Ecuador 1993, a un paso de la gloria

Antecedentes
Antecedentes
 Antecedentes

Mauricio Cabrera | MEDIOTIEMPO2 de julio de 2004

Antecedentes

Largas negociaciones y años de espera dieron resultado. Las pláticas iniciadas por Francisco Ibarra y Emilio Maurer con dirigentes de la Confederación Sudamericana de Futbol y culminadas por la administración de Marcelino García Paniagua abrieron las puertas para la participación de México en la Copa América, el torneo a nivel de selecciones más antiguo del mundo. Por primera ocasión en la historia de este certamen se aceptaba la inclusión de dos equipos no pertenecientes a la región, siendo la representación de nuestro país y la de Costa Rica las que recibieron la honorable invitación.

El ambiente futbolístico que se respiraba en 1993 dentro de nuestro territorio era de optimismo; la selección mexicana había logrado su clasificación a la Copa Mundial de Estados Unidos en un apasionante cotejo frente a Canadá y se percibía un crecimiento constante sobre la cancha.  Sin embargo, la incertidumbre no tardó en llegar: el eterno disgusto de los seleccionados por el régimen de transferencias puso en riesgo la participación tricolor en la competencia continental; futbolistas inconformes y directivos autoritarios eran, como de costumbre, el común denominador. Finalmente, y después de interminables discusiones, se llegó a un acuerdo, mismo que contemplaba algunas modificaciones al reglamento y un buen número de promesas dejadas para el futuro. Así, los nuestros partieron rumbo a una nueva aventura. Nadie se imaginaba las alegrías que aguardaban.

La competencia

Ubicado en el Grupo C, junto a Colombia, Bolivia y el campeón defensor, Argentina, México confiaba en sus posibilidades, pero mostraba considerable respeto por sus rivales. La falta de experiencia a nivel internacional y el prestigio de sus contrincantes, el de los pamperos y colombianos específicamente, ocasionaban que los pronósticos no fueran favorables para nuestro seleccionado; la prensa internacional nos daba por muertos y se esperaba una actuación “decorosa”, por no decir humilde.

El destino quiso que la primera experiencia azteca en la Copa América estuviera marcada por la polémica. El dieciséis de junio de 1993, en el estadio 9 de Mayo, los mexicanos hicieron su debut ante su similar de Colombia. El partido fue dominado en los minutos iniciales por los cafeteros, que contaban con un mediocampo temible; Freddy Rincón y el “Pibe” Valderrama se encargaban de tocar el esférico con inteligencia y criterio, siempre buscando conectar con Víctor Hugo Aristizábal y el “Tren” Valencia. Los nuestros recurrían al pressing y soportaron la embestida durante cuarenta minutos, hasta que una buena combinación de los dos artilleros cafeteros dejó sin oportunidad de reacción al pintoresco arquero nacional, Jorge Campos, uno de los pocos elementos nacionales identificados por el público sudamericano. En la parte complementaria, el conjunto dirigido por Miguel Mejía Barón incrementó su movilidad con el ingreso de Luis Roberto Alves, siendo Hugo Sánchez el sacrificado. El tránsito rápido de la pelota generó desconcierto y cansancio en los cafeteros. México merecía el empate y no tardo en conseguirlo, pues un disparo de media distancia cobrado por el “Maestro” Galindo fue rechazado débilmente por el arquero Córdoba y enviado al fondo de las redes por “Zague”, quien, de aquella forma, marcó el primer tanto mexicano en la Copa. Los nuestros mantuvieron el ritmo, pero la poca efectividad de nuestros delanteros, incluyendo a Luís García, jugador del Atlético de Madrid, acompañada por una buena dosis de suerte impedía que cayera la anotación de la ventaja. Sin embargo, el tricolor seguía insistiendo, dominaba a placer y generaba ocasiones de gol por racimos. Se vivía el mejor momento de los verdes cuando una falla eléctrica en el sistema interno del estadio produjo la suspensión durante dieciocho minutos del cotejo. Pausa mortal para los mexicanos. Al reiniciar las hostilidades, la astucia de Valderrama volvió a hacerse presente; habilitó a Osorio, éste conectó con Aristizábal, quien, mediante un disparo raso, logró que la pelota se le escapara al “Brody”; sobre la línea, Ramón Ramírez aparece y despeja la pelota, parece que el peligro se ha evaporado, pero Jorge Nieves, árbitro central, señala hacia el mediocampo. ¡Anotación colombiana y derrota azteca! La polémica no tardó en aparecer. Los medios de comunicación echaron mano de todos sus recursos para demostrar que el balón no había rebasado en su totalidad la línea de gol, sin embargo, el juez decidió y el tropiezo nacional se convirtió en una realidad ineludible. El “Fantasma de Machala”, como se le conoció a dicha anotación, es uno de los episodios más singulares y comentados en los archivos recientes de nuestro balompié.

 El segundo episodio de la travesía mexicana en tierras ecuatorianas se escenificó el 20 de junio de 1993 en el estadio Capwell ante la poderosa selección albiceleste, invicta por más de veinticinco partidos y campeona de la Copa América 1991. Desde el inicio de las hostilidades la legión azteca demostró personalidad y entereza para combatir a una potencia continental y mundial; el mediocampo nacional no tardó en generar peligro mediante centros peligrosos y disparos de media y larga distancia. Apenas al minuto quince de acción, Hugo Sánchez hace gala de su experiencia, madruga a la zaga pampera al proporcionarle la pelota de manera sorpresiva a David Patiño, quien entra solo y su alma para fulminar a Sergio Goycoechea. La sorpresa se estaba produciendo, pero los argentinos, heridos en su orgullo, igualaron la contienda cinco minutos después, tras un tiro centro salido de las piernas de Leo Rodríguez y concretado por Oscar Ruggeri. Las ocasiones de gol para los verdes no escasearon, lamentablemente, la falta de contundencia tan característica en el futbol mexicano hizo su aparición y evitó un triunfo que hubiera sido completamente merecido. Una vez más, las grandes actuaciones sobre el terreno de juego no se concretaban con resultados en el marcador. El empate, pese a mantener vigentes las aspiraciones mexicanas no aclaraban de forma halagadora el panorama.

La experiencia continental vivió un nuevo capítulo el 23 de junio ante Bolivia en el estadio Reales Tamarindos. El cotejo resultó infumable. La brillantez azteca fue eclipsada por la lentitud y falta de ambición de los bolivianos, que carecieron de una propuesta ofensiva y dieron a entender que su objetivo no iba más allá de la primera ronda. Cero a cero el tanteador final; dos unidades de seis posibles para nuestro contingente, mismo que obtuvo su clasificación a los cuartos de final al colocarse como el segundo mejor tercer lugar de la competencia. La forma era lo de menos; el balompié nacional se ubicaba entre las mejores ocho escuadras del continente.

Perú, que culminó la primera fase en la primera posición del Grupo B, fue el rival de México en los cuartos de final. Los pupilos de Miguel Mejía Barón salieron inspirados a la cancha del Atahualpa y no tardaron en generar peligro dentro del área enemiga. Apenas al minuto veintiuno de acción, Juan de Dios Ramírez Perales es víctima de una clara falta por parte del arquero inca, el árbitro aprecia correctamente la jugada y decreta la pena máxima. Alberto García Aspe, con toda la serenidad que le caracteriza, la manda al fondo de las redes. A los cuarenta y tres, México amplia su ventaja mediante una soberbia anotación de Luis Roberto Alves, quien, a pase de Benjamín Galindo, mata la pelota con el pecho y antes de que baje el esférico saca un zurdazo impresionante que se coloca  pegado al poste derecho de la meta inca. El show en la parte inicial aún no terminaba. Justo antes de finalizar el periodo inicial, el “Beto” García Aspe saca un disparo violento que se estrella en el poste derecho; la de gajos se pasea por la línea de gol hasta que finalmente entra. No hay más. Tres a cero a los vestidores y los nuestros con más de un pié en las semifinales.

Los segundos cuarenta y cinco minutos fueron prácticamente de trámite. Al minuto cincuenta y uno, la selección azteca dio el toque final a la contienda al marcar por conducto de David Patiño. Los peruanos intentaron reaccionar y se hicieron presentes en el tanteador un par de ocasiones, pero ya era demasiado tarde. Los verdes a semifinales y los incas a su casa. Así de sencillo.

Con las ventajas inherentes al cuadro local y con la siempre fiel presencia de sus fanáticos, Ecuador se perfilaba como el gran favorito para acceder a la disputa por el cetro continental. Tras haber derrotado a Paraguay por tres goles a cero, los anfitriones estaban decididos a terminar con las esperanzas del invitado “incómodo”, México. La cita se efectuó el 30 de junio de 1993 en el estadio Atahualpa. De inmediato, los jugadores mexicanos sacaron a relucir la confianza en ellos mismos, les faltaron al respeto a los de casa, enfriaron el ambiente en las tribunas y tomaron la batuta en  el marcador, cuando Hugo Sánchez, a los veintitrés minutos de tiempo corrido, remata con facilidad y pone el uno a cero en los cartones. Los dirigidos por Dusan Draskovic intentaron reaccionar, presionaron y trataron de incrementar el ritmo del cotejo. Sin embargo, todas sus ilusiones se fueron por la borda al momento en el que Ramón Ramírez se escapó por la banda derecha y, con disparo certero, dejó sin ninguna posibilidad a Espinoza . Dos a cero en el minuto nueve de la parte complementaria. Ecuador quiso, pero no pudo. Llegó el final y México se clasificó a la gran final de la Copa América 1993. No se trataba de una broma de los santos inocentes; nuestro balompié sorprendía al continente y amenazaba con llevarse la competencia organizada por la Confederación Sudamericana de Futbol.

Un día más tarde, la Argentina de Alfio Basile vencía a Colombia en serie de tiros penales y ganaba su pasaporte a la contienda definitiva.

La espera fue larga. Durante los días previos al enfrentamiento definitivo ante los argentinos, el tema por regla general en territorio mexicano era el futbol. Transmisiones interminables, tratamiento de héroes a los seleccionados, optimismo desmedido y fiesta nacional era lo que se respiraba en nuestra tierra.

El día llegó. 4 de julio de 1993, la gloria continental en juego. El primer tiempo resultó poco espectacular y con aisladas apariciones en el marco rival por parte de ambas escuadras. Existía un respeto mutuo y el temor de cometer una equivocación en sector defensivo impedía que los actores se lanzaran hacía el frente. Los nervios iban en aumento y el reloj seguía su siempre inexorable camino. Marcio Rezende, silbante del cotejo, pitó la finalización de la parte inicial. En cuarenta y cinco minutos habría un campeón.

Los equipos volvieron a la cancha con mayor decisión de ofender. Tanto México como  Argentina tenían conciencia del riesgo que engendra apostar por el alargue, por lo que se mostraron ambiciosos, aunque permanentemente cautos al atacar. A los dieciocho minutos del complemento apareció la figura temible de Gabriel Omar Batistuta y abrió el marcador. Desencanto en el banquillo azteca y algarabía en el seno pampero fue el efecto inmediato. Pese al resultado parcial adverso, los mexicanos mantuvieron el orden y la disciplina táctica y no tardarían en igualar las hostilidades, pues, apenas cuatro minutos después, Benjamín Galindo ejecuta correctamente desde los once pasos y equilibra la balanza. Lamentablemente, la experiencia y mística ganadora de los grandes equipos terminó imponiéndose; una falta de atención en la zaga azteca, acompañada por una polémica carga sobre Ramón Ramírez, generó la segunda y definitiva anotación de “Batigol”. A lo largo del tiempo restante, México deseo el empate, pero la derrota tuvo que terminar siendo aceptada. Las lágrimas brotaron de los ojos de millones de mexicanos, quienes percibieron el aroma de la victoria más cerca que nunca, haciendo aún más profundo el dolor de ser vencidos.

El recibimiento

A su regreso, la selección fue recibida de una forma espectacular. Miles de personas congregadas en las calles para celebrar el arribo de sus ídolos; comunión irrompible entre afición y escuadra y la sensación de haber sido testigos de una nueva era en el futbol mexicano.

En posteriores ediciones de la Copa América, especialmente en Colombia,  México logró igualar e incluso superar, de acuerdo a las estadísticas, lo realizado por el equipo de Mejía Barón. Sin embargo, nada tan emotivo e inolvidable como la primera vez.

[mt][foto: Mexsport]

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