Color ALE-ARG... Acabaron con los sueños de Diego y millones de argentinos más

El verdadero Mundial daba comienzo. Alemania y Argentina, enemigos declarados en el ámbito futbolístico, se veían las caras con odio y desprecio. Su rivalidad no es cualquier cosa, está cobijada...
 El verdadero Mundial daba comienzo. Alemania y Argentina, enemigos declarados en el ámbito futbolístico, se veían las caras con odio y desprecio. Su rivalidad no es cualquier cosa, está cobijada por dos finales de Copa del Mundo. Una para cada lado. 1986

Mauricio Cabrera | MEDIOTIEMPOOlympiastadion, Berlín. 30 de junio de 2006

  • Diego y los suyos lloran como en 1990

El verdadero Mundial daba comienzo. Alemania y Argentina, enemigos declarados en el ámbito futbolístico, se veían las caras con odio y desprecio. Su rivalidad no es cualquier cosa, está cobijada por dos finales de Copa del Mundo. Una para cada lado. 1986 para Argentina; 1990, con polémico penal incluido, para la casta y el orgullo teutón. Éste sí era un clásico del balompié internacional, un partido imperdible para quienes vibran con el mejor futbol del planeta.

Y salieron a la cancha los veintidós gladiadores. El buen futbol tardó en aparecer. La tensión sobre la cancha ocasionó roces constantes, infracciones al reglamento y un juego violento que evidenció el rencor existente entre los contendientes. No es para seguir gastando el cliché, se trata de una realidad: estábamos ante una verdadera guerra en calzoncillos.

La primera  mitad fue apasionante. Carente de emociones en ambas puertas pero con singular vigor e intensidad. Quedaba claro que cada uno de los actores sobre el terreno de juego moriría en la raya con tal de alcanzar la victoria y seguir adelante en ese sueño llamado Campeonato Mundial. Alemania y su histórica gallardía de mil batallas, y Argentina, con su egocentrismo cobijado por los grandes héroes del pasado, luchaban vehementemente sobre el terreno de juego. Entretanto, el mundo entero fijaba su mirada en una cancha convertida momentáneamente en territorio de guerra. Todos atentos. Cero a cero al entretiempo, pero con el seguro presentimiento de que la pólvora estaba por estallar.

Y así fue… Apenas corría el tercer minuto de acción del complemento cuando llegó la acción que rompió el hielo y estalló la guerra futbolística. Cobra Riquelme. Ayala se mueve y sueña con marcar el gol que abriera la puerta del triunfo y amargara el atardecer alemán. Encontró la pelota, la remató con furia y venció a Lehmann. Pero era poca cosa para una escuadra que nunca se da por vencida.

Argentina se sintió dueño del partido. Se produjeron los cambios defensivos de Pekerman. Alemania, gradualmente fue apoderándose del esférico. Empujando y empujando con pasmosa tranquilidad para tejer la anotación del empate, la del vuelve a la realidad para los gauchos.

Pasaban los minutos. La gente alemana, pese a estar consciente de los alcances de su equipo, empezaba a desesperarse, a sentir que el regalo máximo de la fiesta no era para ellos, que los colores azul y blanco acabarían imponiéndose. La representación teutona dejó callados a todos. Minuto setenta y nueve. Ballack centra desde el corredor izquierdo. Borowski se mueve, sabe que él no debe rematar directo al arco y prolonga para la llegada de Klose. “Argentina tuvo mala suerte”, había dicho Miroslav horas antes del partido. Ratificó lo dicho con testarazo cruzado que dejó tirado e inerte a Leo Franco, quien sustituyó al soldado caído en que se transformó Abbondanzieri. Estalla Berlín. Pekerman y toda la nación sudamericana se mezan los cabellos y pierden un poco de su sentimiento de superioridad.

Los noventa minutos no dieron para más. Lubos Michel silbó el final del partido y la llegada de los tiempos extra. Nerviosismo reflejado en el rostro. La hora de conocer al ganador se acercaba. Alemania y Argentina enfrentados en una cancha con el único objetivo de seguir adelante…

Temor y respeto en los tiempos adicionales. Ninguno quiso arriesgar de más. Valía la pena ganar, pero era muy peligroso dejar espacios en retaguardia. Se fue el primero. Quince minutos y cambio de lado. Se fue el segundo. A observar el manchón penal y a elegir los tiradores. Vaya responsabilidad para técnicos, en primera instancia, y para tirados, en segunda y última instancia.

Se dieron las listas de tiradores. Lehmann y Franco al paredón. Neuville no falló. Con disparo a la derecha acertó el primero. A escena, Julio Cruz. Tampoco se equivoca desde los once pasos. Arriba y a la izquierda. Sencillito como los argentinos. Ballack le sigue. Anota sin problemas. Con el temple que caracteriza al hombre líder dentro del campo. Ayala es llamado a comparecer. El defensa argentino entrega la pelota al cancerbero teutón. Explota Berlín y el corazón gaucho tiembla y tiembla sin cesar.

La esperanza albiceleste se esfumó. Podolski y Borowski anotaron. Maxi sacó el orgullo e hizo lo propio. Se vino Cambiasso. Esteban se perfiló, sabía que si fallaba estaban fuera. Quizás fue demasiada la responsabilidad. Los pies le fallaron y disparó con tibieza transformada en monumental regalo para Lehmann. Desde los once pasos, Alemania ganó la guerra y el derecho a seguir adelante en una Copa del Mundo que cada vez está marca de ser suya por completo. Argentina, en cambio, vuelve a casa. Hoy, como en 1990, Diego Armando y los suyos no paran de llorar. Su nuevo “Mesías” sigue sin llegar o, cuando menos, sin jugar. [mt][foto: EFE]

  • Más sobre:
  • Tri
Newsletter MT
Suscríbete a nuestro boletín de noticias deportivas.
No te pierdas
×