Jesús Arellano, la historia (Parte 1)

Con su partido de despedida este sábado en el Estadio Tecnológico, Jesús Arellano no sólo pondrá su fin la carrera del más grande ídolo y futbolista nacido en la Sultana del Norte, sino que...
Con su partido de despedida este sábado en el Estadio Tecnológico, Jesús Arellano no sólo pondrá su fin la carrera del más grande ídolo y futbolista nacido en la Sultana del Norte, sino que escribirá el desenlace de una historia difícil de repetir.
 Con su partido de despedida este sábado en el Estadio Tecnológico, Jesús Arellano no sólo pondrá su fin la carrera del más grande ídolo y futbolista nacido en la Sultana del Norte, sino que escribirá el desenlace de una historia difícil de repetir.  (Foto: Staff)
Monterrey, Nuevo León -
  • De origen humilde surgió el más grande ícono del futbol regiomontano
  • Pondrá fin a una trayectoria de 17 años en Primera División

Sus huellas quedaron trazadas en una senda que nunca un deportista regiomontano había podido recorrer.

Con su partido de despedida este sábado 16 de julio en el Estadio Tecnológico, Jesús Arellano no sólo pondrá su fin la carrera del más grande ídolo y futbolista nacido en la Sultana del Norte, sino que escribirá la última página de un libro que difícilmente volverá a escribirse en suelo nuevoleonés.

Medio Tiempo se adentró a los orígenes del último gran pícaro de la Selección Mexicana para recabar los testimonios de los personajes que lo acompañaron en su trayectoria, desde sus amigos en su querido barrio de la colonia Indeco Naranjo de Monterrey, hasta la Primera División con Rayados, de donde se catapultó a tres Copas del Mundo.

A través de cinco capítulos, una entrega por día, te llevaremos a conocer los detalles de cómo se forjó el jugador que se volvió un ícono de la ciudad, y que este sábado dirá adiós, en la última gambeta de su vida profesional.

LOS ORÍGENES DEL ÍDOLO DEL BARRIO

Desde el poniente de Monterrey se ve más pequeño el Cerro de la Silla, aunque las distancias físicas no se comparan con los esfuerzos humanos cuando se quiere sobresalir.

A unos cientos de metros de la avenida Lincoln, y teniendo a la espalda el Cerro de las Mitras, un barrio bravo se abre paso entre andenes y calles angostas que no todo mundo se atreve a transitar. La presencia de pandillas es notable incluso a plena luz del día. Los grafitis enmarcan territorios, mostrando que las disputas que hoy trastocan a la ciudad tienen muchos años al acecho en ese rincón. Ahí la vida puede llamarse de cualquier forma, menos sencilla.

Fue en ese entorno donde hace más de tres décadas, y sin una estructura para ello, la colonia vio su más grande aporte, con un jugador que llamó la atención de forma natural, dotado de una inteligencia superior en el deporte del futbol.

Apenas tenía cinco años de edad cuando José de Jesús Arellano Alcocer comenzó a esculpir sus primeros trazos con el balón, y lo hizo de la mano de su padre, don Chuy Arellano, quien fundó un equipo de futbol llamado 'Leones Negros' que lo formaban los niños que habitaban la colonia Indeco.

Desde pequeño el emblemático jugador del Monterrey demostró una gran pasión por el deporte de las patadas. Su hermana Alma lo describe como un niño muy inquieto y alegre, quien encontró en el balón su alter ego.

“Anduvo jugando en el equipo de papá como hasta los 14 años, hasta que entró a la prepa; a veces lo llamaban para que reforzara al Colegio ‘El Regio’ y él iba con mucho gusto, porque el futbol era lo que más le gustaba hacer”, explica su consanguínea.

“Siempre desde niño fue muy bromista, muy hostigoso con la gente, donde había calma, ahí iba él para hacer guato; siempre ha sido muy buen hermano, que ayuda a toda su familia, siempre está al pendiente de todos”.

Mientras cursaba sus estudios de primaria, el mediocampista pasaba horas enteras entrenando en las canchas de tierra de su barrio natal, más por diversión que por trabajo. El escenario no daba para aspirar al profesionalismo.

Mario Alberto, uno de los compañeros que jugó a su lado en los años setentas, comenta que ya desde pequeño entonces daba muestras de su talento.

“Sin duda que su papá fue su primer gran maestro, él era el entrenador del equipo y aunque éramos niños a él le gustaba que las cosas salieran bien”, señala.

“Fue una época inolvidable, pues uno a esa edad lo que quiere es divertirse, pero 'Chuy' sí se veía con talento para más”.

En la colonia ya desde entonces abundaban las rencillas y las tentaciones. Arellano crecía ajeno, aunque tomó el gusto por la música popular que lo rodeaba. Fue un desarrollo a ritmo de cumbia donde los lujos eran simplemente un sueño. ‘Chuy’ aprendería el oficio para confrontar los problemas, pero sin dejarse aplastar por ellos.

Doña Silvia Romero, quien aún habita en la colonia Indeco, retrocedió su memoria hasta aquellos episodios de la infancia del creativo albiazul.  Ella es madre de Luis Enrique, David y Miguel Ángel, tres compañeros de Arellano en la infancia, a quienes vio disputar el balón infinidad de ocasiones.

"Chuyín comenzó a jugar desde los cuatro años porque su papá lo metió a uno de los equipos que él entrenaba; ahí tenía yo a mis hijos también en diferentes categorías. Era como es hasta ahora, siempre fue flaquito, pero sabía moverse muy bien en la cancha, siempre andaba pegado con el balón y era un niño alegre que le gustaba convivir mucho”, comienza el ama de casa en su relato.

“Siempre ha sido un muchacho muy humilde, cuando comenzó a figurar con Rayados nunca se creció, siempre con los pies bien puestos en la tierra y orgulloso de sus orígenes, y eso a uno la deja muy feliz de que él haya nacido y crecido en este barrio”, añade doña Silvia, quien aún conserva la legendaria playera del club que marcó a la camada.

Hoy en día las canchas de tierra donde Arellano marcó sus primeros goles han dejado de existir, pues hace más de 20 años dieron paso a pequeñas plazas, estacionamientos y parques con juegos infantiles. Pero los callejones donde transitaba para llegar a su casa aún conservan ese olor a barrio y, ese hogar que habitó es recordado por los vecinos con mucha nostalgia, como el escaparate que vio nacer a su más grande estrella.

EL DESCUBRIMIENTO

Tras foguearse con el equipo dirigido por su padre, Jesús Arellano tuvo el celestino que muchos futbolistas buscan en sus inicios.

José Barragán, un empresario y promotor deportivo a quien se le conocía por el apodo de “El Charro”, adoptó un equipo donde apareció Chuy entre una plantilla extensa. No fue difícil notarlo.

“Compré un equipo de la Tercera División (no existía la Primera A), y compré una franquicia que traía 27 jugadores y entre ellos venía ‘Chuy’, de 16 años; desde esa edad era un jugador verdaderamente extraordinario, no me puedo adornar con eso de que yo lo descubrí, porque yo no fui al llano a verlo”, menciona el empresario.

Junto a Barragán estaba Pepe Sánchez, quien era el entrenador del equipo, y no dudaron en llevarlo a las filas de los desparecidos Vaqueros de Apodaca a un reto mayor. Era el año 1989, y Sánchez acababa de retirarse del profesionalismo, luego de jugar para Tigres y Rayados en el máximo circuito.

"Le dije al ‘Charro’ que no tenia duda de que él (Chuy) llegaría a jugar en la Primera División por las grandes condiciones que tenía, y no me equivoqué”, menciona Pepe, hoy entrenador de Fuerzas Básicas del Toluca.

“Desde que llegó conmigo a los 17 años ya tenía esa habilidad, esa picardía, esa viveza para jugar al futbol y esa velocidad;  él empezó conmigo jugando de centro delantero. A la larga se convirtió es el mejor jugador que ha dado el futbol de Nuevo León".

Pero el desarrollo y el entorno exploraban los límites personales del Arellano adolescente. La indisciplina brotaba haciendo peligrar su camino. “Era muy pícaro, muy vacilador como todos los jóvenes de esa edad, aunque era distraído y a veces no le gustaba entrenar, por eso le llamé la atención muchas veces", recuerda Pepe.

Aunque ni los regaños hacían que Chuy se desprendiera de su origen. Siendo estudiante preparatoriano vivía la época de responsabilidades paralelo a las leyes de rebeldía naturales. Entonces decidió dejar el futbol. Anunciaba su retiro antes de comenzar su verdadero camino. Ahí Barragán jugó un papel determinante.

“A los 18 años ya no quería jugar, porque él era un bailador de cumbias y quería dedicarse a eso”, recuerda 'El Charro'. “Él quería divertirse, prefería su barrio, sus amigos que la disciplina del futbol; entonces, fui a su casa, y frente a sus padres le dije, ‘mira Chuy: el futuro tuyo y de tu familia lo traes en tus piernas’ y debes tomar una decisión”.

Abortar la idea del retiro cambiaría su vida para siempre.

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