El 'amor a la camiseta' y otros mitos

Pese a que son 11 desconocidos los que están en la cancha, todos los que queremos a un club ganamos y todos perdemos

Como casi ninguna otra actividad en el mundo, el futbol se rige por los sentimientos. Pese a que son 11 desconocidos los que están en la cancha, todos los que queremos a un club ganamos y todos perdemos. Los equipos son una extensión de nosotros mismos, al punto que puede deprimirnos más la derrota de la selección en un Mundial a un fracaso laboral o sentimental. En un fenómeno que debe ser único en el mundo, prácticamente todos aquellos involucrados en el futbol lo hacen por pasión. Los aficionados, por obvias razones. Los futbolistas, porque lograron llegar a hacer lo que soñaron desde niños, los directivos porque encontraron un trabajo en un club donde podían hacer lo que les apasionaba, y los dueños, porque les gustaba el juego, tenían dinero y lograron satisfacer un capricho. Por supuesto, todo esto tiene un lado positivo. ¿Qué más se puede pedir que estar en una industria donde todo el mundo hace lo que siempre ha soñado? Sin embargo, la pasión desmedida tiene también un lado oscuro, y es que cuando el sentimiento nubla la razón, se toman decisiones equivocadas, y los resultados en muchas ocasiones reflejan esa falta de claridad. Tomemos, por ejemplo, el caso de Alberto García Aspe en Pumas. Cuando llegó Jorge Borja, un universitario de toda la vida, al equipo auriazul, quiso buscar un personaje famoso, que sintiera los colores del equipo, para ser la cara de la nueva directiva. Contrató así al “Beto”, que lo ganó todo con el club como jugador. Al mismo tiempo, la decisión fue rechazada por una buena parte de la afición, que reclamaba que, por su tiempo en Televisa, el ex seleccionado tenía más puesta la camiseta de la televisora que la universitaria. El problema es que, en esa diferencia de percepciones, a todo el mundo le pasó desapercibido el verdadero parámetro por el que se debe contratar a un profesional: la capacidad. García Aspe no tenía experiencia alguna en un puesto directivo. En su tiempo de comentarista, se enfocó esencialmente en aspectos tácticos y de cancha, jamás en análisis económicos o de personal. Si lo comparamos, por ejemplo, con Ricardo Peláez, que había pasado un largo tiempo en la Dirección de Selecciones Nacionales, no debería sorprendernos la diferencia en los resultados de ambos equipos, pese a que el ex delantero estuviera mucho más identificado con Necaxa que con América. En realidad, el amor a la camiseta vale bastante poco a la hora de evaluar rendimientos de futbolistas, técnicos y directivos. Por cada Riquelme o Verón hay muchísimos ejemplos de iconos que vuelven a sus amados equipos y fracasan rotundamente. Un ejemplo perfecto es Benjamín Galindo. Como jugador, fue de lo mejor en la historia de Chivas. Como técnico, bastante medianito. Fue campeón con Santos, pero tenía uno de los mejores planteles del país. Antes, había tenido resultados más bien discretos en todos los equipos que dirigió. ¿Podía tener éxito con Chivas? Quizá. ¿Era lógico suponerlo? No realmente. ¿Influía en algo que fuera ídolo? No. En general, toda la idea del amor a la camiseta es bastante más mito que realidad. Siempre se dice que antes los jugadores la sentían más, y por eso no cambiaban de equipo. En realidad, la explicación bien puede ser la opuesta. En mundo de hace unos años era bastante inmóvil, poca gente se movía de sus ciudades o cambiaba de trabajo. Si uno conseguía un buen “hueso”, no valía la pena moverse, porque la estabilidad era un valor. En la actualidad, las barreras han caído. Casi nadie pasa toda su vida en una empresa, y cada vez más profesionales saltan de una ciudad a otra, o un país a otro para buscarse la vida. ¿Por qué el futbol iba a ser diferente? Como dije al empezar la columna, el futbol es pasión. “Nosotros” siempre seremos mejores que “ellos”, y si mis ídolos, los directivos de mi club o hasta los periodistas sienten lo mismo, entonces mi esfuerzo como fan no habrá sido en vano. Es una postura lógica y comprensible, pero con la que hay que tener cuidado. Muchas veces, al cegarnos por esos colores, perdemos perspectiva sobre lo que es realmente importante: la capacidad y el talento. A final de cuentas, en otros deportes y ámbitos de la vida no importa qué camiseta nos pongamos, siempre que lo hayamos hecho bien. Por ello, los aficionados de Pumas deben sentirse contentos con la llegada de Mario Trejo, quien ya tuviera resultados en la administración, y los de Chivas, en lugar de pedir a un ex jugador, deberán presionar a Vergara para que contrate a un buen técnico, sin importar de dónde venga. A final de cuentas, ambos pueden tomar como referencia a su archirrival, el América, que sólo pudo recuperar su grandeza hasta que se deshizo de la camarilla de ex jugadores que se repartían los puestos y confió en un técnico que no tenía ni remotamente un pasado azulcrema. Como siempre, los invito a comentar en el mail de arriba, la sección de abajo o en www.twitter.com/martindelp.

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