#TodosSomosAyotzinapa

Para un espectáculo que suele estar encerrado en su propia burbuja, no es poca cosa, pero hace falta más.

No fue aún lo que podría ser, pero fue un paso en la dirección correcta. Los cánticos de “justicia, justicia” que se escucharon ayer en el Estadio México 68 significaron el primer esfuerzo colectivo dentro del futbol mexicano para manifestarse sobre los sucesos que tienen de cabeza a nuestro país.

Para un espectáculo que suele estar encerrado en su propia burbuja, no es poca cosa, pero hace falta más.

En otros países, la relación entre el futbol y la realidad social es cosa de todos los días. Para bien y para mal. No hace falta ir más lejos que a Barcelona dondem en el pasado, las tribunas del estadio significaron el único lugar de protesta contra una dictadura sangrienta y donde, en el presente, existe una simbiosis importante entre el club más importante de la ciudad y el movimiento independentista catalán.

No es, por supuesto, el único ejemplo. En Egipto, los fanáticos del Al Ahly y Zamalek fueron fundamentales para la famosa Primavera de hace un par de años. En Irán, varios seleccionados fueron suspendidos por portar unas pulseras en favor de la democracia. En la antigua Yugoslavia, los aficionados de los clubes más importantes fueron la base de las milicias que terminaron peleando en la guerra civil de principios de los noventa, y en Italia tanto la extrema derecha como la extrema izquierda están representadas en los estadios de la Serie A.

En México, el futbol ha estado conspicuamente ausente de los grandes acontecimientos sociales. No hubo mayor manifestación en 68, ni tampoco en el terremoto de 85. Nadie hizo referencia a las elecciones de 88 ni tampoco a la crisis de 93. Si acaso, cuando hay un huracán o una catástrofe natural, algún club –normalmente el Pachuca- hace una colecta para apoyar a los damnificados. Más que eso, nada.

Por eso digo que es un paso adelante lo sucedido en CU. Como también lo fueron los gritos y las mantas en el Holanda-México y los tweets de Javier Hernández, Rafa Márquez, Cuauhtémoc Blanco y Diego de Buen, en un principio, y Miguel Herrera algunos días más tarde. Pero resulta inconcebible que sólo un puñado de jugadores y algunos aficionados levanten la voz. Miles de personas han muerto en nuestro país en años recientes. Más allá de quiénes sean los culpables, el futbol no puede permanecer ajeno a lo que sucede a su alrededor.

Y no puede, además, porque ha resultado directamente afectado. No hay que olvidar que en la masacre de Ayotzinapa murió también un futbolista de un club profesional mexicano y el chofer del autobús que transportaba a su equipo. Estaban en el lugar equivocado en el momento equivocado y así, de la nada, sin venir a cuento, las balas terminaron con sus vidas, como lo han hecho con tantos otros mexicanos en el último lustro.

Porque ha sido damnificado, y porque no puede permanecer ajeno, el futbol tiene que manifestarse. La Federación no puede permanecer impasible ante los acontecimientos. Tampoco los directivos, ni los jugadores ni los aficionados. Mucho menos los periodistas.

Estoy consciente que no todo el mundo comparte la misma ideología, y que los culpables para unos son los inocentes para otros. Pero esto va mucho más allá de posturas políticas. Decenas de miles de compatriotas han muerto y, por lo menos, por decencia elemental, tendríamos que ser capaces de levantar la voz. Quizá nadie nos escuche, pero por lo menos intentaríamos hacer una diferencia.

Es posible, además, conseguirlo. A veces se nos olvida, pero el futbol es el fenómeno social más importante en el mundo y también en nuestro país. No hay nada que atraiga la atención de tantas personas al mismo tiempo, y en lo que la gente ocupe tanto tiempo discutiendo. Millones y millones de aficionados –y no tan aficionados- están expuestos a lo que sucede en las canchas de México. Los mismos a los que la violencia ha tocado o acaricia de cerca.

Ayotzinapa no es solamente sobre los 43 desaparecidos. Es, sobre todo, el foco de alerta de que nuestro país está en una crisis humanitaria gravísima, que nos amenaza de mucho más cerca de lo que pensamos. Si nosotros mismos no intentamos cambiar nuestro presente, difícilmente otros lo harán. Solidaricémonos entonces con quienes claman justicia y hagamos escuchar nuestra voz.

Ayer, en Ciudad Universitaria, incluso las televisoras comentaron los gritos y las mantas en las tribunas. Sigamos por ese camino y cada quien desde nuestro espacio, manifestemos que las cosas no van por el camino correcto. Porque quizá no todos fuimos afectados directamente por lo que sucedió en Ayotzinapa, pero cuando decimos #todossomosAyotzinapa no lo hacemos sólo por los 43 desaparecidos, sino cada vida segada, por cada amigo o familiar perdido y por cada gota de sangre regada sin sentido.

Como siempre, los invito a comentar en el mail de arriba, la sección de abajo o en www.twitter.com/martindelp. Por favor, háganlo con respeto.

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