El joven Gandhi, un apasionado del futbol que vivió 21 años en Sudáfrica

Es Indaba una zona de mucha pobreza. En ella hay una colina donde se sostienen, casi por acumulación, cientos de casitas de lámina que pese a ser de unos cuatro metros cuadrados, cobijan cada una...
Es Indaba una zona de mucha pobreza. En ella hay una colina donde se sostienen, casi por acumulación, cientos de casitas de lámina que pese a ser de unos cuatro metros cuadrados, cobijan cada una a familias enteras.
 Es Indaba una zona de mucha pobreza. En ella hay una colina donde se sostienen, casi por acumulación, cientos de casitas de lámina que pese a ser de unos cuatro metros cuadrados, cobijan cada una a familias enteras.  (Foto: Agustín Cuevas)
Indaba, Sudáfrica -
  • En Indaba, la casa de Gandhi le habla al mundo

Es Indaba una zona de mucha pobreza. En ella hay una colina donde se sostienen, casi por acumulación, cientos de cubos de lámina y madera que pese a tener sólo unos cuatro metros cuadrados, cobijan cada uno a familias enteras.

En la parte superior hay una casita verde pistache, hoy inmaculada, vacía de objetos pero llena de recuerdos y misterios. Le da el sol. Brilla.

El camino pavimentado central de la colina lleva a esta vivienda y ahí termina. Los autos del lugar llegan hasta ahí con la comodidad del asfalto, pero uno no se explica a dónde quieren llegar hasta que toman una esquina de banqueta, trepan y desaparecen en medio de los pequeños caminos de polvo alrededor de la pobrísima colonia.

La casita verde está situada en un terreno que hoy cuenta con tres construcciones. En el proyecto esto debería ser un museo pero es sólo un terreno con cuartos vacíos, buenos deseos y cajas amontonadas.

A pesar del cinturón de pobreza que se ha asentado a su lado, esta pequeña construcción tiene gran trascendencia para el mundo. En ella vivió durante once años un joven abogado que llegó a Sudáfrica vistiendo como cualquier londinense a los 24 años de edad. Su nombre era Mohandas Karamchand Gandhi, aunque para nosotros es simplemente Mahatma Gandhi, uno de los personajes más influyentes para la humanidad.

La historia comienza más o menos así. Un joven hindú que había regresado a su país en 1891 tras graduarse en Londres como abogado, recibió en 1893 una oferta para ejercer su profesión en Sudáfrica de parte de una compañía mercantil. Lógicamente, la sede era Durban, el puerto clave para toda la mercancía que África intercambiaba con la India.

Este joven iba con un contrato de un año; en ese tiempo fue bajado de un vagón de primera clase por el que había pagado, sacado de hoteles que su profesión y trabajo le permitían solventar, golpeado y escupido. A pesar de ser un abogado avalado totalmente por Inglaterra, en Sudáfrica era considerado "de color" y tenía prohibido ingresar a los espacios destinados sólo para blancos.

Ahí, Gandhi se dio cuenta de la represión que sufría la comunidad hindú (entonces de 150 mil y hoy de 600 mil sólo en la zona de Durban) por parte de las autoridades y leyes sudafricanas, y decidió emprender una lucha pacífica por los derechos de sus compatriotas. Terminaría 21 años después, cuando en 1915 partió de regreso a India a luchar y consumar la independencia de su patria.

En esa casita hoy pintada de verde pistache vivió el joven Gandhi durante 11 de los 21 años que luchó en Sudáfrica. Su batalla pacífica incluía acciones sociales como la creación de granjas, una de ellas ubicada en esta población llamada Indaba; organizó un cuerpo de ambulancias y dirigió una sección de la Cruz Roja para el ejército británico durante la Primera Guerra Mundial.

Pero Gandhi, que en ese entonces tenía a Tolstoi como una de sus principales influencias, también era un apasionado del futbol e incluso fue Secretario del Club Transvaal Indian Asociation, cuyos partidos y espacios resultaban un punto de encuentro para la comunidad.

El joven hindú que había estudiado en Inglaterra disfrutaba del rodar de la pelota, un gusto que sus compatrioras mantienen hoy en día siendo fieles seguidores de la Premier League inglesa, además, fueron los más activos durante los partidos que el Mundial llevó a Durban.

El joven Gandhi consiguió sus objetivos en Sudáfrica. Su lucha pacífica contra el registro obligatorio que quería imponer el Gobierno a la comunidad hindú provocó encarcelamientos y golpizas. Él mismo estuvo en la cárcel varias ocasiones. La resistencia sin violencia atrajo la atención internacional y la presión provocó que en 1914, Sudáfrica concediera varias peticiones del tenaz abogado, al fin se aceptaron los matrimonios entre miembros de esa comunidad y se erogaron los exagerados impuestos municipales.

La pequeña casa está vacía, sólo una plancha de mármol nos avisa que fue reconstruida en el año 2000 luego de ser prácticamente derribada en una de tantas batallas y revueltas durante la lucha contra el Apartheid.

La planeación del museo falló y su remodelación para cobijar a los visitantes del Mundial quedó fuera de tiempo. Al llegar a él, tras indicaciones y dudas, somos recibidos por un solo cuidador que nos explica brevemente por qué no hay nada más que cuartos vacíos, pero es amable, sonriente y, presumimos, bueno como el pan.

En uno de los espacios en una construcción contigua a la casa original, cajas de fotografías históricas se encuentran vigiladas sólo por la suerte. Esas fotos, de no estar amontonadas en cajas de cartón, deberían mostrarnos lo que pasó entre 1893, cuando ese joven hindú de 24 años y elegantemente vestido llegó a Sudáfrica, y 1915, cuando partió con su familia de vuelta a la India, adoptando ya la vestimenta tradicional de su pueblo natal Porbandar, consciente del sufrimiento que provocaba en los pueblos la opresión y dispuesto a luchar sin más armas que su voz, el ayuno y la no violencia... sabía que podía cambiar al mundo.

Enfrente de la casa de Gandhi unos niños juegan futbol. Son 15 africanos entre 5 y 13 años que suben de las casitas de lámina a este espacio pavimentado que para ellos resulta casi la cancha del Soccer City. Son felices, parecen atraídos por la cantidad de pensamientos que circundan el terreno de las paredes verdes. Los vemos un rato, están descalzos, traen la ropa escogida por el azar de la caridad y juegan con una pelota "salver" versión sudafricana que hace mucho se ponchó sin remedio y en la que aún se identifica un estampado del hombre araña.

No podemos evitar decir "son unos cracks" y ellos no pueden evitar soñarse, imaginarse con la playera del Manchester, del Chelsea, del Barcelona o de los Bafana-Bafana. Pero tampoco nos abandona la claridad de la línea de vida que podemos anticipar entre tanta pobreza y marginación, y que se refleja en los jóvenes ya veinteañeros que con los ojos hinchados, enrojecidos pasan y ven la escena con un poco más de recelo, con un poco más de tristeza y con un poco más de amargura.

Cae la tarde y hay que salir del lugar antes de que anochezca y esto se vuelva "not safe" (sic) para dos extranjeros con un auto rentado, 20 kilos de equipo fotográfico y dos computadoras. El buen cuidador nos pide que firmemos un libro de visitas que lleva en las manos. Se despide mientras la mitad de su cara sonríe y la otra mitad desnuda ese pensamiento de que nunca más volverá a vernos.

Al subir al coche, llega un susurro con el viento, "Poverty is the worst form of violence"… y la casa verde cruje al vernos bajar la colina antes de que la noche nos haga distintos.

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