No, Cruz Azul, ésta tampoco fue la tuya

La bella estampa futbolera que se registra en las tribunas del Estadio Azul contrasta con el pensamiento de Rubén Omar Romano. El técnico emplumado, con la tensión reflejada en el rostro, da los...
La bella estampa futbolera que se registra en las tribunas del Estadio Azul contrasta con el pensamiento de Rubén Omar Romano. El técnico emplumado, con la tensión reflejada en el rostro, da los primeros pasos sobre el verde césped de la casa cementera y
 La bella estampa futbolera que se registra en las tribunas del Estadio Azul contrasta con el pensamiento de Rubén Omar Romano. El técnico emplumado, con la tensión reflejada en el rostro, da los primeros pasos sobre el verde césped de la casa cementera y

Mauricio Cabrera | MEDIOTIEMPOEstadio Azul. Sábado 15 de Marzo de 2008

  • Richard Núñez fue el jugador más abucheado

La bella estampa futbolera que se registra en las tribunas del Estadio Azul contrasta con el pensamiento de Rubén Omar Romano. El técnico emplumado, con la tensión reflejada en el rostro, da los primeros pasos sobre el verde césped de la casa cementera y se dice que es posible, que las piezas heredadas de la filial pueden escribir una de esas historias épicas tan probables en la historia del balompié.

Los aficionados empiezan a escuchar las alineaciones y se dan cuenta que el América de hoy no es el equipo grande, el histórico, el todopoderoso. La escuadra azulcrema que salta a la cancha es el fiel reflejo de la mala planeación previa al inicio de la competencia. Nombres nuevos, llenos de hambre de triunfo pero también de inexperiencia, empiezan a ser del conocimiento de los seguidores del conjunto de Coapa, quienes cantan y apoyan, aunque para sí mismos su razón les indica que no hay punto de comparación entre la plantilla del rival y el once inicial de los suyos.

La partida inicia. América tiene la pelota, la pasea de un lado para otro como queriendo hacer tiempo, reconociendo que, dadas las circunstancias, una igualada ante los de La Noria significaría una nota sobresaliente. Cruz Azul, en cambio, se siente comprometido con su gente, con los millones de seguidores que quieren quitarse las dudas y volver a saborear un triunfo ante el rival más odiado, ante el equipo que ha ejercido una paternidad a lo largo de los últimos años.

Y la toca el hablador malagradecido, el hombre que lejos de profesar respeto y cariño a los  tiempos que vivió en La Máquina Celeste, decidió aprovechar los micrófonos para afirmar que ahora sí, enfundando en la camiseta de las Águilas, llegaba a un club grande. El problema no es que se lanzara en contra de los cruzazulinos, sino que sus palabras nunca las ha podido reflejar sobre el terreno de juego, donde ha decepcionado a azules y amarillos por igual. Al minuto 9, Richard saca disparo y refleja su frustración al estrellar la pelota en la retaguardia cementera.

Romano se ve intranquilo, presiente lo que puede estar por suceder. Se respira una tensa calma. La de gajos se pasea sin trascender y Navarrete aparece a cuentagotas sin ser exigido a fondo. Se van los veinte primeros minutos y las Águilas levantan el vuelo con mayor seguridad, dando la impresión de tener la ecuanimidad requerida para soportar la inminente carencia de talento y profundidad del mediocampo hacia el frente.

Quien no confía en sus atributos, suele recurrir a herramientas ajenas a la limpieza deportiva. Un pisotón de Cañabas a Rogelio Chávez y una fuerte falta del villano del día, Richard Núñez, daban muestras inequívocas del nerviosismo que recorría la estructura de la novata e inexperta cuadrilla americanista.

A los golpes del visitante, Cruz Azul responde con futbol. La llave no es otra que Gerardo Lugo, quien ya se ha despojado de la etiqueta de suplente para convertirse en uno de los soldados más efectivos del comando celeste. Al minuto veintiocho,  el joven celeste bailotea de la derecha hacia el centro, deja sembrado a Carlos Sánchez y embiste para mandar la pelota justo al segundo poste del arco resguardado por Navarrete. Ciento veinte segundos más tarde, el “Jimmy” reta las leyes de la gravedad y estremece el corazón de los emplumados al chocar con violencia la de gajos y mandarla a la base del travesaño.

Y América vuelve a escena. Lo hace con su más notorio recurso del periodo inicial: la violencia. Armando Sánchez se barre, ignora el sentido común, y lanza una plancha a Riveros para ser enviado de inmediato a las regaderas. Pena, desazón, desesperanza en el conjunto de Coapa.

El cuadro se obscureció aún más para los emplumados al minuto treinta y nueve. Miguel Sabah, acusado injustamente por muchos como un hombre que desaparece en los momentos importantes, muestra templanza y corazón al rematar un centro medido de Gerardo Torrado, quien antes había aprovechado una nueva falla en el sistema de comunicación defensivo del oponente. El Azul se convierte en un pandemonio, en la explosión de un gol soñado a lo largo de la semana.

Instantes después, se va el futbolista más repudiado por ambas parcialidades. Richard Núñez aprovecha el tanto recibido en contra y así se salva de recibir una rechifla que hubiera quedado para el recuerdo. En el anonimato, sin hacer nada, tal como ha sido su etapa en las Águilas, abandona prematuramente la batalla y da cabida a Guillermo Cerda, la opción elegida por Romano para retomar el orden en la trinchera y mejorar el hasta entonces cutre desempeño del sector bajo.

El primer tiempo se extingue, muere sin remedio. Pero antes, aparece la figura regordeta de Salvador Cabañas para avisar que los emplumados todavía tienen mucho que decir. El paraguayo observa la pelota, ésta da un bote cerca de la medialuna, y el guaraní embiste con elegancia para obligar la soberbia intervención de Oscar Pérez.

Se escucha el silbatazo. Tiempo de ir a los vestidores, de aprovechar para ir al baño y reflexionar respecto a lo sucedido sobre la cancha. Se percibe la ilusión que genera el triunfo parcial en unos y la preocupación por el resultado en los odiados forasteros.

Los actores reaparecen en escena. La lógica nos enseña un guión en el que se acaba la supremacía americanista. Mientras Cruz Azul está entero y con ingente hambre de triunfo, los de Rubén Omar Romano se ven pálidos, sin el material humano para terminar con la seguidilla de cinco tropiezos en fila dentro del torneo local.

La amenaza de tragedia americanista se convierte en un campo de esperanza. El indomable guerrero paraguayo, el hombre de las mil batallas, Salvador Cabañas, interfiere el contacto defensa-portero y corta con el pecho un pase a profundidad para dejar inerme a medio camino a Oscar Pérez, adelantarlo con una explosión de velocidad y cachetear el mágico objeto redondo para mandar guardar la pelota y arrinconar los sueños cruzazulinos. 

El duelo adquiere tintes dramáticos. El ferrocarril celeste no está dispuesto a permitir que la presa se le vaya viva. Y así, con el temperamento que supuestamente le falta a la hora de la verdad, Sabah se convierte en protagonista por segunda ocasión y anota el tanto del desequilibrio, el vuelve a la vida para el pueblo azul.

Los ataques al arco emplumado se mantienen. Navarrete malabarea con las manos y consigue rechazar una pelota con vida dinámica y caprichosa. Las Águilas respiran con el corazón latiendo a mil por hora. La guerra se encuentra en su punto culminante, en el momento en que se mata o se muere.

Romano decide darle cabida a su talismán, a quien hizo posible que su debut al frente de los de Coapa fuera triunfal. Federico Higuaín va al terreno de juego en sustitución de Carlos Sánchez. Las manecillas corren, se esfuma un minuto más, dos… y aparece Cabañas como águila en busca de alimento, lucha por la pelota. Beltrán se tiende, la pelota queda muerta y el “Pipita”, con esa costumbre de anotar goles de auténtica valía, empuja la pelota y registra el equilibrio en los cartones. Romano grita eufórico. Los aficionados cruzazulinos presienten que, por enésima ocasión, ésta no será la suya.

Los nervios se apoderan de Sergio Markarián. Busca hallar las palabras adecuadas, los gritos perfectos, infalibles, para reanimar a sus pupilos y convencerlos de la oportunidad de oro para demostrar que el América no ejerce ningún tipo de paternidad; sin embargo, ya las redes nunca vuelven a moverse. Cruz Azul intenta, hace el gasto, pero el pasado, los fríos números de a poco se van convirtiendo en una losa superior a las intenciones de triunfo.

Al final, enardecidos por el fragor de la batalla, unos y otros se sueltan golpes. Los cartones señalan división de honores. No obstante, América sabe que le fue mejor de lo esperado; entretanto, La Máquina pita con desolación porque se le ha escapado una nueva ocasión. Ya será, siempre lo dicen, para la próxima…

[mt][foto: Mexsport]

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