De la ilusión al dolor

Mauricio Cabrera
 Mauricio Cabrera

Mauricio CabreraEnviado EspecialChiclayo, Perú17 de julio de 2004

Los colores se complementan y los sentimientos están a flor de piel. Los peruanos sueñan y anhelan la consecución de una copa que dicen poseer por el simple hecho de tenerla en casa. El blanco de la esperanza y el rojo de la pasión se fusionan y crean un sentimiento inigualable, el que se profesa por la patria.

La cita es a las cinco de la tarde, pero se trata de un acontecimiento tan importante que se requiere asistir con antelación al estadio Elías Aguirre para tener una posición privilegiada a la hora de ver a los actores en escena. La espera es lo de menos. Miles de simpatizantes vistiendo sombreros extravagantes, rostros pintarrajeados, playeras blanquirrojas, y portando pancartas con mensajes de ánimo se aglomeran en las inmediaciones del estadio para aguardar la cita con la historia. Los niños sonríen; los adultos dialogan apasionadamente sobre el presente del balompié inca y otros cuantos se burlan del futuro argentino en la justa continental. El rival impone, y el cerebro lo entiende, pero el corazón es demasiado terco como para reconocer la inferioridad futbolística. Además, en el balompié, la lógica está lejos de existir.

El inicio se acerca. Las tribunas comienzan a poblarse y el corazón se acelera a cada segundo. Los gritos de “Perú, Perú, Perú” se vuelven cada vez más insistentes y  el Elías Aguirre tiembla al ritmo de una sola voz. El ambiente es inmejorable. La postal repleta de los tonos peruanos es hermosa y refleja fielmente el amor por una camiseta que, pese a no registrar muchas alegrías en su historia, es querida por el simple hecho de representar los ideales y las esperanzas de millones de pobladores incas. En un mundo tan subjetivo, no existe cabida para el pleito entre Paulo Autori y la prensa; la afición prefiere delegar la responsabilidad de preocuparse por dicho conflicto a los verdaderos implicados.

El reloj marcaba las cuatro de la tarde con veinte minutos cuando la selección peruana saltó al terreno de juego para efectuar ejercicios de calentamiento. La locura alcanzó su punto de ebullición. Aplausos, gritos, súplicas, alabanzas y canciones aparecieron de inmediato para acompañar el ingreso de los héroes al rectángulo verde. Y comenzó la fiesta. La ola iba y venía como si se encontrara en un mar furioso y traicionero. Ni pensar que estábamos en un simple estadio de futbol.

El grado de pasión en las gradas parecía perder cierto brillo cuando apareció un reducido grupo de mexicanos que vestía una playera cincuenta por ciento azteca y cincuenta por ciento peruana, motivo suficiente para volver a prender la mecha. La comunión de ideas entre unos y otros quedó comprobada una y otra vez con el “Sí se puede, Sí se puede” tan característico en el balompié nacional y que en esta ocasión sirvió como el grito de guerra de la fanaticada blanquirroja.

El partido comenzó. Las acciones siempre fueron equilibradas y las oportunidades de anotar surgían como relámpagos que terminaban volviendo a la normalidad. El apoyo era impresionante; cada jugada medianamente inteligente de su selección era impulsada y alabada por los entregados hinchas peruanos, que se convirtieron en el doceavo jugador de una contienda que podía decidirse a favor de cualquiera. Llegó la culminación de la parte inicial. Momento de levantarse para estirar los músculos y calentar el cuerpo.

Se vino el segundo tiempo. Perú pone todo y Argentina da la impresión de no estar en una de sus mejores presentaciones. A los cincuenta y siete minutos se presenta el primer aviso serio de la albiceleste al estrellar Luciano Figueroa la pelota en el travesaño. Un minuto más tarde ingresa al campo de juego el nuevo ídolo pampero, Carlos Tévez, quien, como los grandes, no tardó en justificar su entrada al ejecutar perfectamente un tiro libre y poner en desventaja a los peruanos. Enmudecen las tribunas para, segundos después, revivir al ritmo de “Sí se puede, Sí se puede”. Pero no se pudo. Los anfitriones quisieron y murieron en el intento. Llora Perú y Autori vuelve a ser el villano.

[mt]

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