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Entre huevos y terroristas

Sábado 20 de Abril del 2013

  • Aquí, el proyecto del Estadio Azteca.  (Foto: Carlos Calderón)
  • Los primeros trabajos de construcción del Azteca.  (Foto: Carlos Calderón)
  • La obra del Arquitecto Ramírez Vázquez.  (Foto: Carlos Calderón)
  • Así era el Azteca en sus inicios.  (Foto: Carlos Calderón)
 

En este espacio trato generalmente anécdotas de futbol. En esta ocasión, si ustedes me lo permiten, queridos lectores, quiero recordar al arquitecto Pedro Ramírez Vázquez, quien fue el encargado –entre otros proyectos- del diseño y  la construcción del Museo de Antropología, la Basílica de Guadalupe y, por supuesto, el coloso de Santa Úrsula, el Estadio Azteca, en donde tantas finales y partidos hemos presenciado, además de dos finales de Copas del Mundo, una con Pelé en su mejor momento y la otra con Maradona, que de igual forma llegaba como el número uno a nivel mundial.

A Pedro Ramírez Vázquez lo conocí hace casi 20 años, cuando colaboraba en un proyecto de Editorial Clío sobre los presidentes de México y lo entrevisté para los programas de Adolfo López Mateos y Gustavo Díaz Ordaz.

Tuve la suerte de volverlo a entrevistar hace pocos años, cuando realicé el programa para México Nuevo Siglo acerca de los 40 años de los Juegos Olímpicos en México. Don Pedro, no era ya muy dado a conceder entrevistas, porque en ese momento tenía 89 años de edad, por lo que me marcó media hora como máximo y durante este tiempo, se hablaría únicamente de los Juegos Olímpicos y no de lo ocurrido en Tlatelolco.

Acudí a sus oficinas y lo que sería una entrevista corta, se convirtieron en casi tres horas, llenas de anécdotas, reflexiones y en las que terminó hablandode todo, inclusive de lo ocurrido aquel 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas, pero que no corresponde hablar en este espacio.

Como esta columna es propia de la anécdota deportiva, les comparto algunas de las cosas que me platicó y que no son tan conocidas.

Cuando a Pedro Ramírez Vázquez el presidente Gustavo Díaz Ordaz le dio el cargo de responsable de la organización de los Juegos, debido a la enfermedad ya avanzada de Adolfo López Mateos, quien era el encargado hasta ese momento, el arquitecto se encontró con el hecho de que el presupuesto era ya muy limitado, por lo que tuvo que ingeniárselas para no gastar tanto.

Un ejemplo, es el caso de las colchonetas para la Lucha Olímpica. Resulta que la Federación Internacional de esa disciplina, exigía colchones de determinadas caracterícas y de una marca en específico, realizados en Finlandia. El comprarlos saldría muy caro, por lo que el Comité Organizador propuso colchones mexicanos realizados a las especificaciones requeridas.
La FILO no aceptó y el Comité insistío, finalmente acordaron que se hiciera uno y si pasaba la prueba del huevo, que serían aceptados.

La prueba consistía en arrojar un huevo desde una determinada altura y si este no se estrellaba, pasaba la prueba. Para esto, se buscaron los huevos de mejor calidad, de cáscara fuerte, no demasiado grandes y bien calcificados. Total que un día antes se estuvieron realizando pruebas previas y los huevos se rompían; una y otra vez, pero, invariablemente terminaban estrellados. El día señalado llegó y, los colchones –ante la sorpresa de los federativos- pasó exitosamente la prueba.

El presidente de la Federación aplaudió y comentó que los colchones eran de excelente calidad y le dijo a don Pedro “Debo reconocer que usted tenía razón, son excelentes y debo confesarle algo, la prueba del huevo no existe, lo inventé para quitármelo de encima, pero estoy impresionado con las colchonetas mexicanas, las filandesas no hubieran pasado esta prueba. ¡Serán utilizados colchones mexicanos”

El arquitecto se despidió del federativo y sus acompañantes. Lo que no sabían aquellos hombres es que ante las fallidas pruebas, Pedro Ramírez Vázquez para no dejar al azar la posibilidad del fracaso, ordenó:
 
–“Déjense de cosas, cuezan el maldito huevo. Al sacarlos de la canasta, primero me pasan uno crudo y hago como que se cae y se rompe, entonces pensarán que todos son así, luego para tirar, me pasan uno cocido”

Y ese maldito huevo, evitó grandes gastos de colchones europeos.

Otra anécdota contada por don Pedro, fue el caso de los supuestos “terroristas”. Resulta que en la madrugada, previa a la inauguración, el arquitecto recibió una llamada de teléfono, en donde le informaban que acaban de aprehender a varios terroristas en el estadio de CU colocando bombas, que ya se dirigían al Campo Militar No. 1 para interrogarlos.

Alarmado, don Pedro, apenas colgó y recibió otra llamada, esta era de uno de los funcionarios del Comité, que llegó al estadio y se dio cuenta que los encargados de los cohetes no estaban y debían estar ya trabajando. El arquitecto ató cabos y se dio cuenta que los prisioneros, en realidad eran los coheteros a los que ya se llevaban para ser “interrogados” al Campo Militar. Muerto de risa, le habló al general a cargo y le explicó la situación. Los coheteros tras un “ustedes disculpen” fueron llevados nuevamente al estadio para terminar de colocar los “artefactos explosivos” que darían vida a la gran inauguración.
 
Para terminar –y no por falta de anécdotas, sino por falta de espacio- les voy a contar lo que me platicó don Pedro acerca de la distribución de los boletos. Resulta, que se imprimieron 4 millones de los mismos, una parte se vendió a través de los Bancos, los cuales eran fáciles de controlar, sin embargo, las reservaciones que llegaban por correo o por telegrama –no había por supuesto correo electrónico-, eran muy difíciles de controlar. En una junta, le dijeron al arquitecto:

“Bueno, tenemos todo un mueble con casilleros donde están todos los boletos, pero nos va a pasar esto”. Llega una petición: 2 de natación, 3 de básquetbol, 1 de futbol y “¡Caray! pues mi novia quiere ir pues aquí le guardo uno, no?” y el control era imposible… Necesitamos un personal de 200 personas, honradas, honradas, honradas y que no tengan interés en los deportes, para poder cumplir con estas reservaciones”.

Pedro Ramírez contestó: “¡Ay caray! 200 honradas, honradas, honradas en México ¿y que no tengan interés deportivo?”

Tras pensarlo un momento, dijo:  “¡Pues las monjas!” y fue y le pido al Cardenal Darío Miranda unas monjas prestadas.

“Le digo: Monseñor, le quiero pedir su ayuda para un problema en los Juegos Olímpicos” y me dijo “Bueno, aparte de mis rezos ¿en qué te ayudo?”, le dije “No se moleste, pero quiero que me preste 200 monjas”.

Ante la cara que  hizo el Cardenal, le explicó la situación, “Se ríe y me las facilita y en el seminario de Tlalpan instalamos todo y fueron las monjas las que hicieron los paquetes de reservación, no tuvimos ninguna sola reclamación. Algo que no sucedió antes y no sucedió después, ya que hasta la última Olimpiada, con todos los boletos hay siempre problemas, por mínimos que estos sean”.

Hoy, guardo con mucho cariño los libros que me regaló sobre los medallistas mexicanos, con una emotiva dedicación.  ¡Gracias! Arq. Pedro Ramírez Vázquez.




Nota: Las columnas que se presentan en la sección Editorial de mediotiempo.com, son responsabilidad única de sus autores y no reflejan necesariamente la opinión periodística de Medio Tiempo.

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