Chivas, del heroísmo al dolor

El futbol da y quita invariablemente. Un día te despiertas, acudes a la cancha, como aficionado o protagonista, y te vas con una sonrisa en el rostro, con la satisfacción de haber sido parte de...
El futbol da y quita invariablemente. Un día te despiertas, acudes a la cancha, como aficionado o protagonista, y te vas con una sonrisa en el rostro, con la satisfacción de haber sido parte de una proeza, de uno de los llamados “milagros futbolísticos”.
 El futbol da y quita invariablemente. Un día te despiertas, acudes a la cancha, como aficionado o protagonista, y te vas con una sonrisa en el rostro, con la satisfacción de haber sido parte de una proeza, de uno de los llamados “milagros futbolísticos”.

Mauricio Cabrera | MEDIOTIEMPOEstadio Hidalgo. Domingo 14 de mayo de 2006

  • Bautista fue héroe y villano

El futbol da y quita invariablemente. Un día te despiertas, acudes a la cancha, como aficionado o protagonista, y te vas con una sonrisa en el rostro, con la satisfacción de haber sido parte de una proeza, de uno de los llamados “milagros futbolísticos”. Al siguiente, aún con el épico recuerdo en la memoria, es el enemigo el que festeja en tu cara, el que se alza por los cielos y cabecea cruzado para matar tus ilusiones y las de miles más alrededor del planeta. La pelota es de todos y de nadie. Hoy te favorece, te lleva a la gloria; mañana, eres el perdedor, el que se va con la cabeza gacha y arrastrando los pies. A Chivas, esa valerosa institución que celebró sus cien años de vida con un triunfo de antología, la pelota le jugó una de sus acostumbradas pasadas: decidió girar a favor de los otros, en pro de los intereses de los Tuzos del Pachuca. Por ahora nadie lo puede remediar…

Guadalajara irrumpió en el estadio Hidalgo con una fe ciega en sus posibilidades de revertir el marcador adverso. La confianza de los rojiblancos se fortalecía notablemente con el antecedente inmediato. Se decían uno a otros: “si pudimos contra Jaguares, por qué no contra Pachuca”. Y  así, pensando que los milagros ocurren todos los días y que las grandes alegrías son fáciles de reeditar a días de distancia, los guerreros de José Manuel de la Torre se dispusieron a realizar una hombrada que para ellos no lo era tanto, pues afirmaban estar acostumbrados.

Los albores de la contienda reforzaron la sensación de voltereta jalisciense. De la mano de un Adolfo Bautista que combinaba las artes histriónicas con las futbolísticas, el Rebaño fue teniendo presencia en la zona resguardada por Miguel Calero. El “Bofo” y su espigada figura aparecían tirándose un clavado dentro del área hidalguense, fallando remates a bocajarro y hasta demostrando capacidades gladiadoras con singulares llaves a Mosquera y demás defensores de la Bella Airosa.

El show era de Bautista, pero el verdadero conducto para vulnerar la muralla del cuadro dirigido por José Luis Trejo salió de la sangre joven, del habilidoso Sergio Ávila. La revelación rojiblanca mató con porte un servicio de Diego Martínez, picó hacia el centro, dejó sembrado a Marvin Cabrera y sacó disparo a segundo poste. La apasionada comunidad chiva celebró en grande, se permitió unos cuantos agradecimientos al todopoderoso y pidió, con súplicas y convicción a la vez, que llegara el segundo, que el líder general se fuera del Clausura 2006.

Fue suficiente en la primera mitad. Las aficiones de ambos conjuntos se vieron forzadas a entrar en un receso impregnado de tensión. Unos, los tapatíos, pedían que su equipo no bajara el ritmo, que los quince minutos de inactividad no repercutieran en el funcionamiento de los suyos; otros, los de casa, agradecieron la pausa obligada y confiaron en que José Luis Trejo encontraría las palabras indicadas para despertar a los aletargados delanteros.

Todos de nuevo a escena… A Chivas no tardó en complicársele el panorama. El minuto trece del complemento corría cuando una discutida aunque existente infracción de Patlán sobre Nelson Cuevas derivó en la pena máxima. Richard Núñez nunca titubeó, en su rostro denotaba seguridad, y con tiro potente venció a Luis Ernesto Michel. Mientras Jesús Martínez y Andrés Fassi se enfrascaban en un caluroso y sincero abrazo, el banquillo jalisciense era un puñado de nervios. De nuevo a dos de distancia, y con apenas poco más de media hora por delante.

El Rebaño rápidamente confirmó que estaba diseñado a prueba de golpes. El tanto de la igualada a cualquiera hubiera dejado sin aliento, pero al Rebaño lejos estuvo de causarle algo más que un simple dolor de muelas. Mano de Nelson Cuevas dentro del área, pitido del árbitro y certera concreción de Adolfo Bautista. Ya la distancia era sólo de uno, la moneda estaba en el aíre; el boleto a la gran final también.

Pachuca quedó un poco atontado con el nuevo gol rojiblanco. Tardó en reaccionar, permitió que Chivas empujara con mayor vigor y se quedó a un paso de echar todo por la borda.

Aprovechando el desconcierto que privaba entre los hidalguenses, la escuadra de José Manuel de la Torre adelantó líneas con la misión de anotar, a como diera lugar, el gol de la quiniela. A los setenta minutos, un disparo chorreado fue capturado por el “Bofo”, Bautista mató la de gajos con el muslo y, presintiendo la voraz salida de Calero, se tendió para anticiparse y elevar la de gajos. La redonda viajó lentamente hasta las redes. “Chepo” y compañía estaban muy cerca de la final. Algunos se permitieron soñar con un doblete (Liga y Libertadores) histórico. El sueño acabaría pulverizándose…

Chivas desaprovechó en repetidas ocasiones la oportunidad de liquidar al enemigo. Adolfo Bautista, protagonista para bien y para mal, dejó ir la más clara al fallar un mano a mano con el monumental cancerbero colombiano. El costo de la pifia fue demasiado elevado, tardará meses en ser olvidado.

Ya sobre la hora, Pachuca tiró la baraja sobre la mesa y apostó por ganar o morir. Calero, ese que tan bien cuida los tres postes, se fue hacia el frente como si de un delantero más se tratara. Núñez corría como tractor y atropellaba a quien se le pusiera enfrente. Pero el tiempo discurría, los segundos se acortaban más de lo usual y no se veía por donde eliminar al heroico Guadalajara del Centenario.

La pizarra electrónica anunciaba el tiempo de compensación: tres minutos y a las regaderas. Los Tuzos se olvidaron de los modos, pateaban furiosos el esférico y hacían intentos desesperados por colarse a la final. Y llegó la última oportunidad: tiro libre a favor de los de la Bella Airosa. Todos en el área rojiblanca, incluidos Calero y el corazón de la fanaticada hidalguense. La pelota viaja… Mosquera y el hombre de la gorra se impulsan mutuamente para que Aquivaldo martillee el esférico y venza a Luis Ernesto Michel. La historia se acabó. A Pachuca le toca sonreír, abrazarse efusivamente. A Chivas, en cambio, le fue asignado el turno de perdedor. El mundo rojiblanco llora mientras comprende que el futbol pronto le tendrá preparada una nueva ocasión de vivir entre el heroísmo y la magia.

[mt]

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