Un milagro sustentado en la realidad

La constante presencia de supuestos milagros acaba confirmando que su producción nada tiene que ver con la suerte, y sí mucho con el nivel desplegado sobre el terreno de juego. San Luis no para de...
 La constante presencia de supuestos milagros acaba confirmando que su producción nada tiene que ver con la suerte, y sí mucho con el nivel desplegado sobre el terreno de juego. San Luis no para de soñar, hace ya varias semanas que vive en la mismísima glo

Mauricio Cabrera | MEDIOTIEMPOEstadio Alfonso Lastras. Sábado 13 de mayo de 2006

  • El milagro se extiende una semana

La constante presencia de supuestos milagros acaba confirmando que su producción nada tiene que ver con la suerte, y sí mucho con el nivel desplegado sobre el terreno de juego. San Luis no para de soñar, hace ya varias semanas que vive en la mismísima gloria, pero lo hace con argumentos, futbol, entusiasmo y aplicación. Ya es imposible atribuir los éxitos a la casualidad o al destino. Sí, el agónico tanto de Marcelo Guerrero rayó en lo épico; también es cierto que su acceso a la liguilla pasó desapercibido por muchos. Sin embargo, a los Tuneros hay que tomarlos en serio. Atlante ya pagó las consecuencias, salió golpeado por un cuadro motivado y con metas en común. Los Diablos, tan fuertes e implacables con la Máquina, tampoco pudieron echar al equipo de Raúl Arias y acabaron perdiendo la corona con una categórica derrota sobre el césped del Alfonso Lastras.

La experiencia de los escarlatas impactaba; obligadamente los ponía por encima del “caballo negro” de la fiesta grande. Américo Gallego se mostraba sereno en los días previos. Nunca perdió la cordura y confió en que los suyos resolverían el “pequeño” problema. San Luis siguió bajo un esquema que combina la humildad con la motivación, creyó en sus posibilidades sin presumirlas a los demás y dio una demostración de juego colectivo.

A la oncena mexiquense se le atribuían las virtudes de la frialdad y la templanza. Aparecía como una escuadra preparada psicológicamente para enfrentar cualquier tipo de circunstancias; no obstante, fue el conjunto local, vitoreado permanentemente por la enamorada afición, el que tuvo la capacidad de golpear con precisión quirúrgica, de esperar el minuto y el segundo indicados para embestir al enemigo y dejarlo moribundo,  para que se oiga menos feo: en estado de coma.

Toluca se creía vivo. Pisó la grama del Alfonso Lastras con propiedad y cierta soberbia, confiaba en que era cuestión de tiempo. El reloj avanzó; marcó los cinco, los diez, los quince y los dieciocho, cuando Israel Martínez, popularmente conocido como el “Jagger” percibió la pasada de su compañero y lo encontró con portentoso taconazo.  Reyna, el aliado en cuestión, no desaprovechó la jugada de su coequipero, se fugó por el centro del área y sacó disparo pegado al poste izquierdo de Hernán Cristante. El primer clavo sobre el ataúd rojo fue puesto...

El equipo choricero intentó resucitar. Pero un grave problema tocó a la puerta: no sabía cómo atacar, conflicto normal para un conjunto acostumbrado a preponderar el trabajo defensivo sobre el de concreción. José Manuel Abundis era el conducto principal, picaba hacia el centro y tiraba a segundo poste; la pelota rozaba el travesaño... Los intentos de los Diablos fueron en vano. Los segundos corrían y la eliminación mexiquense pasaba del presentimiento a la materialización.

San Luis no se conformó con haber herido gravemente durante la primera mitad. En la reanudación, Octavio Valdez decidió que era momento de garantizar la prolongación de la fiesta, observó adelantado a Cristante y marcó un gol para guardar en la memoria y para estallar miles de gargantas potosinas. Arias supo que estaba en la final del Clausura del 2006. El saliente campeón miraba hacia el suelo y reconocía que la historia estaba por culminar, que ya habría mejores oportunidades.

Con más profesionalismo que convicción, Toluca encontró el tanto de la honra. Israel López, con el dolor de haber sido relegado de la Copa del Mundo, ejecutó tiro libre desde el costado izquierdo. La pelota cruzó el área potosina y fue a clavarse justo al ángulo izquierdo. Adrián Martínez, héroe en casi toda la liguilla, apreció desesperado cómo se le escapaba la de gajos. Error atribuible al portero, que, no obstante, no acarreó mayores repercusiones.

Diez minutos antes del final, las tribunas del Alfonso Lastras ya vivían ambiente finalista. Los cánticos no cesaron; los cánticos cayeron como cascada; Arias aparentaba serenidad mientras sentía algarabía. Los Diablos, entretanto, se miraban unos a otros con el dolor de un adiós consumado.

Al tiempo que la corona se bajaba del trono choricero, el “milagro”, llamado así por la emotividad y no por las causas del éxito,  del enfermo terminal que resucita y alcanza la gloria anunció que continuaría, que se extendería una semana más, cuando, por qué no, los potosinos levanten el trofeo que ni siquiera ellos contemplaban hace algunos días.

[mt]

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