Fidelidad a conveniencia

Dos de las aficiones más nutridas y apegadas en nuestro país viven la semana soñada -y no se cambian por nadie.
Dos de las aficiones más nutridas y apegadas en nuestro país viven la semana soñada -y no se cambian por nadie. 
 
Americanistas y Cruzazulinos disfrutan lo que esperaron durante mucho tiempo. Un clásico (porque no cabe ninguna duda en que el Clásico Joven existe y es de verdad) de 180 minutos que llega para definir un Campeonato de Liga. Como antaño, como cuando nació esta rivalidad hace 4 décadas y se reforzó hace 24 años. Reviviendo bromas pesadas, motes y apuestas exuberantes entre los seguidores de Coapa y de la Noria.
 
Prohibido no ser Campeón. Tanto Águilas como Cementeros saben que esta cita con la historia no es una final cualquiera. 
Un reconocimiento desde ahora –y antes de saber quién ganará y quién perderá- a los dos equipos que por lo bien que han jugado llegan a esta fecha sin pretextos ni fantasmas. Nadie les regaló nada. Ambos, cuentan con jugadores de alta calidad y enorme motivación. Futbolistas diferentes y goleadores, arqueros que saben disfrazarse de héroes y defensas sólidos de corte internacional.  Entrenadores jóvenes, inteligentes, estudiosos y “derechos”, con estilo propio.  La mesa está puesta y sólo queda ahora disfrutar del gran platillo. 
 
Pero ojo, el mayor reconocimiento se lo quiero dar a otros personajes que no aparecen en la foto. Los indispensables. Los que hacen del futbol profesional un fenómeno social, una industria multimillonaria. Los que convierten lo lúdico en serio. 
 
El mayor reconocimiento para las aficiones tanto del Cruz Azul como del América. Las que han aguantado años sin ver salir Campeón a su equipo. Las que refuerzan cada semana la grandeza de estas dos instituciones. Las que llenan los estadios.  Las que ríen y lloran. Las que colman las calles con banderas y provocan esa especial adrenalina antes y después de los partidos.
 
Las incapaces de irse de fiesta tras una derrota.  Las fieles aficiones que nunca cambiarían de bando ni por todo el oro del mundo, ni por el mejor negocio, ni por otra conveniencia. Porque son aficiones de verdad, unidas para siempre con sus colores por decisión propia y amor sincero.
 
Pero no todo en nuestro querido futbol resulta tan armonioso, leal y bien correspondido.
 
Hoy, la necedad de aferrarse a un capricho provoca una injusticia deportiva y una infidelidad afectiva.
 
Los Jaguares desaparecieron. Así nomás. Un equipo que nació por el supuesto interés social de darle una alegría al pueblo chiapaneco, ya hoy no existe más.
 
El Querétaro, que no pudo mantenerse en la Primera División entre otras cosas porque no invirtió el dinero suficiente para contratar jugadores de nivel, prefiere gastárselo hoy comprando otra franquicia para entonces seguirle con el “jueguito”.
 
Pero no voy a ahondar en el equipo queretano, que al fin y al cabo –y de pilón- actuó con el reglamento en la mano. Me quiero referir a la manera alevosa, convenenciera y cruel con la que se sigue tratando a los aficionados en nuestro balompié.
 
Primero, los chiapanecos se “soplaron” las campañas vendedoras para acercarse a su equipo, para identificar sus colores y para sentir “muy suyo” al cuadro que cada 15 días se presentaría en la cancha. Ese equipo que recuerdo muy bien, venía de otra metamorfosis, encontró una fiel respuesta de la nueva afición futbolera en la capital chiapaneca.
 
Terminando el Invierno 2001, los Freseros del Irapuato recibieron la noticia que se transformarían en Tiburones Rojos del Veracruz para Verano 2002 ya que los verdaderos Tiburones seguían en la entonces Primera A. Decisiones empresariales que dejaron a los seguidores de la Trinca vestidos y alborotados. Sólo que terminando el Verano 2002, los verdaderos Tiburones Rojos lograron el ascenso al vencer al León en la Promoción y entonces como no podían tener 2 Tiburones en el mismo estadio y en la misma división decidieron darle vida a los Jaguares de Chiapas, equipo nuevo que fue bien recibido por la amable y futbolera afición de Tuxlta Gutiérrez. Hoy, 11 años después les cae a ellos la guillotina porque los que eran sus dueños prefirieron vender al equipo dando fin a la mentirosa fidelidad por sus colores.
 
Bueno, todas estas triquiñuelas que a veces se dan para satisfacer ambiciones de negocio o de política resultan ya comunes en nuestra Liga. A nadie espantan. Aunque a mí me siguen entristeciendo de verdad porque agrede y sangra los valores de este deporte y su responsabilidad social.
 
Mi reconocimiento a la gente que se entrega fiel a su equipo. Suerte a Cementeros y Águilas, y ánimo a los dolidos seguidores Jaguares. Tuxtla (una ciudad de por sí muy cruzazulina por las instalaciones cementeras en esa región) deberá buscar (o regresar)  a otros para entregar su corazón.  Ojalá que nunca dejen de creer en el futbol, que a fin de cuentas lo único verdadero es lo que sucede en la cancha.
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