No debemos acostumbrarnos

Cada semana es lo mismo. Imágenes violentas en distintos estadios de futbol, alguna nota que parece aislada de una riña o algún herido, enfrentamientos entre "barristas" que "no pasaron a mayores".

Cada semana es lo mismo. Imágenes violentas en distintos estadios de futbol, alguna nota que parece aislada de una riña o algún  herido, enfrentamientos entre “barristas” que “no pasaron a mayores”, algunos aficionados y policías golpeados o heridos. A veces es en Querétaro,  en Morelia, en Pachuca, a las afueras del Olímpico Universitario, con grupos de “apoyo” involucrados como los “Libres y Locos”, “La Monumental”, “La Perra barra”, “La Rebel” integrados por gente que muchas veces es apoyada por los propios clubes y que acuden a los estadios con intenciones que no parecen tener relación directa con lo que sucede en el campo de juego. Pasa en Primera División y en otras categorías, en las que el seguimiento es nulo. Hace poco me tocó ver como un grupo de pseudo-seguidores del América acudieron furibundos a las instalaciones de La Noria en Cruz Azul con el único afán de insultar, agredir y lanzar objetos cuando se realizaba un partido de categoría Sub-20 entre ambos equipos, y salvo la consignación del hecho,  no hubo consecuencias.  Para buena parte de los medios de comunicación –TVC Deportes y Milenio deben ser la excepción- lo que sucede al parecer no es grave, por lo que o se ignoran estos sucesos o se les observa como algo “normal” e “inevitable”.

Hasta los hombres que tendrían que estar más preocupados porque estos actos se acaben, Justino Compeán y Decio de María, los minimizan o siguen pensando que son “hechos aislados”. Y no se dan cuenta que la merma de aficionados tiene que ver, sí con que el producto que se les ofrece no les es tan atractivo, pero además algunos se alejan de los estadios justamente por la inseguridad de los mismos y el miedo a sufrir algún atropello. Quienes tenemos hijos, por ejemplo, ya evitamos llevarlos a cualquier partido o a cualquier estadio. Y esas nuevas generaciones de aficionados tal vez acaben por no “enamorarse” del juego como nosotros, y les heredemos el miedo al estadio y el preferir ver el futbol, en el mejor de los casos, sólo por TV.

El primer torneo de la nueva Liga MX no acaba aún y en un tema tan delicado como el de la seguridad en los estadios no parece haberse hecho lo suficiente. Mucho se habló del retiro de mallas de protección en todos los estadios como un síntoma de confianza en la afición.  Recuerdo también que se hizo énfasis en que los aficionados que acudieran a los estadios tendrían que vivir toda una experiencia, que no sólo habría más seguridad, sino más alicientes y ocurre todo lo contrario, aunque entiendo que un cambio en ese sentido no se hace por decreto ni ocurre de un momento a otro.

Y no se confunda, en  este tema, las autoridades del futbol mexicano tienen cosas por hacer, pero están en muchos rubros atados de manos, si los legisladores y las autoridades municipales y federales no asumen  el rol que les corresponde. Decio y Justino deben preocuparse seriamente del asunto y exigir para beneficio de su negocio el respaldo del estado. Se debe legislar con mayor severidad, para que quienes generan desorden o violencia en un espectáculo público reciban sanciones ejemplares y no puedan volver a hacerlo. Los equipos deben pagar por los servicios de seguridad, pero siempre que éstos verdaderamente muestren estar capacitados para el manejo de multitudes, no como sucedió en León. Y se tienen que diseñar operativos más inteligentes, pues de lo contrario seguiremos espantando a la clientela de los estadios, a los que acabarán acudiendo sólo estos grupos de “valientes” que desahogan sus frustraciones de vida en las tribunas de un estadio.

No estoy convencido de que la prohibición de venta de alcohol ayude a solucionar los problemas,  pues en otros países como Argentina, esa veda no impide que  sigan sucediendo actos violentos.

Hace unos años la postura del presidente de la FMF, Justino Compeán, prohibiendo que las porras de equipos visitantes acudieran a los estadios parecía una medida cómoda y cobarde. Hoy, en cambio, parece lo más sensato,  pero resulta inadmisible que así se piense desde la cúpula de un futbol que pretende revitalizarse, reconquistar audiencias y recuperar aficionados. La violencia, como en otros ámbitos, deprime el desarrollo, y sería bueno mirarla con espanto y hacer algo,  no minimizarla o “normalizarla”.

Cierto es que el futbol, como lo escribimos la semana pasada, en  muchos sentidos es apenas un espejo social, no el responsable de la barbarie. En este país en guerra, sería prudente que nos quedara algún espacio libre de violencia, y nos estamos acostumbrando a ella hasta en un estadio de futbol.

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