Análisis arbitral de la Copa del Mundo

Terminó la Copa del Mundo de Brasil y el arbitraje dejó mucho que desear.

Terminó la Copa del Mundo de Brasil y lo hace con una Final que vuelve a mostrar como las fuerzas en estos partidos de tanta trascendencia se equiparan y todos los antecedentes se quedan en los vestidores. Las docencias mostradas a lo largo de los siete encuentros para llegar a ella se vieron igualadas y tuvieron que agotarse casi prácticamente los tiempos para que en un gran desborde de Schürrle por sector izquierdo, resultara en gol con un alarde técnico de Götze, que controla con el pecho y luego ejecuta de manera magistral para terminar de dirimir el campeonato en favor del equipo que fuera el mejor a lo largo de todo el mismo. Alemania es digno Campeón del Mundo por cuarta ocasión y además por méritos propios. Fue mejor de cabo a rabo y logra una estrella más en su camisa que lo equipara con Italia y lo acerca a sólo un título de Brasil que sufrió de nuevo en su propia tierra. El arbitraje también culminó como empezó, con decisiones que muestran que el árbitro moderno ha perdido personalidad y terreno frente al espectáculo. Un espectáculo que parece decidido a estar sobre las reglas y sobre los propios actores del juego, pero mucho más sobre los árbitros, que ya no tienen el carácter ni la fuerza suficiente para aplicarlo como marca su espíritu: lo que la FIFA siempre niega o desmiente cuando se la acusa de dar instrucciones a los árbitros de que cuiden el espectáculo por encima de las propias reglas, que eviten en todo lo posible el uso de las tarjetas y sobre todo de las rojas, que aparecieron poco o que en muchos juegos aún con acciones clarísimas que así lo requerían, nunca aparecieron. Qué pena, qué tristeza, qué decepción de los hombres que tendrían que defender ese espíritu del juego limpio no tengan ya el coraje o el valor de aplicarlo en un campo de juego. La plancha de Höwedes en el primer tiempo, ameritaba la tarjeta roja sin discusión y quedo en tibia amarilla. La reiteración de faltas de Mascherano de igual manera y que estando amonestado siguió profiriendo faltas a cuanto alemán se le acercará, al punto de impactar en el tobillo a uno de ellos y no ver la segunda amarilla nunca jamás. El puñetazo de Agüero al propio Schweinsteiger que le abrió debajo el ojo y que nunca fue sancionada con la tarjeta roja correspondiente, porque fue expresamente deliberado el golpe a su adversario. Precisamente este jugador alemán quedo muy maltrecho de tantas faltas recibidas, pero se mantuvo heroicamente en el campo y lo más destacable es que jamás se quejó de ello. El arbitraje se desdibujó más aún en este campeonato y ahora sí no aparecen quiénes lo rescaten de esta lamentable situación en la que ha caído. Veremos como poco a poco irá tocando fondo. La personalidad de otros árbitros de antaño no se vio en las canchas de Brasil, esa que antes era el aspecto más brillante de los que dirigían partidos, ha cedido su lugar al temor de tomar decisiones que pudiesen cambiar el rumbo del partido. Instados por sus dirigentes actuales, prefieren dejar correr cualquier acción de este tipo para que su jefes no los marginen de los grandes eventos. Qué pobreza de espíritu tenemos hoy, qué poca fuerza les ha quedado para sacar una tarjeta roja en la Final de una Copa del Mundo, prefieren así ceder el lugar de las decisiones reglamentarias, al acierto o el error de los jugadores y en esta idea  desaparecer como verdadera autoridad dentro del campo de juego. Triste balance el del arbitraje que al volverse profesional perdió la dignidad y el respeto al verdadero espíritu del juego, que es el de anteponer la integridad física de los jugadores por encima de todas las cosas. De ahí las consecuencias. ¡Lástima!

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