El Color del Alemania-Italia... Alemania llora y llora víctima del catenaccio

Callar el orgullo de un país usualmente ganador requiere de talento y sangre fría. Nadie como Italia para lograrlo. La fórmula fue la de siempre, el mismo aburrido y  metódico catenaccio, ese que...
 Callar el orgullo de un país usualmente ganador requiere de talento y sangre fría. Nadie como Italia para lograrlo. La fórmula fue la de siempre, el mismo aburrido y  metódico catenaccio, ese que se impone ante las agudas lágrimas de los románticos q

Mauricio Cabrera | MEDIOTIEMPOEstadio de la Copa Mundial de Dortmund, Alemania. Martes 4 de julio de 2006

Callar el orgullo de un país usualmente ganador requiere de talento y sangre fría. Nadie como Italia para lograrlo. La fórmula fue la de siempre, el mismo aburrido y  metódico catenaccio, ese que se impone ante las agudas lágrimas de los románticos que anhelan espectáculo sobre practicidad. La azurra ganó a su manera. Juega de forma muy poco vistosa. Sólo ella disfruta el juego de esa manera. Pero, qué importa, si gracias a ese estilo se encuentra, de nueva cuenta, en una final de Copa del Mundo.

El guión de la película, al menos en su desarrollo, todos lo sabíamos. Italia cedió la iniciativa. Alemania tenía libertades donde de muy poco servían y prohibiciones donde añoraba un pequeño rincón de independencia. El conjunto de casa lo intentó una y otra vez. Por arriba, por abajo, por la izquierda, por la derecha…. y los de azul siempre campantes, conociendo sus fortalezas y ganándose las críticas de quienes esperaban ocasiones de peligro en ambas puertas. Parecía que nada pasaba, que el marcador estaba empatado a ceros, pero no. Se nos olvidaba que cuando todo navega en aparente tranquilidad es porque Italia va ganando, porque el astuto gato está muy cerca de atrapar al inquieto ratón.

Estábamos ante un partido con rica historia mundialista. Los teutones sabían que el pasado no les favorecía, aunque una y otra vez se decían a sí mismos que la estadística no participa sobre la cancha; que los números no servían más que para alimentar el ocio y las esperanzas de un rival que nada tenía que hacer en una fiesta diseñada para que Alemania volviera a encumbrarse como el mejor del mundo. Es cierto. La historia no necesariamente dictó al triunfador de la fatídica noche alemana, pero sí estuvo presente como un fantasma que en ningún momento dejó de inquietar a los anfitriones. También tuvo sus efectos positivos en los de Lippi: se sabían capaces de silenciar a millones de fanáticos, y, por qué no, a la propia FIFA, que siempre piensa en el bienestar del país organizador.

Se fueron los primeros cuarenta y cinco minutos. Armando Archundia, otro histórico en medio de un enfrentamiento ya de por sí repleto de anécdotas y datos dignos de mención,  hizo sonar su silbato y mandó al entretiempo. Salvo mínimos sobresaltos, Italia salía muy bien parada con el cero a cero que sabía a triunfo…. Reinició la contienda. Tensa calma en Dortmund. Corrían las manecillas del reloj. Tic,tac, tic, tac… Llegó el minuto noventa. Maliciosa sonrisa azul. Rostro de extrema preocupación en Klinsmann. Los tiempos extra ya no sólo se presentían, eran una realidad.

Y ahí estaban los representantes de un futbol en plena crisis de corrupción y malos manejos. Vestidos de azul, con implacable elegancia, los de la azurri se sentían cómodos en circunstancias en las que cualquier otro estaría rasgándose las vestiduras. Lo dicho: el empate era como una victoria para ellos. Con el enemigo extenuado y apurado por su propio público, se acercaba el momento de atacarlo con el más  mortal de los venenos: un golpe de último minuto.

Cambio de cancha. Archundia da por finalizados los quince minutos iniciales del alargue. De pronto, la pasiva Italia se transforma en una fiera salvaje que quiere acabar al enemigo. La escuadra de Lippi tiene paciencia para esperar los instantes más adecuados.

Arribó el minuto ciento diecinueve. Mientras el cuerpo técnico alemán pensaba en su lista de cinco tiradores, el ejército azul por fin abandona con descaro su posición conservadora. Pirlo maneja cerca del área teutona, tiene la opción de tirar pero prefiere encontrar a Grosso. Éste no falla. Como viene, apurando la muerte local, empalma el esférico y lo cruza hasta el rincón al que nunca llegaría Jens Lehmann. Se derrumba el estadio de la Copa Mundial de Dortmund. Alemania tenía segundos para conseguir lo que no había podido hacer durante más de una y hora media: vencer la muralla de Lippi.

Klinsmann quiso sacar la casta. Aplaudió con la finalidad de impulsar la reacción de los suyos e intentó creer que la suerte no estaba echada. Pero Italia ni siquiera otorgó la oportunidad de soñar con una heroica reacción. Un minuto después, al ciento veinte, como la más cruel de las películas de un par de horas de duración, Gilardino tocó para Del Piero, y éste colocó el último clave en el ataúd anfitrión.

Lo que siguió fue drama en su más pura esencia. Lágrimas por todos lados. Aplausos carentes de convicción. Klinsmann desencajado. Ballack, el gran líder, hundido y doliéndose por haber sido derrotado a un paso de la gran final. Tragedia alemana. Dolor por todos lados. La fiesta que durante años organizaron no iba a ser para ellos…

Italia, la elegante y práctica Italia, sueña con su cuarto título Mundial. Con altivez derriba un nuevo muro de Berlín y reafirma que su singular estilo está más vigente que nunca. A muchos les duele decirlo: el catenaccio ha vuelto a ganar, el futbol defensivo sigue callando bocas y haciéndonos creer que el espectáculo es efectivo en el circo mas no sobre el terreno de juego. [mt][foto: EFE]

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