Mi primer partido en la Copa Santander Libertadores

El martes por la tarde tuve una entrevista en mediotiempo.com. Mi querido equipo Banfield jugaba con Monarcas el miércoles en Morelia y el Periodista Edgar Sandoval pensó que podía ser interesante...
El martes por la tarde tuve una entrevista en mediotiempo.com. Mi querido equipo Banfield jugaba con Monarcas el miércoles en Morelia y el Periodista Edgar Sandoval pensó que podía ser interesante trasmitir el sentimiento de un simpatizante como yo.
 El martes por la tarde tuve una entrevista en mediotiempo.com. Mi querido equipo Banfield jugaba con Monarcas el miércoles en Morelia y el Periodista Edgar Sandoval pensó que podía ser interesante trasmitir el sentimiento de un simpatizante como yo.
Ciudad de México -
  • Con los hinchas de Banfield de toda la vida, no hace falta ni cruzar una palabra para sentirse integrado

El martes por la tarde tuve una entrevista en un medio periodístico llamado mediotiempo.com. Mi querido equipo Banfield jugaba con los Monarcas el miércoles en la ciudad de Morelia, y el Periodista Edgar Sandoval pensó que podía ser interesante trasmitir el sentimiento de un simpatizante como yo, que había editado un libro sobre mi equipo en México, y que tenía 6 años de vivir en este maravilloso país. 

En la entrevista tuve que recordar mis sentimientos, mis experiencias, sentado en un lindo jardín y con una cámara delante de mí. No me imaginaba lo que iba a vivir al día siguiente, y eso es lo que quiero contarles a continuación.

El miércoles fue un día particularmente complicado para mí en la Ciudad de México. Empezó con el pésimo servicio al que me tiene acostumbrado el banco HSBC de México, con colas, demoras, ineficiencias y maltrato al cliente, y terminó con una de mis camionetas descompuesta en un centro comercial. 

Cuando salí de la Ciudad a las 3 de la tarde, con dos de mis cuatro hijos, Diana, la segunda de 13 años, y Fede el tercero de 11, sentí una especie de alivio. A las 6 ya estaba comprando las entradas en el Estadio Morelos. En la tribuna general para los visitantes, 70 pesos por cabeza, menos de 6 dólares.

Busqué un hotel, donde dejamos nuestras cosas. Nos pusimos contentos porque tenía una bandera azul y blanca como la de Argentina y otra verde y blanca como la de Banfield. Ni en un cinco estrellas hubiésemos tenido esa recepción. 

Recorrimos un poquito la ciudad y comimos en un lindo restaurante con mis dos hijos. Todo con el tiempo cronometrado para llegar media hora antes de que comenzara el partido, y estar cómodamente ubicados en el estadio, esperando el tan ansiado comienzo. 

Los tres íbamos vestidos con camisetas de Banfield, con los colores verde, blanco y naranja, que resaltaban entres las miles de camisetas amarillas y rojas del Morelia. También llevábamos mi bandera de la India, en la que mi señora Gaby bordó inscripciones relacionadas con la Copa Santander Libertadores. Por esos caprichos del destino, era el primer partido al que iba de las 3 Copas Santander Libertadores que jugó Banfield, así que era el bautismo de fuego de mi bandera.

La ceremonia de colgar mi bandera no fue como yo hubiese querido. De la cabecera visitante, es como que nos tocó un octavo de la misma. Quedaba justo el espacio para colgar mi bandera, pero el de seguridad no me dejó colgarla allí quién sabe por qué razón, ya que en la tribuna de enfrente las banderas del Morelia tapaban el 100 por ciento del alambrado. 

Pero bueno, son las dificultades que tiene que afrontar uno cuando juega de visitante, así que la colgamos debajo de otra bandera. No se veía tan bien, pero ahí estaba. Durante el partido la enfocaron, y mis hijos pudieron disfrutar de ver su bandera en la televisión, así que el objetivo que yo tenía fue cumplido a pesar de todo.

Cuando llegamos, no había más de 10 personas de Banfield. Y al comenzar el partido éramos unos 30. De Morelia fueron como 25 mil. O sea que había más de 830 simpatizantes de Morelia por cada simpatizante de Banfield. Es interesante analizar como se componía la mezcla de nuestra hinchada. Había hinchas que se vinieron de Argentina, mezcla de fanáticos y poder adquisitivo para afrontar los gastos del viaje. 

Habíamos algunos que siendo simpatizantes de Banfield vivimos en México, y si bien estamos en otra ciudad, podíamos darnos el privilegio de viajar hasta Morelia en un día laboral. También estaban los simpatizantes del Monterrey, adoradores del jugador Walter Erviti, un mago habilidoso de los que ya cada vez quedan menos. 

Otro grupo estaba compuesto por jugadores del equipo de Celaya, ya que su entrenador es un ex jugador del Banfield llamado Heber Birriel Torres. Y para completar y embellecer el selecto grupo, dos modelos con la camiseta argentina de la Selección de hockey femenina. Éramos pocos, pero sin duda, una buena mezcla para dar nuestro aliento al equipo.

Con los hinchas de Banfield de toda la vida, no hace falta ni cruzar una palabra para sentirse integrado. Tanto años vistiendo la misma camiseta, y hasta los calzados tenis con los colores verde y blanco ya nos hace casi como hermanos. 

Unos de ellos me conocían por mi libro, así que fue muy rápido entrar en confianza. Una de las del Monterrey, resultó que había sido la novia de otro argentino que compró mi libro en Argentina, y que yo chateaba con él por Internet. 

Heber fue un ídolo para mí. Como jugador era incasable, flaco y musculoso, dejaba la vida en cada partido. Le decíamos “El Pulpo” porque parecía que tenía ocho piernas en lugar de dos. 

Él fue con su señora y sus dos hijas pequeñitas. Y las modelos, que resultaron ser argentina y francesa tenían muy buena onda, y no paraban de sacarse fotos con los hinchas del Morelia que venían a visitarnos “desinteresadamente”. 

En pocas palabras, ya cuando empezó el partido éramos como una familia, como si nos conociésemos de toda la vida.  Como dijo mi hija al finalizar el partido, “papi, ellos eran muchos, pero es más lindo cuando somos poquitos porque nos integramos más”. Un tambor con ritmos de carnaval motivaba más aún esta unión.

El partido no fue lindo, es más, fue bastante aburrido. El futbol rápido de hoy en día, está más orientado a atletas bien entrenados, capaces de correr los 90 minutos. No se puede armar ninguna jugada interesante, porque cuando un jugador tiene la pelota, ya tiene dos o tres rivales encima de él dispuestos a sacársela, o a lastimarlo en caso de no poder hacerlo. 

Morelia tiene ese estilo, mucho entusiasmo, mucha entrega pero muy poca capacidad. Y Banfield entró en ese ritmo, jugando claramente a llevarse un empate. Y así parecía que iba a ser todo el partido. El que podía no quería, y el que quería no podía. Para colmo de males, el Árbitro cumplió con la vieja ley de ayudar al local, expulsando a un defensor de Banfield injustamente con roja directa, aunque después tuvo que expulsar a un jugador de Morelia por la segunda amarilla.

Yo en la cancha me transformo. Insulto, grito, me apasiono. En un momento me la agarré con Jared Borgetti, ja, ja. El tipo ya no está para jugar claramente, así que le grité: “deja de jugar y retírate de una vez”. Cuando terminé de decir mi frase me arrepentí. Pero no por lo que había dicho, sino porque recordé que casi siempre que decía algo así, el mismo jugador terminaba haciendo un gol, aunque fuera la única pelota que tocara en todo el partido. Y para mi mala suerte así fue.  Un cabezazo de Borgetti puso el uno a cero, que parecía que nos iba a amargar la noche.

Comenzó la primera parte fea de la noche. Algunos simpatizantes del Morelia, comenzaron con los insultos hacia Argentina, Maradona, y nuestras madres. Incluso una persona tiró un vaso de cerveza. La Policía rápidamente lo arrestó. 

A veces uno no termina de entender por qué ese odio y eflejarlo en un partido de futbol. Mi equipo argentino, al que amo, estaba perdiendo con un equipo mexicano, pero eso no tiene nada que ver con que empiece a odiar a México, país que cada vez quiero más.

Es sólo un juego, un partido donde uno gana y el otro pierde. Donde uno disfruta y el otro respeta. Lamentablemente muchos simpatizantes del Morelia no lo entendieron así, y mostraron que no entienden todavía que esto es sólo un juego. 

Cuando vi la tribuna local peleándose entre sí, y miré a mis dos hijos, dije, bueno, en realidad es más seguro perder, porque si llegamos a empatar estas personas no sé cómo pueden reaccionar. Recordé a los policías en la calles por todos lados cuando veníamos al estadio, y el comentario de la balacera con muertos en plena calle en la ciudad de Morelia. Los abracé a los dos, y me quedé con ellos.

Pero cuando faltaban minutos para que terminara el partido, con un tiro libre a nuestro favor, me dije: “Marcelo ¿Qué estás pensando? Este partido hay que empatarlo, después veremos por dónde saldremos corriendo para que no nos maten”. 

Me salió el hincha fanático que llevo adentro. El hincha que estaba a mi lado me miró frustrado. La modelo dijo: “Qué lástima, no pensé que iban a perder”. “Perder... las pelotas”, pensé, y le dije al otro hincha “ahora viene nuestro gol”. El tiro final pasó lejos del arco, pero yo ya tenía el pálpito, la premonición, y eso nunca me falla, es la herencia de mi abuela manosanta.

Los simpatizantes del Morelia ya estaban festejando por anticipado su triunfo. El estadio era una fiesta. Pero una jugada de otro partido, hizo que uno de nuestros jóvenes jugadores formados en el club hiciera un golazo. Me hizo recordar el gol de Marcelo Benítez en 1987, cuando le ganamos a Belgrano de Córdoba y volvimos a Primera División. La imagen de este gol a los Monarcas, así como el otro del '87, van a quedar siempre en mi recuerdo. Golazo. El abrazo con el hincha que ya nos veía perdidos fue espontáneo, mágico. Lo mismo con mis hijos. No hubo abrazo con las modelos, porque ya no hubiese sido sólo festejo de hincha.

¿Cómo puede uno explicar la sensación, el momento, la vivencia? Yo creo que uno junta al más experto budista, o tántrico, o metafísico, y no llega a sentir lo que uno siente. Ese grito de gol que sale desde adentro, que limpia todo el estrés, que desahoga todas las penas. En ese momento uno es pleno, es feliz, es como que llegar a una especie de Nirvana. 

Un gol en el último minuto es algo mágico. Pasado ese momento, el estadio quedó callado, mudo, parecía muerto. Los 25 mil estaban quietos, inmovilizados, y los 30 tomamos el control. Sólo se escuchaban nuestras voces, sólo se veían nuestros movimientos. 

Una persona lógica diría “pero si empataron, los dos se van a llevar la misma cantidad de puntos”. Pero así es el futbol. Nosotros “ganamos”, porque éramos visitantes, porque el Árbitro estaba del lado del Morelia, porque éramos uno contra 800, porque ya parecía que estábamos perdidos. Y viendo fríamente, cosa que uno ni se dio cuenta en ese momento, ese gol fue mágico para Banfield y mortal para Monarcas. 

Banfield tenía 7 puntos y Monarcas 4 antes del partido. Con el triunfo del Monarcas estaban los dos con 7, quedando para definir el pase a la siguiente Fase en el próximos partido. Con este gol y el empate, Banfield quedó con 8 puntos y Morelia con 5. Morelia ya quedó casi sin chances.

Terminó el partido. Felicidad total en el pequeño grupo de simpatizantes del Banfield. Pero empezaba el calvario. Una botella llena de refresco tirada por un fan del Morelia dio en la cabeza de uno de nuestros compañeros. Había niños y mujeres, y se podía ver que en la parcialidad de Morelia muchas personas no estaban con todos sus sentidos. 

El alcohol lamentablemente a veces transforma a las personas. Había 10 Policías. ¡Ups! Un simpatizante de Banfield por cada 830 hinchas del Monarcas y un Policía por cada 2 mil 500. El grupo tuvo que unirse más todavía. En la salida se incorporaron más Policías. Uno entendía la frustración de los simpatizantes del Morelia, pero no podía entender la agresividad. 

Si cada uno de nosotros había hecho un sacrificio por ir ahí. Si había niños y mujeres. Si el gol había sido legítimo, resultado de la capacidad, la habilidad y el esfuerzo de nuestros jugadores... Pero también hubo muchos hinchas que nos fueron a buscar a la salida con buena onda, con una mirada de sana envidia. Como reconociendo el esfuerzo y valorándolo. . Yo siempre termino los partidos con mi camiseta puesta. No importa si mi equipo gana o pierde. No importa si estoy en medio de la tribuna visitante y me miran con ganas de matarme. Pero esta vez, me la tuve que sacar. 

La mujer del Monterrey que nos acompañó hasta el final, los Policías que me escoltaron hasta el auto, y el hecho de estar con mis dos hijos, hicieron que por primera vez en mi vida me sacara mi camiseta. Varios quisieron cambiármela, sin saber que esa camiseta, para mí ya no es un pedazo de tela, ya tiene tantas batallas, tantos recuerdos, que ya no puedo darle sólo un valor material.

Salí con mis dos hijos, que observaban el peligro con madurez. Con precaución, pero sin miedo. Recordé que cuando elegimos el hotel, podría haber ido al mejor de la ciudad, por un día no era un problema considerando el viaje que habíamos hecho. Pero preferí ir a un hotel modesto, porque es la educación que quiero dejarles a mis hijos. Lo único que había de lujo era una pantalla de plasma, todo lo demás era muy sencillo en el Hotel San Miguel, donde fuimos. 

Pero ellos supieron encontrar lo que les gustaba, como ese plasma, y disfrutarlo como si hubiese sido el mejor. Lo mismo hicieron con esta parte fea del partido, donde creo que estuvimos con nuestra integridad física en peligro. Supieron diferenciar el respeto de la mayoría de la gente de Morelia, y sacar eso como valioso  y disfrutarlo ¡Cómo no estar orgulloso de mis bebés! En el celular tenía una llamada de mi hijo mayor, que me había visto en la tele.  Recordé una canción que siempre cantaba en Argentina:

Gracias Banfield por todo lo que hiciste Gracias Banfield por todo lo que das Aquí llegó tu barra kilombera Vamos Taladro, vamos a ganar

Mañana es mi cumpleaños, y el mejor regalo ya me lo dio mi querido equipo y mi familia ayer. Unos momentos inolvidables, junto a mis hijos, y con sensaciones que siempre ayudan a que uno sea una persona feliz ¡Gracias Banfield y gracias Morelia!

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