El Color del MEX-ARG... ¡Y volvemos a creer que en 4 años la historia será...

Estas historias no tendrían que escribirse. El dolor de la eliminación es demasiado cruel, demasiado duro como para ser descrito mediante el limitado lenguaje del hombre. Lastima cada vez más. No...
Estas historias no tendrían que escribirse. El dolor de la eliminación es demasiado cruel, demasiado duro como para ser descrito mediante el limitado lenguaje del hombre. Lastima cada vez más. No es la primera vez que nos sucede, pero sigue doliendo igual
 Estas historias no tendrían que escribirse. El dolor de la eliminación es demasiado cruel, demasiado duro como para ser descrito mediante el limitado lenguaje del hombre. Lastima cada vez más. No es la primera vez que nos sucede, pero sigue doliendo igual

Mauricio Cabrera | MEDIOTIEMPOZentralstadion, Leipzig. Sábado 24 de junio de 2006

  • México se esforzó al máximo

Estas historias no tendrían que escribirse. El dolor de la eliminación es demasiado cruel, demasiado duro como para ser descrito mediante el limitado lenguaje del hombre. Lastima cada vez más. No es la primera vez que nos sucede, pero sigue doliendo igual… o quizás un poco más, porque estamos cansados de tomar aliento del alma para afirmar con esperanza carente de convicción "ya será dentro de cuatro años". Sangra el corazón, se destroza el orgullo y brotan las lágrimas. El sábado 24 de junio de 2006 quedará como uno de tantos sueños inconclusos de un futbol que dice aspirar a ser grande pero que no concluye como tal, no acierta ni mata al enemigo.

La realidad volvió a ser engañosa con nosotros. Sobre el terreno de juego apareció una Selección Mexicana desconocida durante la etapa anterior de la Copa del Mundo. El carácter, la garra y hasta el talento se pintaron de verde, nos hicieron creer que era la nuestra. Y  ahí estábamos todos pensando "hoy sí hacemos historia; se acabó el ya merito".  Las banderas se ondeaban con vitalidad. Veíamos al "Gringo" Castro correr como gacela por la banda; a Guardado actuar como si fuera un veterano de las canchas, y soñábamos en los Cuartos de Final, en la revancha frente a los alemanes.

Llegaron las jugadas a balón parado. Arma y debilidad nuestra a lo largo del proceso de La Volpe. Cuando se ofendía era uno de los recursos más efectivos, y así fue como se produjo el primer tanto, la explosión del gol que hizo explotar el corazón de millones de mexicanos. Cobra Pavel desde la punta. Méndez peina y Rafa Márquez se tiende heroicamente para empujar la de gajos. El verde, el blanco y el rojo vibraron en todo el Mundo. México, nuestro México, estaba callando la boca de los más habladores, de los que ya esperaban a Alemania o Brasil, dando por hecho que nos pasarían por encima. A los cinco minutos, demasiado pronto dirán algunos, la fiesta y la gloria eran nuestras.

A mantener la calma, a no precipitarnos ante el dulce tazón de la victoria. Todos, incluidos aficionados y medios de comunicación, buscábamos conservar la serenidad, evitar que la excitación se convirtiera en una sensación tan fuerte que acabara permitiendo el resurgimiento del rival. El triunfo no se nos podía escapar de las manos. Lo teníamos detenido con esposas, agarrado a lo más profundo de nuestros espíritus, o del espíritu mexicano, que es el de todos. Esa era la idea…

Ya lo habíamos comentado: las jugadas a balón parado siempre fueron arma y veneno para nosotros. Así como un tiro libre abrió la puerta para ponernos a saltar, un saque de esquina desde la punta derecha nos jugó una muy mala pasada, una broma indeseable para cualquiera. Riquelme ejecuta. Borgetti se agacha intentando anticiparse a Crespo y lo consigue, con la salvedad de que su remate dejó sin oportunidades a Oswaldo Sánchez. El orgullo albiceleste resurgió. Pekerman se abrazaba con los suyos. Con su emoción quedó muy claro que ganarnos ya no les parecía cosa de niños.

Llegó la tensa calma tras el explosivo inicio. Ambos se hirieron demasiado pronto. Argentina vio que el rival no era tan débil como lo pensaba y prefirió dosificar el esfuerzo. México atacaba, luchaba como león indomable por la pelota, pero no producía grandes ocasiones de peligro. Empate técnico que sólo provocaba tensión en técnicos, jugadores y aficionados.

Los de la albiceleste tuvieron un par de buenos intentos ofensivos. Crespo, gladiador y entregado a la causa, se mantuvo como el principal dolor de cabeza para una zaga que no estuvo tan distraído como en anteriores cotejos. Hernán disparó cruzado a los diecisiete. Oswaldo ya se había tendido para intentar desviar la de gajos. Márquez no quiso esperar la intervención de su arquero y se barrió con liderazgo para hacerle ver al artillero argentino que iba a necesitar mucho más si deseaba vencer la valla tricolor. En la otra de Crespo, Oswaldo estuvo en plan grande y salió para cerrar el ángulo de disparo. La pelota se fue a centímetros. Uno a uno en el marcador. México creyéndose capaz de vencer a la potencia y Argentina preocupada por los dolores extra de cabeza que le ocasionaba la oncena de Ricardo La Volpe.

Por lo sentimental de la historia no se ha escrito mucho acerca del árbitro, pero también hizo sus merecimientos para ser considerado. A los cuarenta y cinco minutos, Abbondancieri tocó para Heinze. El zaguero argentino se equivocó en el control de la pelota. “Kikín”, luchador sin máscara, ganó el esférico y la elevó para superar al defensor; éste se barrió para cortar la ofensiva azteca y recibió un tímido cartón amarillo. Al suizo Busacca le pesó la camiseta que alguna vez fuera vestida por hombres de la talla de Diego Armando Maradona y Gabriel Omar Batistuta. No se trata de culpar al hombre de negro. Cuando en verdad se es ganador uno se impone a todo y a todos, sin importar de qué color vistan.

El intermedio se hizo eterno. Algunos, los optimistas, deseaban fervorosamente el comienzo de la segunda mitad. Aguardaban ansiosos el momento de anotar el gol que abriera el conducto del histórico triunfo; otros, miedosos de lo que el futuro pudiera deparar, buscaban relajarse y eternizar el descanso para que el sueño de participar en una Copa del Mundo no es extinguiera con tanta celeridad. El inexorable tiempo estuvo del lado de los optimistas, se negó a detenerse y pidió con frialdad que ambas oncenas rompieran la tregua y volvieran a la guerra, donde uno de los dos tendría que caer.

México estaba a cuarenta y cinco minutos de hacer historia, o bien, de acomodarse entre los demás granitos de arena que recuerdan fracasos y desilusiones acumuladas en el baúl de los recuerdos. El objetivo era claro y firme: alcanzar el quinto partido. En nosotros estaba, aunque también en la calidad del rival.

La pelea se fraguaba en el centro del campo. No es que no hubiera actividad frente a los arcos, pero ambas retaguardias se mantuvieron atentas y listas para resolver cualquier contingencia. Lo más claro para la causa verde se produjo en los albores del complemento, cuando un rechace de Juan Pablo Sorín se estrelló en la cara de Jared Borgetti y cerca estuvo de vencer al golero argentino. Se sufría para inquietar al portero enemigo.

Argentina hería con destellos individuales de sus figuras en ataque. Saviola estuvo muy activo, exigió a Oswaldo. Éste cumplió como debía, sin aspavientos y dando tranquilidad a un cuadro que ya de por sí lucía sereno. Crespo se fue, ya no daba para más, e ingresó Tévez. El ex de Boca Juniors hizo el gasto mas fue incapaz de abrir el ostión azteca.

Los minutos discurrían y no se reflejaba movimiento en el marcador. La prolongación del cotejo empezaba a verse como un escenario posible. Y sí, las manecillas caminaban a paso veloz y llegaron al final. No sin que antes Messi, recién ingresado al terreno de juego, estremeciera las redes mexicanas. Bussaca, que también perdonó el segundo cartón amarillo a Márquez, señaló inexistente posición adelantada. Se conservaba el sueño mundialista, aún era posible alcanzar el quinto partido.

Tiempos extra. El fantasma de los penales en el fondo. Comenzó el tricolor dominando, tocando la pelota y buscando incomodar con centros a Borgetti. Bien México, empujando al enemigo, teniéndolo apertrechado en propia puerta. Nos frotábamos las manos, pronosticábamos que el gol estaba por caer. Así fue, tuvimos razón, pero nos equivocamos de lado: una genialidad de Maxi Rodríguez acababa incrustada en el ángulo derecho de Oswaldo y en lo más profundo de nuestro corazón. Sólo así nos podían ganar, y así lo hicieron. ¿Castigo divino o falta de recursos nuestros? No lo sabemos, el chiste es que de nuevo nos estábamos quedando en la orilla.

México se esforzó al máximo. Castro fue el mejor ejemplo. Tironeado y sin fuerzas para correr se mantuvo en la batalla, luchó, gritó, se mató sobre la cancha. Con eso no basta. Para alcanzar el quinto partido hace falta contundencia y no perdonar al rival, es necesario ser implacable y herir al rival sin piedad, así como a nosotros nos lo hicieron los argentinos.

Sobre el final del segundo tiempo extra se presentó una clara falta dentro del área sobre Rafa Márquez. Era penal, de eso no hay duda. Pero ya no culpemos al árbitro, empecemos a cambiar. Nos quedamos en la orilla de forma honrosa, con la cara al sol. Es mejor perder así que humillados, pero también es cierto que ese es el consuelo de los perdedores, de los que no están acostumbrados a ganar.  

Se escuchó el silbatazo final. Todos a llorar y, necios como somos, a decirnos unos a otros que sí, que ya vendrán otros Mundiales  y que un día, cuando menos a cuatro años de distancia, estaremos entre los grandes y aspirando seriamente a ser los Campeones del Mundo.

-La Crónica del partido -La Galería del partido-El Presidente Fox felicitó a la Selección-Reacciones de Márquez-Reacciones de La Volpe-Reacciones de José Pekerman-Reacciones de Maxi Rodríguez

[mt][foto: Mexsport]

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