A los nuestros les encanta sufrir

El odio y el rencor hacia los que nos dejaron fuera de la Copa Mundial Japón-Corea 2002 se hizo presente desde minutos antes de comenzar la contienda. En cuanto el sonido local pidió silencio y...
El odio y el rencor hacia los que nos dejaron fuera de la Copa Mundial Japón-Corea 2002 se hizo presente desde minutos antes de comenzar la contienda. En cuanto el sonido local pidió silencio y respeto para escuchar el himno estadounidense, la reacción de
 El odio y el rencor hacia los que nos dejaron fuera de la Copa Mundial Japón-Corea 2002 se hizo presente desde minutos antes de comenzar la contienda. En cuanto el sonido local pidió silencio y respeto para escuchar el himno estadounidense, la reacción de

Mauricio Cabrera | MEDIOTIEMPOEstadio Azteca. Domingo 27 de marzo de 2005

El odio y el rencor hacia los que nos dejaron fuera de la Copa Mundial Japón-Corea 2002 se hizo presente desde minutos antes de comenzar la contienda. En cuanto el sonido local pidió silencio y respeto para escuchar el himno estadounidense, la reacción de los aficionados fue de evidente repulsión. La rivalidad futbolística, aderezada con elementos de discordia netamente culturales, provocó que los aficionados aztecas perdieran el estilo y hasta la educación. Abucheos, chiflidos y demás dieron la bienvenida a nuestros odiados vecinos del norte, a quienes el Coloso de Santa Úrsula ha dejado de imponerles como antaño.

La diversidad de sonidos provenientes de la tribuna se convirtió en una mezcla indisoluble cuando de unirse en torno al grito de guerra mexicano se trató. Escuchar a más de noventa mil personas cantando apasionadamente genera que el sentimiento aflore y que una batalla tan inocente y simple como la que se libra sobra una cancha de futbol sea considerada como una lucha que no se puede perder, un llamado del destino. México puede sucumbir frente a los de las barras y las estrellas en cualquier ámbito, pero no sobre el rectángulo verde, sitio donde nos brindamos una tregua y soñamos con una grandeza difícilmente accesible en otros terrenos. Sin más preámbulos, llegó el momento de cederles la iniciativa a los verdaderos protagonistas  de la historia…

La ansiedad con que la escuadra azteca inició la confrontación se vio aplacada por la falta de creatividad en el mediocampo. Durante los primeros minutos, el conjunto verde recurrió en demasía a las paredes por el centro del área, facilitando notablemente las labores defensivas del rival. Entretanto, el ánimo de los espectadores decaía, las dudas amenazaban con hacer su aparición y el tedio se conjugaba con el calor de la tarde para dar por resultado un panorama incierto, con rayos de esperanza, pero a la vez con un toque de escepticismo. Cuando los síntomas inequívocos de la desesperación se postraban sobre el cuerpo y la mentalidad de los jugadores mexicanos, apareció una jugada a todo pulmón de Francisco Fonseca. El “Kikin” tomó la de gajos por el corredor derecho y se enfiló,  cual si fuera una locomotora, hacia la línea de fondo; cayendo, le puso el esférico a Salvador Carmona, quien envío centro a segundo palo para Jaime Lozano, este la puso en zona caliente y apareció Borgetti para marcar el de la quiniela. Al instante, las banderas tricolores ondearon una y otra vez en las tribunas, el “México, México” cimbraba los cimientos del Azteca y los estadounidenses caminaban con la cabeza gacha rumbo al círculo central. Los ecos del festejo aún no cesaban cuando llegó el segundo golpe, en apariencia, el embate definitivo. Genialidad de Cuauhtémoc Blanco, cabezazo inteligente de Jared y conclusión dramática de Zinha, que, de tan preciso, cerca estuvo de impactar el balón en el poste derecho de Kasey Keller. La fiesta alcanzó el punto de ebullición y coqueteaba con la catarsis. “El Gigante no ha muerto”, se leía claramente en una de las miles de pancartas que inundaron el escenario de las hostilidades. Y sí, la pelota les otorgó la razón a los creadores de dicho mensaje. Al menos durante la primera mitad, México demostró que es el más grande de la Concacaf. ¿Motivo de orgullo? Ni remotamente, pero es una estafeta que los “gringos” no deben ostentar. Como cereza al pastel queda la polémica expulsión de Ricardo Lavolpe, que se fue al vestidor con el rojo impreso en la cara.

A lo largo del entretiempo se alcanzó a percibir en la tribuna el insaciable deseo de ver triunfar al tricolor, y no sólo eso, sino que también se pretendía una goleada de escándalo, que dejara en evidencia que las distancias futbolísticas son más remotas de lo que la estadística reciente indica. Las apuestas en torno al marcador final no se hicieron esperar, pero fueron muy pocos los que pensaron en la poco atractiva posibilidad de sufrir hasta el último minuto, opción que a la postre fue la ganadora.

La trama de la parte complementaria rápidamente alteró el guión imaginado por los nuestros. Los siempre dañinos excesos de confianza aparecieron, las florituras de Blanco y compañía despertaron numerosos aplausos, pero fueron completamente inservibles en el marcador. Estados Unidos, con más empuje que inteligencia, comenzó a producir tímidos ataques sobre la puerta de Oswaldo Sánchez. El cuadro azteca no supo o no quiso entender el mensaje y terminó complicándose el trámite de las hostilidades con la anotación de Eddie Lewis. ¿Las consecuencias? Unos cuantos segundos de silencio para dar paso a las muestras de apoyo. Reapareció el “México, México”; en esta ocasión, alimentado por el ciego impulso de invalidar los efectos del tanto recibido. 

Lavolpe y su cuerpo técnico no se equivocaron en las modificaciones, tuvieron la capacidad de corregir sobre la marcha y gradualmente consiguieron reencontrar el camino, aunque la siempre desesperante falta de contundencia terminó por despertar cierta molestia de los aficionados. El toque final, la rúbrica que pusiera las hostilidades en la congeladora nunca se presentó. Una y otra vez, los fanáticos se pusieron de pie pensando que la estocada era una realidad; sin embargo, la emoción se esfumaba en un suspiro. Magníficas acciones, bellos quiebres, jugadas de fantasía, pero… ¿quién la mete? Nadie, al menos no en la tarde de este domingo. ¿Qué hace falta para ser mejor al rival y acabar suplicando que el juez central indique la finalización del partido? Pregúntenles a nuestros atacantes. Ellos, mejor que nadie, saben como mantener la tensión hasta el último minuto. Afortunadamente, los tres puntos están en la bolsa.  [mt][foto: Mexsport]

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