El Color del Alemania-Costa Rica... Una fiesta con sabor teutón

El guión indicaba que así tenía que ser. Alemania se preparó a conciencia para albergar la máxima justa futbolística del orbe, tomó las medidas necesarias para ofrecer un torneo extraordinario a...
 El guión indicaba que así tenía que ser. Alemania se preparó a conciencia para albergar la máxima justa futbolística del orbe, tomó las medidas necesarias para ofrecer un torneo extraordinario a los ojos del mundo e ideó un esquema en el que el objetivo p

Mauricio Cabrera | MEDIOTIEMPOEstadio de la Copa Mundial de la FIFA, Munich. Viernes 9 de junio de 2006.

  • Así lo decía en el guión.
  • Costa Rica hizo lo que estaba a su alcance

El guión indicaba que así tenía que ser. Alemania se preparó a conciencia para albergar la máxima justa futbolística del orbe, tomó las medidas necesarias para ofrecer un torneo extraordinario a los ojos del mundo e ideó un esquema en el que el objetivo principal era darle alegría a su gente. En el rubro logístico, no había duda: cumplió cabalmente. En el deportivo, existía la duda, quizás sigue existiendo, pero consiguió un triunfo que brinda confort para trabajar en sector defensivo.

Las tribunas, el balón y el destino mismo quisieron ser partícipes de la fiesta teutona. Costa Rica fue la víctima, se quedó con un revés que puede liquidar por completo sus aspiraciones de acceder a la siguiente ronda. Sin embargo, los ticos hicieron lo suyo, dieron más batalla de la esperada y hasta se dieron el lujo de confirmar la calidad de Paulo César Wanchope, hombre infalible dentro del área. Tuvo dos y metió el mismo número. Su impresionante serenidad frente al arco queda como uno de los gratos recuerdos del juego que sirvió como punto de partida para comenzar a soñar con el andar de un objeto redondo.

Los millones de aficionados que siguieron el primer duelo de la Copa del Mundo conocían de antemano cuál era la historia que iban a observar. El cuadro anfitrión salía como claro favorito, tanto por historia como por el probado talento de cada uno de los jugadores. Los de casa no tardaron en hacer valer su jerarquía. El Mundial apenas comenzaba a saborearse, corría el minuto tres, cuando un disparo de Torsten Frings estremecía las redes centroamericanas. La de gajos pegó en la parte superior de la red, apenas atrás del travesaño. Se trató del primer aviso, de una advertencia que se materializó segundos más adelante, en el instante en que Philipp Lahm decidió inscribir su nombre en la historia de las Copas del Mundo al convertir el primer gol de Alemania 2006. El habilidoso elemento alemán controló la de gajos, picó de la izquierda hacia el centro y tiró cruzado para incrustar la redonda justo a un lado del segundo poste. Un mar de banderas tricolores inundo el estadio de la Copa Mundial de la FIFA; el mundo entero rugió emocionadamente al celebrar el primero de muchos goles que caerán a lo largo de la competencia.

A Costa Rica le temblaban las piernas. Lo que bien podría lucir como una exageración no lo es tanto: el equipo de Alexandre Guimaraes sufría de pánico escénico. No es cosa de todos los días pararse frente a millones de espectadores y enfrentarse a una de las potencias históricas del balompié mundial. Le costaba tener la pelota, les producía ardor en las piernas a algunos elementos costarricenses. En esos momentos de nervio absoluto, se volvió necesaria la aparición de un líder. La escuadra roja lo encontró en Paulo César Wanchope, quien rompió la línea teutona y disparo abajo para derrotar a Lehmann. El temor de una desagradable sorpresa rondó las frías almas de los alemanes.

La maquinaria teutona sufrió una herida en el orgullo con el tanto del empate. Con la casta propia de los grandes, la escuadra de Klinsmann se apuró para que las cosas volvieran a la normalidad. Miroslav Klose, tan preciso como siempre, hizo bueno un tiro centro de Schweinsteiger y empujó la pelota hasta el fondo del cajón tico. Son las jerarquías que persisten en el futbol. A unos les cuesta sangre herir al rival; a otros les basta con un acto de inspiración para calmar la amenaza de tempestad.

El resto de los cuarenta y cinco minutos iniciales estuvo marcado por un claro dominio alemán. El balón fue propiedad absoluto del conjunto blanco, aunque pocas veces llegó a utilizar cañones de verdadero peligro para la puerta de Porras.

Alemania regresó del intermedio con actitud propositiva; estaba convencido de poder ganar por amplio margen si así lo deseaba. El estilo de juego teutón, que tradicionalmente combina la sencillez con la efectividad, apareció en el complemento. Sin mucho sudor y con un poco de empeño, Klose aprovechó un servicio al área para rematar con la testa. El cancerbero costarricense reaccionó y alcanzó a rechazar. Miroslav, en el contrarremate, concretó el gol de la certidumbre.

Los pupilos de Alexandre Guimaraes sorprendieron por su espíritu de lucha. Ya se les daba por muertos con la desventaja de dos anotaciones; pese a ello, mantuvieron cierta tranquilidad a la hora de entrar en contacto con la de gajos y tejieron lentamente la acción que terminaría dándoles una ligera dosis de ilusión. Centeno, conociendo a priori las severas limitaciones de la retaguardia europea, quebrantó la zaga alemana y encontró a Wanchope, éste resolvió de la misma forma que en la primera ocasión: sereno y tranquilo, como si se tratara de cualquier cosa, punteó ante la salida de Lehmann y decidió acercar a los suyos.

 El sueño fue pasajero para los visitantes. Alemania concluyó su primera aparición en escena con un soberbio disparo de Torsten Frings. En tres cuartos de cancha, el jugador del Werder Bremen prendió jubilosamente el esférico. La pelota voló del centro hacia la izquierda, se abrió con precisión matemática e hizo inútil la estirada de Porras.

Cuatro a dos en el marcador. Victoria lógica de Alemania y derrota predecible de los ticos. Para destacar la precisión teutona sobre el arco enemigo y la gallardía de los costarricenses, que, de mantener la actitud, podrían alcanzar algo más que un honroso tropiezo.

[mt][foto: EFE]

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