¿De qué murieron los quemados?

Durante años, yo fui el ardido mayor. Era el típico niño que lloraba cuando perdía y se llevaba el balón para que nadie más pudiera jugar.

Hace unos años, el muy buen periodista estadounidense Grant Wahl escribió un artículo sobre un largo viaje que hizo a México. En él, dedicaba varios párrafos al concepto de “ardido”, que le parecía totalmente sorprendente. Me llamó la atención porque, como mexicano, crecí con él y siempre fue natural. Es algo que forma parte de nuestro día con día, sobre todo en el futbol, y nadie parece quejarse de verdad. De hecho, durante años, yo fui el ardido mayor. Era el típico niño que lloraba cuando perdía y se llevaba el balón para que nadie más pudiera jugar. Muchos años más tarde llegó mi momento máximo de ardidez. Después de que un árbitro se negara a marcar un penal “clarísimo” que me habían hecho en el minuto 90, cuando perdíamos 2-1 en mi último partido antes de irme a vivir a Europa, decidí bajarme el short y mostrarle el trasero mientras le recordaba a su mamacita una y otra vez. Con el paso del tiempo, y los viajes, he descubierto que es mucho menos común en el mundo de lo que uno podría esperar. Por supuesto, está José Mourinho, quizá el mejor ejemplo del ardido en el futbol actual (aunque en general ha aprendido a usarlo para su beneficio), y Diego Maradona, el más grande ardido histórico, pero en general es un sentimiento bastante burdo, difícil de justificar porque suele manifestarse de forma violenta o mala leche, y cuyos motivos suelen ser siempre egoístas. Ayer, se dieron a conocer declaraciones de Horacio Sánchez, en las que acusaba a su tío Hugo de cobrar a los jugadores por ser titulares. Las palabras del ex delantero huelen mal, por varios motivos. En primer lugar, porque se le ocurre decirlas diez años después de los supuestos hechos.  ¿No hubiera sido lógico que lo hiciera en su momento? De hecho, jugadores mucho más importantes, como Aílton y Joaquín Beltrán, salieron a desmentirlo de inmediato. En segundo, porque no tienen sentido, Pumas fue bicampeón en ese tiempo. ¿Será porque los jugadores buenos le pagaban más a Hugo? Y tercero porque Horacio era malísimo, dudo mucho que hubiera sido titular ni pagando todo el oro del mundo. El asunto es que, cuando hay una teoría de la conspiración, hay que buscar las razones detrás de ella. Y en este caso son bastante simples. Hugo Sánchez apartó a Horacio cuando fue técnico de Pumas y lo mandó a León. Eso causó una pelea con su padre que aún no se soluciona. Una década más tarde, el resentimiento sigue existiendo, como puede verse, y esa es una explicación lógica al súbito “recuerdo” del ex jugador. En resumen, fueron palabras de ardido. Del mismo modo, Miguel Herrera, al perder en la Copa MX culpó al arbitraje y al reglamento del torneo. De nuevo, declaraciones absurdas. ¿Habría dicho algo de esto si Aquivaldo hubiera anotado el penal y alguno de los jugadores celestes fallado? Por supuesto que no. Pero el ardido nunca tiene la culpa, son los demás que se confabularon para evitar su éxito. Siempre hay una conspiración detrás, que desaparece cuando los hechos lo favorecen, como sucedió con el propio “Piojo” en el Clásico contra Chivas. Dos ejemplos recientes de una situación común. El problema principal es que la ardidez te impide pensar con claridad, y descubrir cuáles son las verdaderas razones de que las cosas hayan salido mal. Haría mejor Herrera en reconocer que su equipo no jugó un buen primer tiempo ante Cruz Azul y dejó ahí escapar el triunfo. Y Horacio tendría que enterrar ese pasado que le debe recordar todos los días que su carrera como futbolista fue un fracaso. A final de cuentas, quien se ve mal son ellos. Horacio Sánchez volverá a su anonimato. Nadie se volverá a acordar de él, como nadie se acordaba antes de sus declaraciones. Tuvo su minuto de fama y hasta nunca. Como nadie le dará la razón al “Piojo” Herrera. De hecho, después de sus declaraciones, la twittósfera se llenó de mensajes pidiendo su cabeza, en caso de que no gane la liga. Su arranque sirvió para que, por una vez, los americanistas y los antis se unieran en algo. En mi caso, tras mi show desnudista me expulsaron y me suspendieron 16 partidos. Un castigo justo, supongo, aunque debo reconocer que es una anécdota maravillosa que ahora me causa mucha risa, sobre todo porque, desde entonces, he intentado contar hasta 10 cada vez que veo rojo, aunque a veces sea necesario llegar al 100. Como siempre, pueden opinar al mail de arriba, en la sección de abajo, o en www.twitter.com/martindelp, todos los comentarios serán muy bien recibidos

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