Cuauhtémoc patrocinó la locura en amarillo

Llegar al Azteca era más difícil que los atacantes del Atlas anotaran. Cualquier medio para arribar a Santa Úrsula era incómodo, carente de intimidad y tardado.
 Llegar al Azteca era más difícil que los atacantes del Atlas anotaran. Cualquier medio para arribar a Santa Úrsula era incómodo, carente de intimidad y tardado.

Juan Téllez | MEDIOTIEMPOEstadio Azteca. 13 de Mayo de 2007

  • Romano se comportó de mala manera

Llegar al Azteca era más difícil que los atacantes del Atlas anotaran. Cualquier medio para arribar a Santa Úrsula era incómodo, carente de intimidad y tardado.

Si querían llegar mediante el tren ligero, era un suplicio, pues los vagones estaban atestados de seguidores del América, no cabía ni un confeti.

Otra alternativa eran los peseros. Pero subirse a uno implicaba no sólo llegar tarde al estadio, sino, a lo mejor no llegar. Pues los conductores con sus vehículos repletos hacían rebases como si estuvieran en una pista de Formula 1, y no en la Calzada de Tlalpan.

Llegar en tu carro significa dejarlo estacionado lejos del inmueble, pagar 50 pesos y caminar un largo tramo. Arribar en taxi al futbol, dejó de caché a quien lo hace, pues le truena cuando le entra la reversa y amaga con apagarse en cada arranque.

Pero los sufrimientos para estar en el coloso valían la pena y más si se viene uno vestido de amarillo y azul.

La mayoría y trían sus boletos para entrar, pero muchos otros no y muy pocos ni siquiera llevaban dinero. Los revendedores decían en tono paternal “Ya no hay, yo tengo los últimos de a 100 pesos”, no se iban cuando ya estaba otro argumentando que también tenía de las localidades escasas. En menos de 50 metros había 50 revendedores con boletos y eso que ya no había.

Al ingresar al Azteca de inmediato se notaba que la afición estaba con los americanistas. Una gran entrada, cercana al lleno se veía en las tribunas y cuando comenzó el partido no dejaron de alentar a su escuadra, los cerca de 90 mil asistentes vivían su locura al máximo, esa locura que sólo dan los triunfos, esa locura que se sustenta en resultados, los cuales el América tiene a favor.

Este ambiente de triunfo y algarabía fue patrocinado por las genialidades de Cuauhtémoc Blanco, quien no se administra en sus últimos partidos como jugador de las Águilas, al contrario juega para la tribuna y la tribuna llena el Azteca para él.

Cuando el Atlas intentó una reacción, el ídolo del América buscó y encontró un penalti.Rubén Romano también enloqueció, se fue sobre Jaime Herrera, árbitro central le reclamó y se ganó la expulsión; después se le puso nariz con nariz a Herrera, lo ofendió, manoteó y a poco estuvo de soltarle un golpe.

Para finalizar su actuación, el técnico atlista detuvo el partido, invadió la cancha y antes de irse fue y le dio la mano al Cuau. ¡Ah!, Blanco metió el penalti festejó como le gusta hacerlo. Cuauhtémoc se lució, brilló y eliminó a los rojinegros.

Fiesta en Coapa sueñan con la nueva estrella; el Atlas regresó a su realidad.

[mt][foto: O. Martínez/MEXSPORT]

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