DESCUBRE QUE PASÓ EN 1978 EN LA SEMIFINAL CRUZ AZUL-TIGRES (1a y 2a PARTE)

El futbol como la vida misma tiene historias que contar, experiencias que recordar y momentos que añorar. Por esta razón, a partir de hoy, da inicio “Archivo Futbol”, un viaje por los sucesos más...

Mauricio Cabrera | MEDIO TIEMPO3 de diciembre de 2003

El futbol como la vida misma tiene historias que contar, experiencias que recordar y momentos que añorar. Por esta razón, a partir de hoy, da inicio “Archivo Futbol”, un viaje por los sucesos más apasionantes del balompié nacional e internacional, una remembranza de los acontecimientos que se han perpetuado en los anales de la memoria futbolística  y que han colaborado en el engrandecimiento del futbol, el deporte más hermoso del mundo.

La primera entrega de “Archivo Futbol” realiza un viaje a la semifinal entre la máquina celeste de Cruz Azul y los Tigres de la Universidad Autónoma de Nuevo León, uno de los antecedentes más importantes en cuanto a los enfrentamientos entre ambas instituciones. Esperamos que sea de su agrado.

17 de mayo de 1978Estadio Azteca

Treinta y cinco mil aficionados se hacen presentes en el estadio para ser testigos del encuentro entre la máquina de Cruz Azul y los Tigres de la U. de N. L; la expectativa creada es grande y la lucha por llegar a la cúspide del torneo mexicano es a muerte. La anterior, podría parecer información propia de nuestros días sin embargo, hace referencia a la apasionante serie semifinal disputada por estas dos entidades hace poco más de 20 años, cuando el calendario marcaba el 17 de mayo de 1978.

La máquina celeste dirigida, en ese entonces, por el gran “Nacho" Trelles venía de eliminar en los cuartos de final al Toluca. Conscientes de la necesidad de obtener una ventaja significativa en su encuentro como local, el experimentado estratega envió al terreno de juego al legendario Miguel “Gato” Marín; Malo, “Kalimán” Guzmán, Cornero y Mora, en la defensa; Carlos Jara Saguier, Fernando Bustos y Toribio, en el mediocampo y  Montoya, Horacio y Gómez en el ataque. Los Tigres, dirigidos por el polémico técnico uruguayo Carlos “Tanque” Miloc, salieron a la cancha con un sistema defensivo que incluía a Mateo Bravo, en la portería; Carrillo, Osvaldo Batocletti, Ramos e Izquierdo, en la retaguardia; García, el uruguayo Walter Mantegazza, Gadea y Orduña, en la media y el “Jefe” Tomás Boy junto con Gerónimo Barbadillo en el ataque.

El cotejo, durante la primera mitad, fue dominado plenamente por la máquina, que buscaba de manera desesperada la fórmula mágica que abriera la barrera defensiva formada por los elementos amarillos. A los treinta y tres minutos, la presión ejercida por los celestes se vio recompensada con la anotación de Fernando Bustos, quien aprovecho un pase de Horacio para prender el balón y ponerlo en rincón inferior izquierdo de la portería defendida por Mateo Bravo. Al minuto 40, el mismo autor del gol tuvo que ser sustituido por Caballero, ya que a la hora de realizar el disparo de la anotación sufrió una distensión muscular en la parte posterior del muslo izquierda, situación que terminaría por mermar el funcionamiento de los pupilos de Don “Nacho”. Como dato curioso, Jesús Mercado, árbitro en turno, expulsó a Carlos Miloc desde el minuto veintisiete, cuando el estratega charrúa empezó a gritar de manera airada desde la banca. No cabe duda, “Genio y figura hasta la sepultura”

La parte complementaria cambió de rumbo; el equipo azul no pudo sobreponerse a la lesión de Bustos y sucumbieron ante la férrea marcación de los zagueros universitarios. En los minutos finales, los regios estuvieron a un paso de lograr el tanto de la igualada, cuando Roberto Gadea, a pasa de Orduña, disparó y estrelló el esférico en el poste.  Llegó el silbatazo final y, junto con él, se sembró la duda de los aficionados cooperativistas, quienes sabían que ir al estadio Universitario con la mínima ventaja no era garantía de nada. Todo se decidiría en el partido de vuelta.

20 de mayo de 1978Estadio Universitario

El estadio Universitario daba la bienvenida a más de cincuenta mil aficionados que abarrotaron las tribunas, sin importar el aumento al doscientos por ciento de los boletos. El apoyo hacia los tigres era incesante, el deseo de llegar a la antesala del título era más que evidente en cada uno de los rostros que se encontraban en dicho recinto. Cabe aclarar que en caso de empate en el marcador global se irían a tiempos extra, al contrario de lo que sucede en la actualidad.

En esta ocasión, los papeles se invirtieron: los universitarios eran los obligados a ir al ataque; mientras que los cementeros tenían la firme convicción de salir a defender a muerte la ventaja que, a pesar de ser de mínima, podía significar su ticket de entrada a la final del futbol mexicano. La serenidad y orden del aparato defensivo de la máquina tendría que pasar una dura prueba contra los artilleros universitarios y contra la inclemente presión que el público iba a ejercer desde la tribuna.

El timonel de la escuadra local, Carlos Miloc, mandó  al terreno de juego a Mateo Bravo; García, Batocletti, Ruiz e Izquierdo, en el último sector; Herrera Boy y Gadea, en la zona de creatividad; el peruano Gerónimo Barbadillo,  Walter Mantegazza y Orduña, en la definición. El cuadro capitalino, por su parte, dispuso de un sistema precavido y conservador que incluía al “Gato” Marín; López, Malo, el “Kalimán" Guzmán, Cornero y Mora; Jara Saguier, Tapia y Toribio; Montoya, Horacio López y Gómez.

La parte inicial resultó definitiva en el rumbo que tomaría la eliminatoria. Desde los primeros sesenta segundos de juego, los Tigres se hicieron presentes en el área rival, por medio de Gerónimo Barbadillo, quien realizo un excelente disparo que se estrelló en el palo derecho del arco defendido por el “Gato”. Era tan sólo un pequeño aviso de la avalancha que iba a caer sobre la institución cementera. Al minuto dieciocho, una impecable jugada de Gerónimo, quebrándole la cintura a tres de sus rivales, derivó en un centro preciso a la cabeza de Mantegazza, que, con un remate certero, incrustó la pelota a la diestra de Marín. El tiempo pasaba y todo hacia indicar que el primer tiempo iba a culminar con empate en el marcador global. Sin embargo, cuando corría el minuto cuarenta y tres, el “Kalimán” le cometió una falta más que evidente a Walter Mantegazza en su propia área, originando la marcación de Alfonso González Archundía, juez central del encuentro. El encargado de cobrar la pena máxima no podía ser otro que el “Jefe” Tomás Boy, que venció a Miguel Marín con un disparo fuerte y a la izquierda. La fiesta en el Universitario no se hizo esperar; el Cruz Azul tuvo que irse al vestidor con el duro golpe anímico que significa el que te marquen un gol cuando todo se encuentra listo para los quince minutos de descanso.”Nacho” Trelles tendría que recurrir a los vastos conocimientos técnicos para resucitar a sus dirigidos; de lo contrario, se irían de vacaciones anticipadas.

 La parte complementaria inicio, el público se temía una presión agobiante de los cementeros, equipo urgido de una anotación. Lamentablemente, para la causa azul, está reacción nunca llegó, las variantes estratégicas ordenadas por el experimentado entrenador azteca no dieron resultado y la tónica del encuentro siguió siendo la misma; A tan sólo nueve minutos de haber reiniciado las hostilidades, Walter Mantegazza, aprovechando un largo despeje de Batocletti, quedó sólo frente a Marín, lo burló y remató lentamente, acrecentando la desilusión de los aficionados al Cruz Azul que vieron con tristeza el momento en que el balón rebasaba la línea de gol, poniéndole punto final a las esperanzas de los cooperativistas y firmando su sentencia de muerte. El tiempo restante fue el eterno contraste del futbol: un equipo victorioso y con la sonrisa reflejada en el rostro y una escuadra vencida y sumisa, con gestos pesimistas y cabizbajos. Es así como los felinos obtuvieron su pase a la final ante los Pumas de la Universidad Nacional Autónoma de México, pero esa es otra historia.

“Ellos pensaron que tenían a un gigante enfrente y la verdad es que era cierto, porque pudimos anotar un par de goles más”(Carlos Miloc, con su ya tan conocida “modestia”.)[mt]

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