Entre la indiferencia y el olvido, Pachuca hizo que triunfara la justicia...

Ya eran demasiados milagros en tan pocos días. La final del Clausura 2006 se negó a producir otra sorpresa en los últimos sesenta segundos. Ya nadie dudaba que pudiera producirse la anotación que...
Ya eran demasiados milagros en tan pocos días. La final del Clausura 2006 se negó a producir otra sorpresa en los últimos sesenta segundos. Ya nadie dudaba que pudiera producirse la anotación que privara de la gloria a un apasionado estadio Hidalgo, pero
 Ya eran demasiados milagros en tan pocos días. La final del Clausura 2006 se negó a producir otra sorpresa en los últimos sesenta segundos. Ya nadie dudaba que pudiera producirse la anotación que privara de la gloria a un apasionado estadio Hidalgo, pero

Mauricio Cabrera | MEDIOTIEMPOEstadio Hidalgo. Domingo 21 de mayo de 2006

  • Pachuca hizo justo lo necesario
  • San Luis sabía que ya era campeón de su propia competencia

Ya eran demasiados milagros en tan pocos días. La final del Clausura 2006 se negó a producir otra sorpresa en los últimos sesenta segundos. Ya nadie dudaba que pudiera producirse la anotación que privara de la gloria a un apasionado estadio Hidalgo, pero no… Pachuca hizo justo lo necesario para alzarse con una corona apegada a la justicia deportiva y a la realidad de una institución que en poco más de diez años ha hecho más que en toda su historia.

La forma estuvo muy lejos de ser espectacular. Como en la ida, Tuzos y Tuneros extremaron precauciones en sector bajo, circularon la pelota por el mediocampo y rara ocasión se animaron a ir con más de tres hombres hacia el frente. Los cuarenta y cinco minutos del primer tiempo fueron una fiel imitación de lo acontecido a media semana: dos equipos esperando una oportunidad aislada para cazar al enemigo y marcar el tanto de la quiniela. Quedaba claro, fuera a favor de quien fuera, que un gol iba a ser suficiente para definir al poseedor de un trono envidiado por el resto de los participantes.

El partido se vivió con vehemencia. Las acciones no se acercaban en lo más mínimo a lo espectacular. La de gajos era disputada con intensidad carente de genio futbolístico y plagada de fortaleza física. Codazos, jaloneos y patadas fueron elementos comunes para buscar dirimir diferencias entre hidalguenses y potosinos.

De futbol hubo muy poco, casi nada. El cuadro de Raúl Arias se mantuvo fiel a su estilo extremadamente conservador. Realmente nunca buscó la puerta enemiga, decidió agazaparse atrás y aguardar que Reyna y compañía pudieran hacer daño a partir de tres cuartos de cancha. Pese a la poca disposición visitante, Calero sufrió para conseguir que su meta se fuera virgen al descanso.  A los veinticinco, un sui generis cabezazo de Jesús Mendoza amenazaba con incrustarse en la horquilla. El guardavallas colombiano, atontado por un golpe recibido minutos antes, se alzó con el peso histórico que tiene en la institución de la Bella Airosa  para rasguñar la redonda y evitar que la fiesta preparada en casa acabara con rasgos fúnebres y desoladores.

La batalla futbolera conservó la misma tónica hasta el silbatazo intermedio. De vez en vez, cuando  los jugadores se decidían a ponerle algo de sabor a una de las finales más insípidas en la historia de nuestro balompié, se registraban conatos de bronca y uno que otro chispazo individual, aunque ninguno de estos merece más espacio que una tímida mención.

En el entretiempo, el movimiento en los palcos advertía una tensión significativa. Jesús Martínez, acompañado por su incondicional Andrés Fassi, lucía confiado en que entregaría una nueva estrella a su afición, sabía que las condiciones estaban dadas. Del otro lado, con la timidez propia de quien se sabe en territorio enemigo, Emilio Azcárraga denotaba seriedad y un tanto de angustia, aunque comprendía perfectamente que los Tuneros ya habían hecho lo suyo. El hijo pródigo al que debía reclamarle, fuera cual fuera el resultado de la contienda que estaba apreciando, se encontraba en el Distrito Federal, donde, ahí sí, no tenían argumentos válidos para explicar la ausencia en las instancias definitivas.

Los cuarenta y cinco minutos que sirvieron como desenlace de la historia llamada Clausura 2006 fueron fríos y calculadores. El torneo fue así de principio a fin: escaso en emociones, rutinario y, en el mejor de los casos, emocionantemente impredecible. La final simplemente no tenía pinta de serlo. Sólo el ambiente en la tribuna y los trofeos mostrados a un costado de las tribunas daban argumentos necesarios para asegurar que se estaba ante el partido que definiría al último campeón del futbol mexicano previo a la Copa del Mundo Alemania 2006.

El conjunto de casa y el forastero llegado de tierra potosina se alternaron el dominio de las hostilidades en el complemento.  Lo mismo surgía un calcetinazo de Reyna que un sobrio disparo salido de las piernas de Richard Núñez. Mientras el tiempo se extinguía, el nervio de ambas aficiones se incrementaba, y la atención del medio futbolístico irremediablemente viajaba a kilómetros de distancia, donde muy pronto se sabrá si nuestro balompié alcanza el anhelado quinto partido.

Entre la entendible indiferencia de unos y el fidedigno interés de la gran minoría, el reloj siguió su marcha. No se veía clara la manera en que pudiera romperse el cero a cero en los cartones. Sin embargo, Armando Archundia le puso solución y decidió que no quería tiempos extra ni tiros penales, que ya era hora de pensar en su propia aventura mundialista. Con seguridad y aplomo, señaló la pena máxima tras un ligerísimo empujón de Reyna sobre el futbolista convertido en primer actor Andrés Chitiva. “Super Richard”, como dicen unos cuantos fanáticos disfrazados de comentaristas, miró al cancerbero Martínez y lo mató con tiro fuerte y a la derecha. El balón estremeció las redes y el corazón de la parcialidad hidalguense. Esa pelota no sólo fue de gol, también de campeonato.

San Luis ya no hizo absolutamente nada. Arias no fue capaz de cambiarle el rostro a su escuadra en los pocos minutos restantes; Azcárraga, prefirió planear las contrataciones americanistas para el próximo torneo; los jugadores hacían como que corrían, pero aceptaban ser víctimas del cansancio y del deber cumplido, pues sabían que lo suyo, su verdadera obligación, había sido resuelto semanas atrás.

La última página del Clausura 2006 terminó de imprimirse. Pachuca no tiene responsabilidad alguna del olvido al que fue sometido el torneo casero por culpa de la Copa del Mundo. Una vez más, la entidad hidalguense ratifica su alto nivel deportivo e institucional. En una competencia irregular y difícil de pronosticar, es motivo de satisfacción que el líder general acabara colocándose la corona. Puede afirmarse, como sobrio colofón a una final que sólo será recordada por la estadística, que se impuso la justicia deportiva. San Luis fue campeón de la competencia que tenía que ganar, la del no descenso; los Tuzos, en cambio, navegaron en aguas tranquilas durante la fase regular y apretaron el acelerador para hacerse del cuarto título de su historia. [mt][foto: Mexsport]

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