El Color del México-Angola... Tarde Negra en Hannover. Lo rescatable fue sumar

 
 
  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mauricio Cabrera | MEDIOTIEMPOEstadio de Hannover, Alemania. Viernes 16 de Junio de 2006

  • El arquero dijo no

México nos hizo creer que aplicaría la moda en Alemania 2006: ganar en los últimos  minutos para celebrar con mayor euforia un triunfo que la lógica daba por hecho. La Selección, con esa costumbre de atentar contra lo presupuestado, permitió que el partido agonizara sin que los cartones registraran movimiento. Bravo no fue el mismo del recordado duelo frente a Irán; el "Guille" sufría cada que tocaba el esférico; Rafa lo intentó, hizo lo suyo, pero el arquero dijo no y cerró la cortina con categoría, como influenciado por la presencia de Oswaldo en el muro azteca.

El ambiente era de auténtica fiesta mexicana. La afición volvió a responder. Ella nunca falla, se entrega a los suyos y canta, grita y llora con los hombres vestidos de verde que saltan a la cancha representando a un país urgido de triunfos en el ámbito deportivo, especialmente en el futbolístico, donde la sociedad encuentra  un escape a los problemas de la cotidianeidad. La mesa estaba puesta; el rival, a modo. Fue el tricolor el que no estuvo listo, el que no concretó a la hora de la verdad y el que permitió que la calculadora tenga que ser sacada para su último compromiso de la fase de grupos.

La falta de decisión mexicana se percibió desde el silbatazo inicial. De nuevo, como frente a Irán, el cuadro estaba manco, incompleto, carecía del ala izquierda. También resaltaron las pifias de los de siempre, de los que no tendrían que estar en la oncena titular: Gerardo Torrado, quien sólo se atreve a pasar en corto, y Guillermo Franco, quien pareció argentino de sangre  mas no de cualidades. Así no se podía, ni siquiera frente a Angola, un rival todavía más débil de lo pensado. Los africanos encuentran en su portero a su principal soporte, y éste ni siquiera está registrado en equipo profesional alguno.

La Volpe y su corbata buscaron hacer lo suyo. La ausencia obligada de Jared ayudó para ganar movilidad en el último tercio de cancha, pero influyó  para que la esterilidad del ataque azteca se recrudeciera. Lo dicho, el Bravo que se ganó las portadas en la confrontación ante Irán no repitió su actuación… el de hoy, rebanó el esférico cuando tenía todo para vulnerar la puerta enemiga y trató de matar con la mano una pelota que debió ser cabeceada hacia atrás para marcar el gol de la quiniela. Sin Omar en plenitud y sin Borgetti, quedaba Franco, pero éste se empeño en ganarse la desacreditación de la parcialidad tricolor. En vez de reclamos y clavados en el área, habría que  pedirle contundencia.

Ricardo Antonio pensó que Sinha sería la solución de enlace entre el mediocampo y la ofensiva. La historia no quiso ser similar a la del domingo anterior: el charro brasileño se escondió en el terreno de juego, ignoró la responsabilidad del creativo y acabó naufragando frente a las imponentes torres africanas. Cuando lo más espectacular de un jugador es una sui géneris caída al chocar con un compañero, no se puede hablar de un buen funcionamiento.

Para el complemento todo fue igual y, a la vez, diferente. Se asemejó al primer tiempo en el sentido del dominio territorial de los nuestros y en los constantes errores a la hora de conectar con la artillería. La diferencia radicó en que México fue dándose cuenta de la oportunidad que estaba desaprovechando, del grosero partido que ofrecía frente a una afición que había viajado kilómetros de distancia para estar presente en la lucha por el anhelado quinto partido. La preocupación no fue bien encaminada. Los nervios aparecieron. Se carecía de profundidad y poder de definición.

A la cancha entró Jesús Arellano. Sinha, el héroe del pasado reciente, se fue sin gloria y con mucho pena, pues poco o nada pudo hacer sobre el rectángulo verde. El "Cabrito" entró a hacer diagonales, a buscar romper con la enfermiza tendencia de ofender por el centro y olvidar las bandas. Lo consiguió a cuentagotas. Cuando menos entregó más entusiasmo y verticalidad que el pequeño hombre al que sustituyó. Pero no fue suficiente. Ni el ni nadie sería la llave para el triunfo.

Sobre la recta final de la confrontación, apareció la casta y el orgullo de dos futbolistas indomables sobre la cancha, de un par de muestras claras de lo que verdaderamente debe ser un mexicano sobre el terreno de juego: Rafael Márquez y Francisco Fonseca. El primero asumió la estafeta de líder que le corresponde. Se fue convencido hacia el frente y sólo una prodigiosa estirada de Joao Ricardo impidió que el jugador blaugrana resolviera los problemas de un equipo que no merecía ganar. El segundo, se entregó desde el primer segundo en que pisó la cancha, luchó a rabiar y se significó como un sol en medio de la tibieza de sus compañeros.

El tiempo se extinguió irremediablemente. Se anunciaron tres minutos de reposición. Todos quisimos pensar que la historia sería como en otros partidos de Alemania 2006; agónica anotación y euforia generalizada. Nos equivocamos gravemente. Los segundos pasaron uno a uno, como pequeñas agujas que se clavan en el cuerpo, y dejaron caer el último grano de arena en el reloj. México, el que iba a ganar uno, dos, tres… hasta cinco partidos para callar bocas, fue incapaz de tan siquiera rasguñar a una de las oncenas más débiles de la Copa del Mundo.

El "Cielito" Lindo se escuchará más por costumbre que por verdadera emoción. Hoy, aunque duela, el verde se devalúa, aunque promete, porque prometer no empobrece, mejorar y brillar con luz propia en el imperdible partido ante Portugal.

[mt][foto: Mexsport]

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