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Jorge Witker.

Una lección para todos

Martes 19 de Febrero del 2013



La honesta declaración del joven Héctor Acosta (Toluca), avalando lo declarado por Ricardo Peláez y Adrián Aldrete (América), dejó muy mal parado a muchos comentaristas y analistas de arbitraje que habían considerado un grave error de Francisco Chacón la marcación del penal en el juego entre América y Toluca.

Muchos periodistas -me incluyo en ellos- pensábamos, tras observar la jugada en varias repeticiones,  que no había contacto entre Acosta y Aldrete, y por ende, el penal no había sido bien sancionado. Lo peor es que algunos –me desmarco, absolutamente- dieron a entender nuevamente que esa falla ratificaba la propensión de los árbitros a favorecer al América, una creencia popular que parece imposible revertir. Al afirmar eso, se comete el tremendo atropello de dotar al error del juez de premeditación, lo que al final del día es como acusarlo de deshonestidad, al dar a entender que esa “falla” la comete un árbitro de manera consciente y voluntaria.

Llamativo me resultó la postura de muchos analistas arbitrajes. Escuché claramente durante la transmisión del juego que Armando Archundia, en TDN, aseguraba que el penal había sido bien sancionado, y al día siguiente decir que siempre no, que Chacón se había equivocado. La verdad es que ese cambio de postura –que seguramente tras las declaraciones de Acosta volvió a variar un día después- lo menos que merecería de parte de quien ejerció tan complicado oficio, era admitir que la jugada era “bravísima” y que si con repeticiones no quedaba claro el contacto, había que entender la dificultad de quien señaló la falta sin esa clase de apoyos. Y aclaro que como equivocarse, rectificar es de humanos. Eso no lo condeno en absoluto. Lo que parece poco congruente, nada serio y cero profesional  es que un día veas la jugada y concuerdes con lo señalado por el árbitro y al siguiente le atices al juez por haber marcado como penal una jugada que tú mismo viendo varias veces habías pensado que era falta.

Extraño resulta que buena parte de los ex árbitros que analizan esa actividad, sin duda con conocimiento de causa, acaben convirtiéndose en los peores verdugos de quienes hoy ejercen esa labor en lugar de ser quienes mejor expliquen al resto las razones de una falla, la dificultad de una jugada o la relatividad de la repetición y el ángulo de la misma, que no es igual que la del árbitro y enseña una jugada muy diferente a la que juzga el juez.  

Ojalá en el periodismo aprendiéramos como lección de lo que ha sucedido que habría que hablar más del juego que de los árbitros, pero lamentablemente cada vez son más los espacios que se dedican a desmenuzar la labor arbitral con tremenda severidad y siguen vigentes los “líderes de opinión” que hacen de un error arbitral todo un complot y de un árbitro que se equivoca –en el peor de los casos- un hombre corrupto y “vendido”.  

Es evidente que la labor de los réferis tiene un elevadísimo grado de dificultad, que el avance de la tecnología no parece asistirlos en la medida de las posibilidades y que como seres humanos que son, están condenados a cometer errores. Eso pasa en México y en todo el mundo.

Y no quiero decir con esto que el arbitraje no esté expuesto a críticas y que no sea menester del periodista señalar las equivocaciones- sobre todo  las graves- pero sí, que deberíamos ser más responsables con los adjetivos que empleamos y aprender a darle menos peso, en lo que sucede en un partido, a las marcaciones del juez.

Claro, vende más hacerse el “valiente” y decirle a los millones de antiamericanistas que los árbitros ayudan al América o asegurar que al Querétaro lo están hundiendo las malas decisiones arbitrales.

Lo peor -en eso la nula memoria que tenemos en México es cómplice- es que los “errores” de los comentaristas o periodistas -como el de muchos políticos- se olvidan rápidamente y nadie castiga esa “credibilidad” perdida por decir que al Necaxa lo iban a salvar del descenso sí o sí, o que al América, que tiene 14 torneos sin título, lo “ayudan” consistentemente todos los árbitros por mandato superior pero son tan “torpes” que no lo hacen en los juegos decisivos de las Liguillas en las que “las Águilas” siempre son eliminadas incluso antes de llegar a la Final.

Nota: Las columnas que se presentan en la sección Editorial de mediotiempo.com, son responsabilidad única de sus autores y no reflejan necesariamente la opinión periodística de Medio Tiempo.

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