Roger Federer y la geopolítica de la felicidad

El challenge del último punto del partido entre Roger Federer y Rafael Nadal puso al mundo en vilo.
Ciudad de México -

El challenge del último punto del partido entre Roger Federer y Rafael Nadal puso al mundo en vilo. La repetición digital confirmó lo que la gran mayoría en la Arena Rod Laver quería: que la pelota mordiera la línea. Así fue.

Estalló el grito de alegría en el público asistente y el de muchos televidentes que observaron el partido en todo el mundo. Entonces las personas se unieron en torno a un héroe transmedial, meta-histórico. Quizá, a uno de los pocos deportistas en el que hay un consenso para amarlo.

Hay hechos en los cuales la historia marca a las personas y los vuelve íconos. El deporte no está ajeno a eso. El hecho de ganar su décimo octavo Grand Slam ha vuelto a Roger Federer una deidad, alguien al que hay que arropar para siempre, pues es el deportista más querido y más respetado de la historia.

El universo circundante, el de las plataformas de comunicación multilaterales, donde la información se vuelve un tsunami, Federer emerge como el aladid de la razón, aquel que hace frente a la arrogancia con una sencillez pasmosa y con un profesionalismo y entrega sin precedente.

El domingo 29 de enero se recordará como el día en que el tenista suizo hizo que el mundo sonriera en medio de las protestas por los inmigrantes en los aeropuertos de Estados Unidos y de un oscurantismo que está cobijando las conciencias de muchos gobernantes principalmente en Estados Unidos. El abrazo al triunfo del suizo sobre Rafael Nadal le dio al mundo un halo de esperanza. Roger el unificador de conciencias, de sonrisas, de gustos, de satisfacciones.

Federer representa hábitos de vida saludable en todo lo que hace, más allá de la seriedad con que enfrenta sus propios demonios. Los hábitos de la disciplina, de la entrega, de la lucha constante e inmediata contra la adversidad, pues en una cancha de tenis, habitus que acompaña al tenista durante todo el partido y en cada ronda que va pasando, Roger es un escultor del tiempo y el espacio.

El esteta más representativo de éste deporte desde Bjon Borg. Verlo jugar representa la perfección escultural de un juego que es complicadísimo de practicar en lo mental y en lo físico. La soledad del tenista puede compararse a la soledad del escultor o el pintor mientras trazan mental y físicamente su lienzo o cincelan la piedra.

Seis meses de ausencia bastaron para que calmar el ansía mundial por verlo de nuevo. Seis meses donde como Jesús en el desierto, Federer expió sus culpas físicas y mentales, regresando y entendiendo, que eso es lo que tiene que ser y hacer, estar entre los grandes con toda la humildad posible, pero también con toda la estética, la fuerza moral y física para seguir siendo el mejor.

Mientras el mundo se molesta con el nuevo gobierno de los Estados Unidos marchando, exigiendo políticas de igualdad, equidad, defendiendo el libre tránsito y un trato más igualitario entre los seres humanos, la figura de Roger Federer se ha convertido, una semana después de ganar el Abierto de Australia, en una figura en la cual se puede confiar.

Es una figura simbólica donde la paz se impone con su forma de jugar y su ejemplar comportamiento dentro y fuera de las canchas (aquí no hay higienismos, así es él) y en la cual muchos seres humanos se refugiaron olvidándose por un momento, del difícil fin de semana que pasaron los Estados Unidos, México y muchos otros países que hoy tienen que lidiar con un presidente estadounidense fuera de sí.

Por eso Federer es un oasis en un mundo en donde la negatividad, parece campear solapada por la incapacidad de dialogar.

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