¿Por qué irle a un equipo de futbol?

Este texto apareció en mi blog hace unas semanas...

Este texto apareció en mi blog hace unas semanas y ante la gran respuesta obtenida, decidí trasladarlo a las "Grandes Ligas" en MedioTiempo. Es una especie de respuesta al muy buen escrito de mi amigo Daniel Krauze. Su historia, “Por qué dejé de irle a los Pumas” relata los desencantos sufridos en su infancia con las fuerzas básicas de los universitarios y su falta de identificación con los aficionados actuales del equipo. Les recomiendo que lo lean antes de hacerlo con el mío o, por lo menos, que lean el último párrafo del suyo que es el que, en realidad, generó la idea de la que surgió lo aquí escrito. Por mucho tiempo me he preguntado si vale la pena irle a un equipo de futbol. ¿Qué sentido tiene, en realidad, apoyar a 11 perfectos desconocidos, a los que no me une absolutamente nada más que un escudo o una camiseta que, en rigor, también me son completamente ajenos? ¿Tiene caso alegrarse o deprimirse por sus resultados, criticar a unos directivos que despilfarran un dinero que ni es mío (ni lo será, lamentablemente), pagar un boleto para observar un espectáculo que, en la mayor parte de los casos, no es particularmente divertido? La historia de cómo me hice aficionado al futbol es digna de un panfleto de publicidad de la FIFA. Ni a mis padres, ni a mis hermanos les gustaba mucho, así que no es hereditario. A los 5 años, sin embargo, me enfermé de hepatitis. El mes que tuve que pasar en cama coincidió con el Mundial 82. Vi todos los partidos, todos los resúmenes, todas las repeticiones. Quedé fascinado con el juego y me volví a enfermar, pero ahora de fanatismo extremo. Esto es algo que no confieso a menudo, pero en aquellos tiempos mi hermano jugaba en un equipo llamado Tecos, así que los volví mis favoritos. Mi primer (y único) ídolo era Michel Platini, pero en México admiraba a Hugo Kiese. No fue sino hasta los 12 años que mi tío José Luis, ese sí futbolerísimo y ex jugador del Atlético Español, me convenció de que alentar al representativo de una escuela proto fascista no era la mejor idea posible. Para su desilusión, no torné mis esperanzas a su Necaxa sino al Veracruz. ¿La razón? Acababa de ascender de la entonces segunda división. Así, mis dos primeros equipos fueron elecciones totalmente arbitrarias. Pero los apoyé como el que más. Lloré, mucho más que celebré, con jugadores que a muchos no les dicen nada como Edmur Lucas,José Luis Zalazar, Pascual Ramírez y Omar Palma. La afición por mi equipo favorito actual, los Pumas,viene del año 2000. Empezaba a trabajar en televisión y entre que el Veracruz estaba en segunda otra vez, y no podía ver sus partidos, que me la pasé cubriendo todos los días a los universitarios y que mi amigo Roberto Velázquez hizo un serio trabajo de campo, cambié mi camiseta al azul y oro. En su momento, muchos me llamaron villamelón. A mí me daba lo mismo. Tuve que soportarme horribles Pumas-Toros Neza antes de realmente ver ganar a la generación dirigida Hugo Sánchez. Además, en aquel entonces me hice cercano a esos jugadores. Así que, a diferencia de casi todo el mundo, estaba apoyando al equipo de mis amigos. Esa generación casi ha desaparecido y el tiempo hizo a aquellos amigos casi desconocidos. Pero le sigo yendo a los universitarios. Como Daniel, no me identifico para nada con la porra. Voy a la Zona Puma cada vez que estoy en México a sentarme al lado de desconocidos que gritan cosas que yo nunca pensaría (“¡huevoneeeees!”) y que ven el futbol de una manera totalmente distinta (“Memo Vázquez es un pendejo, me cai”). Me gusta, sin embargo, el sentimiento de masa, el cantar “soy de Pumas desde que estaba en la cuna” (aunque en mi caso, no sea cierto je) y celebrar los goles con esos miles de desconocidos a los que quizá no invitaría a comer a mi casa. Llevo dos días hablando sobre este tema con mi amigo Ben Hayward. Él, aficionado del Tottenham y británico refinado por donde se le vea, tuvo el mismo sentimiento alienante cuando fue a ver a Praga un partido de Europa League de los Spurs y se encontró con miles de hooligans que se abrían paso borrachos por los bares de la ciudad. Y, como buen inglés, considera que los seleccionados son unas divas sobrepagadas y que, en la mayoría de los casos, no son muy buenas personas. El problema es que el futbol es pasión, y si uno quiera apasionarse de verdad tiene que portar unos colores y tener una bandera. En mi caso, los constantes viajes y la lejanía han hecho más tenues esos sentimientos, por Pumas, por el Tottenham mismo y el Barcelona, pero cada vez que me paro en un estadio vuelve ese sentimiento de pertenencia. De hecho, creo que el equipo que más me apasiona son los Jets de Nueva York. ¿Por qué? No sé. Desde los 3 años sigo al equipo de la clase trabajadora de la ciudad, con una afición que en teoría es más republicana que demócrata y al que apoyaba abiertamente Ronald Reagan, uno de los personajes políticos que más detesto. El problema es que los demás equipos son la misma mierda (pardon my french). Sus aficionados no son mejores que los de mis escuadras. Sus jugadores son igual de divas. Sus creencias son igual de falsas. De hecho, ¿creencias? Hace mucho que el futbol masificado ha perdido las ideologías. Los aficionados de las Chivas ya no son el pueblo más que los del América. Los de Pumas pueden ser tan intelectuales como los de Cruz Azul. En el Barcelona se juntan los ultraderechosos independentistas catalanes, con el portero de mi edificio y los japoneses que hacen tours por el Camp Nou. Ser fan de un equipo se ha vuelto un acto de fe. Yo le voy a mis equipos porque quiero. Porque es la manera en que disfruto el futbol. Hay gente para la que el futbol es algo tribal. Para mí es individual. El mundo del siglo XXI te da para eso. Muerte a la ideología, vida al hedonismo. O muerte al hedonismo, vida a la ideología. Como diría Woody Allen, “Whatever works”. Salvo en los grandes partidos, el fútbol me aburre cada día más como espectáculo. Me he tratado de hacer un experto en táctica para poder encontrarle otro enfoque al deporte que me da de comer cuando lo veo por televisión. Pero el estadio es otra cosa. Tararear los cánticos, comer un bocadillo en España o una dona en México, gritar como desesperado el gol de Iniesta contra el Chelsea, el cabezazo de Crouch contra el Manchester City o el penal de Cacho ante Cruz Azul. Salir emocionado palmeando a esos desconocidos a los que no invitaría a comer a mi casa y diciendo un “a huevo” colectivo. Le voy a un equipo porque me significa la canalización de mi propia pasión. La vida está llena de mierda, en todos los campos. Si nos guiáramos por eso, no valdría la pena vivir. Mentiras, engaños, decepciones, transas, dolor, muerte. Pero también pasión, alegría, entusiasmo, bondad. Yo le voy a un equipo porque prefiero ver esas buenas cualidades. ¿Qué por qué le voy a Pumas? Por pura suerte. Estuvieron a la hora y el lugar preciso. Pero ahora que le voy, los alentaré con todas mis fuerzas. Por mí, no por ellos, ni por sus aficionados. Por mí, y sólo por mí. Una disculpa a quienes ya habían leído este texto en www.martindelpalacio.com espero que les haya gustado lo suficiente para echárselo dos veces. En ese blog encontrarán textos míos, de todos los temas posibles. Y si quieren platicar casi en tiempo real, pueden seguirme en www.twitter.com/martindelp

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