El Color del Francia-Italia... Italia se consagra en medio de un triste...

La metódica Italia alcanzó la máxima gloria que ofrece el futbol. Lo hizo a su manera, sin mucho espectáculo pero con la garra y serenidad que sólo un cuadro como el de la “Bota” es capaz de...

Mauricio Cabrera | MEDIOTIEMPOEstadio Olímpico, Berlín. Domingo 9 de julio

  • Zidane pasó de la gloria a la equivocación
  • Italia ganó como mejor lo sabe hacer

La metódica Italia alcanzó la máxima gloria que ofrece el futbol. Lo hizo a su manera, sin mucho espectáculo pero con la garra y serenidad que sólo un cuadro como el de la “Bota” es capaz de mostrar en compromisos de tan alto grado de exigencia. Los comentarios serán los de siempre: ganó el futbol defensivo, el que sale a no perder y a sorprender en un contragolpe. Pero muy poco puede cuestionarse cuando está de por medio la Copa del Mundo. En una final en la que la cúspide del balompié universal está en juego, no importan las maneras, sino la obtención de la victoria a como dé lugar.

Muchos pensaron que el último respiro de la Copa del Mundo estaba diseñado para que Zinedine Zidane se despidiera como el gran jugador que es. Las condiciones estaban dadas. El mejor escenario para uno de los máximos representantes del futbol arte en nuestros días. Tenía lógica y sustento. Sin embargo, Zizou no pudo completar la obra, decidió abandonarla antes de tiempo. Primero hizo lo que sabe: nos regaló un osado y extraordinario cobro de tiro penal. Elevó la pelota con maestría, ésta impactó en el travesaño y acabó rebotando dentro del arco italiano antes de abandonarlo. Elizondo no se equivocó. Gol francés. Quedaba claro que Zidane era de otro calibre, de un mundo en el que el balón y los pies se unen como el más exitoso de los matrimonios. El mago francés estaba cumpliendo, aunque acabaría despidiéndose con una de las peores equivocaciones de su carrera.

La azurri endureció el rostro en cuanto se vio castigado por la cuestionable marcación del tiro penal. Se puso a hacer lo suyo. Nunca empujó con fuerza numérica, pero sí con la precisión que la ha mantenido históricamente como una de las máximas potencias del futbol. Intentaba una y otra vez sin que por ello perdiera la fría y estética figura que acostumbra. Y así, trece minutos después de verse abajo en el marcador, Toni aprovechó una distracción de Vieira para cabecear y estremecer las redes de los galos. Uno a uno. Empate que, como se ha dicho anteriormente, bien podía considerarse como victoria parcial para los de Marcelo Lippi.

El choque se fraguaba en el mediocampo. Notable despliegue físico; litros de sudor derramados sobre la cancha. Nadie imponía condiciones. A Francia le hacia falta creatividad para vencer por segunda ocasión a la mejor retaguardia de Alemania 2006. A Italia parecía no importarle demasiado; tenía largos minutos por delante para anotar el tanto que pusiera el trofeo en sus manos.

Las manecillas siguieron su andar. Mil millones de seguidores atentos a su televisor. El estadio de Berlín colmado a su máxima capacidad. El mundo, redondo como un balón, girando en torno a una cancha que sirve como escenario y a veintidós jugadores que protagonizan la historia del momento. Es la magia de la pelota, la seducción de un deporte que apasiona sin contemplaciones, que atrapa por sí mismo.

Con Italia sobre el terreno de juego y con los cartones emparejados, quedó claro que el alargue sería necesario. Los franceses ya no rendían a tope. El esfuerzo, no sólo en la final, sino a lo largo de todo el evento pasaba factura. Los italianos, en cambio, también sudaban copiosamente, pero mantenían la elegancia y el aplomo. Así llegaron los tiempos extra. Elizondo, de magnífico desempeño salvo por la dudosa marcación del penal, indicó que los noventa minutos de tiempo reglamentario habían concluido.

La incógnita por saber quién sería el nuevo rey del balón crecía a pasos agigantados. Mientras tanto, ambos se protegían con todo lo que estaba a su alcance. El primer tiempo extra agonizaba cuando llegó la acción que parecía diseñada para servir como un monumental adiós para Zidane. “Zizou” toca en tres cuartos de cancha, abre para el costado derecho. La pelota vuela rumbo al área, Zidane está ahí, remata completamente solo... Buffon, que de gracioso no tiene nada, vuela y rechaza a una mano. No, Zinedine, la gloria en esta ocasión no está reservada para ti.

Cambio de portería. Como dos equipos de barrio, Francia e Italia pasan de un arco a otro y se disponen a jugar los últimos quince minutos de la Copa del Mundo. Zidane quedó hambriento de protagonismo. No era para menos. En su día y con el máximo trofeo en disputa, tenía que lucir. Y sí... “Zizou” se apoderó de las cámaras. Lo hizo de la peor forma posible, propinando certero cabezazo a Materazzi. El galo no se salvo. Ni su etiqueta ni su anunciado adiós impidieron que el hombre de negro, apoyado por sus asistentes, mostrara el cartón rojo y anticipara el retiro de un futbolista que debió irse de otra forma, pero que tendrá por siempre un sitio privilegiado entre los más grandes representantes de la relación humano-balón.

La paridad se mantenía. No había forma de romperla. Entonces, se volvió necesario el método infalible, el que tarde o temprano designa un ganador. Llegó la serie de tiros penales.  Pirlo otorga certeza, lo hace con increíble tranquilidad. Wiltord no desentona, acierta y vuelve a empatar las hostilidades.  Materazzi prosigue con el show de virtudes italianas. Barthez nada puede hacer. A Trezeguet le tocó el papel de villano. David se perfila, sueña y piensa con el gol. Entra en contacto con la pelota, ésta va al travesaño y se aleja de la meta enemiga. El error que tanto esperaban los de Lippi se produjo y fue suficiente para que la Copa del Mundo se pintara de los colores italianos. Del Piero y Grosso hacen lo suyo. Italia es el nuevo Campeón del Mundo. [mt]

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