El laberinto de la soledad y nuestro resentimiento

En "El laberinto de la soledad", Octavio Paz describió la conflictiva relación que tiene el mexicano consigo mismo

En “El laberinto de la soledad”, Octavio Paz describió la conflictiva relación que tiene el mexicano consigo mismo. Ante la idealización que se tiene de los aztecas, nuestros padres, los orgullosos dominadores de una tierra que hemos prostituido, nosotros, los mexicanos, somos los descendientes de la Malinche, la india que se entregó voluntariamente a Hernán Cortés. En consecuencia, somos hijos de la chingadaEl pueblo mexicano no perdona su traición a la Malinche. Ella encarna lo abierto, lo chingado, frente a nuestros indios, estoicos, impasibles y cerrados”, describió el escritor.

En consecuencia, el mexicano es una especie de mezcla de resentimientos históricos. En parte odiamos al extranjero, que llegó a chingarnos, aunque la consecuencia sea nuestra propia nación. Odiamos también a sus hijos y sus nietos, “los blancos”, que no están manchados por esa violación legendaria. Y en parte también nos odiamos a nosotros mismos, por ser esos hijos de la chingada, los descendientes de esa relación anómala.

Al mismo tiempo, admiramos a quien llega de fuera, pensando que nos va a enseñar algo distinto, como los aztecas lo hicieron con los “barbados” de aquél entonces. También nos ilusionamos con los posibles éxitos propios, que nos permitan olvidarnos de todas las veces que nos han chingado y que nos hemos chingado a nosotros mismos. Y, del mismo modo, ese resentimiento histórico vuelve a atenazarnos cuando el extranjero o el mexicano no cumplen las expectativas idealizadas que nos creamos sobre ellos.

Es a partir de ese marco general que se explican muchas de nuestras actitudes como aficionados al futbol (y también como periodistas, en algunos casos). En México, muchas de las críticas que reciben los jugadores se explican a través del resentimiento social. En principio, el futbolista, por sólo ser quien es, ya salió de la norma y ya es, en cierto sentido, uno de los conquistadores. Normalmente de clase social baja, su ascenso lo hace una especie de traidor, de arribista y en consecuencia se le exige ser exitoso, siempre. Cuando falla, estamos listos para regresarlo a su lugar, de donde nunca debió haber salido.

Si, además, se atreve a aprovechar las ventajas que le da su nueva posición social, el resentimiento es aún mayor. Los mexicanos somos un pueblo festivo, nos gusta emborracharnos, celebramos a nuestros amigos cuando son mujeriegos o aguantan muchos tequilas. Pero si es un futbolista, entonces es un pecado. ¿Cómo se atreve a ser como los demás, cuando tiene el privilegio de ser distinto?

Es peor si el jugador es nuestro pero parece más hijo de conquistadores que descendiente de la Malinche. Atreverse a ser blanco en un mundo de morenos es pecado capital. Muchas veces Gerardo Mascareño ha hablado del bullying que se hacía a los jugadores “güeritos” en los entrenamientos. Y con el aficionado aún sucede algo similar. Hemos sido sometidos por los conquistadores tanto tiempo que tenemos que encontrar la manera de sacar el resentimiento en alguna parte.

Con los extranjeros es distinto. Si son buenos, entonces se convierten en esos dioses barbados que llegaron a Aztlán. Pero si no lo son tanto, entonces vienen “a robar”, a chingarse el lugar que, por merecimiento, se merece un mexicano, sin importar si, en realidad, su actitud es profesional y se entrega por los colores más o menos que el nuestro.

El problema es que juzgar desde el resentimiento nos impide hacer una evaluación racional, que sea provechosa a largo plazo. El futbol mexicano tiene muchos problemas, pero su solución se hace difícil cuando lo que preferimos es juzgar con la víscera. Cuando se trata de criticar, en cualquiera de los casos, lo hacemos con saña, con gusto. “Bulto”, “tronco”, “mediocre”, “petardo”, “huevón”, “diva”, “borracho”, “vendido”. Ante la menor dificultad, procedemos a la descalificación, y no al análisis. El ídolo de hace una hora se vuelve en el villano del momento. El profesional en el flojo. El honesto en el ladrón.

Antes del Mundial 2010, el Chicharito era un títere de Bimbo. Después, era el ídolo que México esperaba. Luego, cuando no anotó por un rato con la selección, era un “petardo”. Ahora es el único mexicano que siente los colores. Al terminar el Mundial Sub-17, el público pedía a Giovani y Vela en la mayor, porque “ellos sí eran triunfadores”. Tras no establecerse en Europa, se convirtieron en “borrachos y divas”. Ahora, como el Tri está mal, Carlos debe volver, pero si lo hace, y falla un gol, “debió haberse quedado en España”. Memo Ochoa es un “inflado” por Televisa, pero Cuauhtémoc Blanco nunca lo fue, aunque sus actitudes fuera de la cancha hayan sido diametralmente distintas.

Y así seguimos, hasta el infinito. Nuestro enorme potencial como país (no sólo en el futbol) desaprovechado por nuestras inquinas, nuestras ganas de chingarnos, como nos han chingado tantos, todo el tiempo. ¿No les sorprende que México no tenga un solo ídolo histórico en el futbol? Y no podemos salir con que no hayan sido suficientemente buenos. En El Salvador añoran al “Mágico” González. En Nigeria idolatran a Jay Jay Okocha. En Ucrania, lo que dice Andriy Shevchenko es ley.

Los que nosotros tenemos no son suficientes. Hugo Sánchez es un “ególatra, un inflado”, Jorge Campos “no era tan bueno”, a Rafa Márquez “arrogante, y además no era del pueblo”, Cuauhtémoc “no triunfó en Europa”. Tendrían que ser perfectos, no ser hijos de la Malinche ni conquistadores. Y si no lo son, a la chingada. Y mientras, seguimos esperando al regreso de Quetzalcoatl, pero en lo que vuelve, seguimos sentaditos, instalados en el chingado laberinto de la soledad.

Disculparán el uso del verbo “chingar”, traté de hacerlo a la manera de Octavio Paz, sin afán alguno de insultar. Y sé que este tema puede causar polémica, así que les ruego que sus comentarios sean con educación. Como siempre, pueden hacerlos en el mail de arriba, la sección de abajo o en www.twitter.com/martindelp.

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