noticia tomó por sorpresa a todos. ¿Qué sería de Casarín?
Horacio, con todo y su enfermedad, se dio cuenta de lo que pasaba, le lloró a María Elena y le sobrevivió apenas dos meses más.  El viejo ídolo murió de tristeza el 10 de abril del 2005.

¡Un amor que duró toda una vida!



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