Odiamos, cuando nos conviene...

Cada vez que algo no sale a nuestro favor, entonces es un desastre, pero si de pronto las circunstancias cambian y lo que más odiamos termina por favorecernos entonces se nos olvida el odio

Hace unos cuantos días tuve el inmenso honor de conducir la transmisión de tv de la alfombra roja del Balón de Oro para FIFA.com. Aunque ya me había tocado asistir a varias de estas ceremonias, es la primera vez que la viví tan de cerca, y me resultó muy impactante el excelente trabajo de organización para llevar a cabo un evento de ese tamaño y la importancia que los involucrados le imprimen a su participación.

Al final, como todos sabemos, ganó Cristiano y sus lágrimas fueron una de las grandes imágenes que dieron la vuelta al mundo. Al día siguiente, la prensa de Madrid anunció su triunfo con bombos y platillos y la de Barcelona lo minimizó. El año pasado había sido al revés, como Messi había ganado, el Balón de Oro era el premio más importante del mundo en Cataluña y un galardón de pacotilla en la capital española.

Supongo que es parte de la naturaleza humana, pero a mí me cansa bastante. Cada vez que algo no sale a nuestro favor, entonces es un desastre, pero si de pronto las circunstancias cambian y lo que más odiamos termina por favorecernos entonces se nos olvida el odio y no tenemos más que alabanzas. Pasa en la vida en general, pero en el futbol se exacerba hasta un punto ridículo.

¿Ejemplos? Los que quieran. Empecemos con el "Piojo" Herrera. Antes de llegar al América, declaró varias veces que los árbitros favorecían al equipo de Coapa. Después, al llegar a las Águilas y con las victorias, la perspectiva cambió... hasta la final, cuando hizo el berrinche que todos conocemos. Por supuesto, no se trata de señalarlo a él solamente. Lo elegí por ser un ejemplo fácil, pero hay millones.

En el periodismo, ni se diga. Todos somos muy críticos hasta que nuestra empresa se involucra con un equipo o con una marca. Entonces el mundo cambia. Lo que era color negro ahora se vuelve rosa. Esos "ladrones que tanto daño le hacían al futbol" ahora son "empresarios decididos, listos para que nuestro país de el paso adelante". La multipropiedad, "completamente inaceptable" se vuelve "un mal necesario" cuando estamos en una empresa y, si nos vamos, vuelve a ser "una vergüenza".

Como dije antes, es parte de la naturaleza humana, todos caemos en ello y me parece inevitable hasta cierto punto. Uno no va a ser tan tonto como para morder la mano que le da de comer, sobre todo si no tiene otras alternativas, pero creo que la mejor manera de evitarlo es no llegar a ello en primer lugar.

Para hacerlo, el paso inicial es evitar la crítica fácil. Hay quien vive envuelto en la polémica y ha hecho una fortuna tirándole a todo lo que se mueva. Y son precisamente ellos los primeros en caer. Y esos ataques se fundan, sobre todo, en la ignorancia. Muchos de quienes pregonaban contra el Balón de Oro ni siquiera tenían idea de cómo era el sistema de votación; pensaban que "la FIFA elegía" y no los capitanes, los técnicos y los periodistas. Cuando la selección era un desastre en 2013, los golpes caían por igual en Justino Compeán que en Decio de María, sin saber que este último llevaba dos años sin involucrarse en los asuntos del Tri.

En el mundo de internet y las redes sociales, todo queda grabado, y alguien con un poco de tiempo y ganas de exponer, puede ponernos en ridículo por opiniones del pasado. Por eso creo que hay que ser mucho más mesurado y tratar de informarnos lo más posible antes de sacar la guadaña. Y una vez que lo hacemos, ser fuertes y aguantar las consecuencias, en caso de que, de pronto, las circunstancias cambien.

Además, hay que tener cuidado a la hora de ponernos una camiseta, sobre todo en estos tiempos de tanta movilidad laboral. A final de cuentas, sólo es una camiseta, aunque sea de la empresa que nos da de comer o el club al que apoyamos. Nosotros seguimos siendo nosotros mismos, más allá de a quién representemos. Por supuesto, no se trata de ir en contra de sus intereses, ni mucho menos, pero tampoco ser más papistas que el papa y arriesgar nuestro propio pellejo por los valores de alguien que seguirán siendo los mismos seamos nosotros sus paladines o no.

Y, por último, en el peor de los casos, no está mal aceptar nuestros errores. Se ve mucho mejor reconocer que uno se equivocó en el juicio a que, de pronto, y por motivos claramente de interés, hacer nuestra la doctrina del gran Groucho Marx: "Estos son mis principios pero, si no le gustan, puedo cambiarlos".

Como siempre, los invito a opinar en el mail de arriba, la sección de abajo o en www.twitter.com/martindelp.

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