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oguzman

El Cóndor pasa... y se queda

Martes 4 de Diciembre del 2012



Es triste, impactante y reflexivo. Un hombre joven que tiene que partir. La estrella que se va. El que ganó casi todo en una cancha pero que seguramente estará más orgulloso de lo que consiguió fuera de ella.

Lo recuerdo a su llegada a la Capital Hidalguense, impactante pero amable, imponente pero sonriente. Llegó al equipo que desestabilizaba al futbol mexicano porque a pesar de ser cuna de este deporte apenas se consolidaba en el máximo circuito y festejaba su primer Campeonato. Miguel Calero llegó para ser clave y motor del Pachuca que revolucionó a México.

Apenas unos meses después de su llegada, sufría junto con el resto del equipo un golpe difícil de superar: Pablo Hernán Gómez paralizaba tras su trágica e inesperada muerte. Esas horas de incertidumbre por el fallecimiento del joven y hábil delantero argentino amalgamaron quizás más a Miguel con su nuevo hogar. Ese choque en el auto, cuando Pablo Hernán regresaba de visitar a su cuñado Ariel González dejaba a su esposa viuda, a sus hijos huérfanos y a los Tuzos sin el alegre cascabel que rompía trazos en el campo y carcajadas en el vestuario.

La tragedia marcó los primeros meses de Calero en México –y eso para un hombre tan sensible y sincero, creo lo unió de por vida con su nueva gente-.

Miguel Calero, brilló entre los mejores porteros extranjeros que han llegado al balompié azteca; por los reflejos felinos, por la presencia y técnica desbordante, por el espectáculo que provocaba, por la conexión con la afición que desquiciaba, y desde luego, por los logros deportivos que cosechó (4 ligas, 4 Copas de la CONCACAF y el primer título para un club mexicano en el Cono Sur).

Alguna vez Oscar Córdoba me dijo que Miguel era un superdotado. Él que fue el titular en los Mundiales con su Selección que se deshacía en elogios ante su competidor y amigo en el arco.  De lo que ví  –como reportero- y lo que oí por los de cerca convivieron, Calero fue mucho más que eso.

Miguel retrasó su retiro porque no se quería ir. Nunca se quiso ir. Fue un arquero longevo y brillante; profesional y ejemplar, pero lo más valioso de su figura no sale en las fotos de festejo o en las impactantes atajadas voladoras. En Miguel lo verdaderamente trascendente no era lo que muchos buscan en el futbol.

¿Quién no quisiera ser tan ganador y legendario en las salas de trofeos como este futbolista colombiano, arquero de época? Pero seguro estoy de que él siempre supo afrontar su mejor partido afuera del terreno de juego.  Lo que lo hizo irrepetible no fue el penal. Fue el amor con que vivió. Miguel Calero fue grande bajo los tres palos el domingo, pero inigualable de lunes a sábado. En la calle, en la casa y en el vestuario. Por eso, debemos sentirnos afortunados de haber visto a este “Cóndor” pasar por México, aunque con su permiso, aquí -en el corazón- nosotros nos lo quedamos.

Nota: Las columnas que se presentan en la sección Editorial de mediotiempo.com, son responsabilidad única de sus autores y no reflejan necesariamente la opinión periodística de Medio Tiempo.

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