La Final y sus falsos dogmas

Escribo esta columna tras haber leído la escrita por Martín del Palacio.

Escribo esta columna tras haber leído la escrita por Martín del Palacio, que se me anticipó, con gran acierto, a tratar el tema de cómo se dogmatiza en los medios de comunicación. Algunos colegas han hecho un análisis de la Gran Final como si el futbol fuera ciencia exacta y el resultado de la misma hubiera sido apenas una consecuencia lógica del planteamiento de ambos entrenadores.

Obvio, con esa simpleza acostumbrada, hoy Miguel Herrera es el mejor técnico del mundo y a Guillermo Vázquez, a quien se le responsabiliza del nuevo y más doloroso subcampeonato celeste, se le tacha de ser un entrenador timorato, agachón y fracasado.

No falta los que aseguran que las formas de ambos marcaron la diferencia. Que Herrera tiene “sangre en las venas” y esas gesticulaciones y gritos desaforados desde la banca mandaron un mensaje de no darse por vencido jamás a sus jugadores mientras que Vázquez y su parsimonia y calma “contagió” de apatía a sus pupilos. Ahí estuvo la diferencia, aseguran.

Lo curioso es que “El Piojo”, con todo y su temperamento extrovertido y apasionado, tenía 10 años como DT y más de 400 partidos dirigidos en la Primera División, sin lograr ganar un título, y estuvo a 30 segundos de que le recordaran como “el ya merito” y le ratificaran esa etiqueta que tenía colgada de no saber ganar el gran juego.

Y el caso contrario con Memo, a quien le sobraron esos 30 segundos para ser considerado ya uno de los mejores entrenadores del medio. Bastó un gol, muy fortuito y hasta cómico, para cambiar toda la perspectiva y olvidar que con ese estilo, poco expresivo, parco, y con cero aspavientos, en mucho menos tiempo, tres años y menos de 130 partidos en el Máximo Circuito, ya pudo ser campeón de Liga y Copa, lo que pocos entrenadores pueden presumir.

Seguramente el planteamiento de Vázquez no fue el más atrevido, o no fue el que muchos hubiéramos querido ver, pero no se puede negar que jugando a eso tuvo el control en el marcador global en buena parte de la serie con un trabajo defensivo extraordinario, estuvo a 30 segundos de conquistar el título y de haber acertado uno de los tres claros manos a manos de los que gozó en el segundo tiempo, hubiera vacunado su triunfo incluso contra el azar.

Y América, que hizo un gran esfuerzo con 10 hombres desde los 14’ por una rigorista expulsión, fue mucho más ambicioso no porque siempre lo haya sido –ante Pumas en la vuelta de los Cuartos jugó más especulativamente-  sino porque lo tenía que ser por obligación, ya que era el equipo que necesitaba marcar desde el primer juego en el que quedó en desventaja de 0-1 apenas a los 20 minutos. Es decir, también atacó persistentemente porque tenía que hacerlo al estar abajo en el marcador,  pues sí hubiera marcado antes, su postura hubiera sido diferente.

Lo mismo sucede con el análisis de ambos finalistas. Ahora resulta que todos los jugadores del América fueron un monumento a la “actitud” y la “ambición” y los de Cruz Azul un séquito de “pechos fríos” y “conformistas” que no tuvieron hambre de victoria. Ese absolutismo es por definición, sino completamente falso, sí totalmente inexacto.

Más allá de las diferentes posturas, algunas de ellas por elecciones tácticas, me parece que nadie puede decir que lo que intentó Cruz Azul lo estaba haciendo mal, o que América estaba jugando maravillosamente bien y generando muchas llegadas al arco de Corona.  En filas americanistas hubo varios elementos que aportaron poco o nada, que tuvieron desempeños muy pobres o al menos alejados a su mejor nivel. No fue una Final en la que gente como Sambueza, Aguilar,  Aldrete o Martínez se hayan prodigado, Benítez y Jiménez tampoco anduvieron finos, además de que los marcaron muy bien;  en Cruz Azul poco se le puede reprochar en cuanto a actitud al “Chaco”, a Perea, a Domínguez, a Flores, o inclusive a Alejandro Castro, pese al autogol y el resbalón en el penal.

Pero como aficionados o periodistas, siempre será más fácil hablar en exceso de las virtudes del que gana y criticar ferozmente los defectos del que pierde. Y querer razonar cada partido como sí en el futbol los resultados se merecieran, los triunfos fueran premios justos y las derrotas castigos decididos de un dios implacable y sensato.

No son pocas las veces, incluyendo esta Final, que la enorme distancia entre vencedor y vencido se sustenta en mínimos y a veces imperceptibles detalles, y que el azar le cambia el rumbo a un partido y hasta un campeonato.

Hasta el árbitro, que afectó severamente al América con la roja tempranera y bastante precipitada –a mi modesto juicio- para Jesús Molina, acabó ignorando faltas muy claras de Maza y Moisés en las dos jugadas que acabaron permitiendo la remontada del América, esa en la que ya muchos americanistas habían dejado de creer, aunque hoy dirán que siempre pensaron que era posible…

Finales como la del domingo nos siguen maravillando y recordando porque el futbol en estado puro es tan encantador e impredecible.  Lo malo, a veces, es tener que escuchar y leer a quienes lo explican y saben todo como sí este hermoso deporte no tuviera una dinámica diferente y única, y hubiera situaciones inexplicables, absurdas y fortuitas que formaran parte del paisaje.    

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