Estados Unidos

"Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos". Esta famosa frase, atribuida a Porfirio Díaz, detalla nuestra relación con el vecino del norte y nuestra visión de la relación misma.

"Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos". Esta famosa frase, atribuida a Porfirio Díaz, detalla con cierta precisión nuestra relación con el vecino del norte y nuestra visión de la relación misma.

Estados Unidos es un poco todo lo que hubiéramos querido ser. Es la superpotencia, el país a donde van nuestros compatriotas que buscan un futuro mejor. El habitual ejemplo a seguir, para bien y para mal. El país donde las instituciones más o menos funcionan, y el bully cuyas autoridades nos maltratan como nuestras autoridades maltratan a los vecinos de Centroamérica.

Los mexicanos vivimos una relación de amor-odio con Estados Unidos tal como la vive el hermano menor al que le tocó salirse de la secundaria para trabajar mientras el primogénito se graduó con honores de la universidad -haciendo trampa además-. No lo perdonamos, pero soñamos con estar en su posición.

Solo hay un lugar, uno, el único, en el que lo hemos mirado siempre desde arriba. En el fútbol, México toda la vida ha sido mejor. Por supuesto, a nosotros nos importaba más, pero cuando se trataba de nuestra pasión nacional, el orgullo estaba intacto. Había algo por lo que el hermano golpeado podía reírse en la cara del primogénito abusador.

De pronto, a los gringos les empezó a interesar el futbol. Cuando uno pasa frente a un bar en una ciudad estadounidense, ya no es inhabitual ver un partido en la televisión. La gente sabe quiénes son Messi y Ronaldo. Aaron Rodgers comparte portadas de Sports Illustrated con Abby Wambach y nadie se inmuta.

Sin ser una pasión real, el balompié se ha vuelto parte del tejido deportivo del vecino del norte.

Por supuesto, y como consecuencia, el nivel local mejoró. Pero no nos engañemos. Los enanos no crecen tan rápido. Pese a lo que nos insisten los periodistas agoreros y los aficionados catastrofistas, lo cierto es que, si se analiza fríamente, México sigue siendo el hermano mayor en la relación futbolística.

En los últimos veinte años hemos ganado una Confederaciones, una medalla de oro olímpica y dos Mundiales Sub-17. ¿Ellos? Nada. Nuestros clubes han ganado diez veces seguidas la Concachampions.

¿Los de la MLS? Cero. Tenemos ocho jugadores en la Champions League, por un estadounidense, que ni siquiera es titular. Hemos tenido cuatro futbolistas entre el Barcelona y el Real Madrid en la última década. Las únicas veces que Donovan y compañía han pisado el Bernabéu o el Camp Nou fue cuando compraron boleto para las tribunas.

¿Por qué nuestra selección sufre tanto contra la suya entonces? ¿Por qué no les ganamos cuando la lógica indica que deberíamos pasarles por encima? ¿Por qué les hemos dado armas para burlarse de nosotros después de cada dos-cero en contra?

Porque no sólo son los 11 jugadores verdes los que saltan a la cancha en cada partido, sino los complejos colectivos de siglos de bullying en contra. Porque nuestros futbolistas saben que ese es el único partido que no pueden perder. Porque una derrota contra Estados Unidos deja ese dolor sordo entre el pecho y la garganta, que cuesta tanto quitarse de encima.

Si a los tricolores se les quitara la camiseta verde y se les pusiera, no sé, una celeste, no habría ni siquiera sombra de duda sobre el resultado. La calidad suele ganar nueve veces sobre diez, pero la carga sobre nuestros hombros parece ser tan pesada que desafía las estadísticas.

Lo que espero del partido de hoy es que Rafa, Layún, Herrera y Chicharito vean al equipo rival como lo que realmente es, una colección de veteranos en declive y jóvenes de escaso nivel. Este es el peor equipo estadounidense de los últimos tiempos, con tan poco talento que la ausencia de un jugador como Alejandro Bedoya ha sido tomada como una especie de catástrofe por sus periodistas.

No se trata de subestimarlos. Al contrario, los hemos sobrestimado tanto tiempo, nos han temblado tanto las piernas, que es el momento de sacarse la venda y verlos por lo que son, un equipo que, hombre a hombre, es infinitamente inferior al nuestro.

Si así sucede, vamos a ganar caminando. De otro modo, seguiremos sufriendo humillaciones innecesarias, porque son nuestros complejos los que nos las propinan, no nuestra falta de capacidad.

Como siempre, los invito a opinar en el mail de arriba, la sección de abajo o en www.twitter.com/martindelp.

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