El Color del México-Irán

 
 
  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mauricio Cabrera | MEDIOTIEMPOFrankenstadion, Núremberg. Domingo 11 de Junio de 2006

Cuatro años de espera, de pronósticos e ilusiones  que señalaban la posibilidad de una participación histórica, llegaron a su fin en medio de un ambiente de esperanza y pasión, de júbilo y grandilocuencia. La fecha fue pensada por muchos; algunos auguraban una victoria categórica; otros un empate insatisfactorio; el resto, los menos, una derrota que acabaría de tajo con todo lo que engloba la pasión por la Selección Mexicana. Los primeros tuvieron la razón: la escuadra nacional habló sobre la cancha, acabó con la que se presume como la mejor representación iraní en la historia del balompié y dejó puestas las condiciones para seguir soñando despiertos, para pensar que una actuación histórica es posible.

Tanto en México como en Alemania, los colores verde, blanco y rojo brillaron con inusual intensidad. No era para menos: el debut de la Selección en territorio teutón resultaba un suceso extraordinario, una oportunidad de volver a ilusionarse con lo más simple; de relegar, aunque sea pasajeramente, los problemas de la cotidianeidad. Durante noventa minutos, el mexicano común y corriente evade sus diferentes retos y objetivos, se olvida de sus traumas y frustraciones, para permitir que sean los héroes de la cancha quienes digan la verdad de su existencia. Un triunfo poco o nada modifica la situación actual de un país que atraviesa por una de las elecciones presidenciales más competidas de su historia, pero vaya que sirve para mejorar el ánimo e impulsar a la sociedad hacia objetivos mayores.

Y entonces, con ese cúmulo de emociones en el corazón de millones de aficionados, empezaron a desfilar  los elegidos para la batalla. Destacó la entereza de un portero que ha traspasado los límites humanos para ser considerado por algunos como un santo. Probablemente no lo sea, simplemente se trata de un futbolista extraordinario, de un arquero que comprende la magnitud de sus actos y que decidió honrar a su difunto padre con un triunfo en la Copa del Mundo. Ya sea en la vida o en la muerte, no habrá padre alguno que emprenda el viaje sin regreso con tanta satisfacción y orgullo. Oswaldo,  hijo más que  portero titular de la Selección Mexicana, aprovechó un certero cabezazo enemigo para volar por los aires y anunciarle al mundo que la vida seguía, que las implacables lecciones de la vida no hicieron más que fortalecerlo. A los once minutos de tiempo corrido, Felipe Sánchez ya había recibido el mayor de sus regalos.

El resto del grupo tricolor que pisó la cancha del Frankenstadion sufrió para concentrarse. La presión era demasiada; de la responsabilidad, ni se hable. México preocupó en los primeros instantes de la confrontación, lucía impreciso y tenso; las piernas flaqueaban… Oswaldo, no conforme con haber realizado una desviada aplaudida hasta en el cielo, decidió expandir los alcances de su proeza para modificar la actitud de los jugadores. Esa misma acción, tan llena de motivación como de nostalgia, se terminaría convirtiendo en el revulsivo necesario para que la escuadra tricolor diera el primer do de pecho en territorio teutón. 

El cambio de actitud se notó gradualmente. Los nuestros empezaron a tocar la pelota y a explotar en demasía el costado derecho. Irán, entretanto, cerraba los espacios con un ejército bien colocado en el centro de su área. Se batallaba con insistencia, pero  no encontrábamos la llave que abriera la puerta del triunfo. Empezaban a producirse algunos nubarrones de preocupación…

La invasión azteca encontró su punto de explosión a los veintiocho minutos. El tanto del desequilibrio se dio a través del recurso más querido, cuando atacamos, y más odiado, cuando defendemos,  para los nuestros: la jugada a balón parado. Pavel Pardo, recordando los centros precisos que acostumbra enviar con el América, entendió claramente el movimiento de Guillermo Franco, éste, con el porte de todo un mexicano, remató picado y encontró a Omar Bravo, quien empujó con la diestra para anotar el primero, el que liberó la tensión acumulada.

 Con el panorama un poco más claro, México empezó a ceder la iniciativa, aunque nunca fue dominado por un equipo más limitado de lo que se esperaba, especialmente del mediocampo hacia el frente, donde sufrió enormidades para tejer acciones colectivas.

Irán tenía muy bien estudiado al cuadro mexicano, sabía que las jugadas a balón parado generaban confusión en la retaguardia. Conociendo dicha fragilidad, los asiáticos ejecutaron un saque de esquina que fue rematado por uno de sus artilleros; Oswaldo alcanzó a reaccionar, pero el contrarremate fue letal y se concretó el gol de la igualada.

La Selección Nacional se fue con evidente nerviosismo a los vestidores. Más allá de la heroica participación del guardameta azteca y de la contundencia de Omar Bravo, no se tuvo mucha presencia en el arco rival. Guillermo Franco y Gerardo Torrado quedaron a deber, tanto que saldrían para el complemento.

El regreso a la cancha, tras quince minutos de incertidumbre, trajo malas noticias para Jared Borgetti. El “Zorro” sinaloense sufrió un ligero tirón en el muslo y se vio forzado a abandonar el terreno de juego. La Volpe, que ya había ingresado a Pérez y a Sinha, se vio forzado a quemar su tercer cambio: ingresó a Fonseca en lugar del adolorido Borgetti.

Conforme los minutos siguieron su marcha, los cánticos que inundaban las tribunas del Frankenstadion comenzaron a perder vigor. La igualada no entraba en los planes mexicanos; sí en los de Irán. El escenario pintaba para una división de honores ampliamente insatisfactoria.

Pero la fortuna quiso estar con nosotros. El arquero iraní equivocó en el despeje; México recuperó… la perdió de nueva cuenta; sin embargo, la zaga mató de forma deficiente el esférico y permitió que Sinha recuperara la de gajos y tocara para la entrada de Bravo, quien aprovechó el resbalón del guardamonte para anotar el segundo tanto, el gol que llevaba consigo aroma a victoria.

La locura en las tribunas era evidente. El “Cielito” Lindo y los gritos de alarido reaparecieron tras el segundo tanto azteca. Encontraron su punto álgido tres minutos más tarde, cuando Sinha rubricó una gran tarde al iniciar jugada con Mario Méndez y concluirla con certero cabezazo. No sólo firmó el triunfo, sino que se inscribió como el primer jugador naturalizado que anota para la Selección Mexicana en una Copa del Mundo.

La Volpe y su cuerpo técnico comprendieron que la victoria estaba en los bolsillos; empezaron a planear el duelo ante Angola. Con el silbatazo final, explotaron las lágrimas de Oswaldo, los abrazos entre seleccionados y el agradecimiento de un pueblo que no sería el mismo sin la ilusión que brinda una Copa del Mundo.

[mt][foto: EFE]

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