La vida no basta

Piermario se levantó de la cama con una certeza: la de la felicidad.

Piermario se levantó de la cama con una certeza: la de la felicidad. A pesar de que a sus escasos 25 años ya había experimentado situaciones de vida que le forjaron el carácter a punta de martillazos – la muerte prematura de sus padres y la de su hermano pequeño– había algo en su existencia que lo mantenía con cierta estabilidad. La suficiente para sobrevivir e incluso la necesaria para experimentar uno que otro placer esporádico. Desde que pateó un balón supo que su destino sería el futbol. Como la de todos los jugadores profesionales, la suya también fue una historia de determinación y fortuna. La determinación para sacrificarlo todo en pos de un sueño y la fortuna para encontrar espacio en un equipo profesional que creyó en sus virtudes como futbolista.   , le reclamaban sus amigos de infancia. Nunca tomó con literalidad la sentencia, pero era consciente de los sacrificios que el juego profesional le había exigido: abandonar su infancia, desprenderse de los placeres comunes de la vida, internarse en el abismo de las posibilidades, de las mentiras, de los falsos caminos. A pesar de todo ello, había valido la pena. Detrás de los sacrificios encontró un modo de vida que le otorgaba algo insustituible: libertad. Tuvo la suerte de que la muerte lo tomara desprevenido. En tres ocasiones intentó anular con voluntad motora la descarga eléctrica que atacaba su corazón. Tres intentos para retomar el hilo del partido. Tres momentos para volver a descifrar la ruta del balón. Tres segundos para respirar la libertad en la que moría. En la ambulancia que lo llevaría al hospital miró por última vez los ojos de otro ser humano. Es probable que sus últimos pensamientos estuvieran asociados a su infancia, a esos amigos que le anunciaron que el futbol consumiría su vida. Es probable que Piermario se fuera con una certeza distinta a la que lo despertó esa mañana: el futbol es una estupidez. Pero una estupidez sin la que la vida no tiene sentido. La sencilla demostración, como lo dijo en su tiempo Pessoa de la literatura, de que la vida no basta. Diego Gaspar Escritor @diegogasparv

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