El resplandor

Un día, muchos años después podrás contar que le viste a él; al hombre que tenía los pies alados, al chico caribeño que desafiaba al tiempo; al portento jamaicano que levitaba sobre la pista, a la...

Un día, muchos años después podrás contar que le viste a él; al hombre que tenía los pies alados, al chico caribeño que desafiaba al tiempo; al portento jamaicano que levitaba sobre la pista, a la saeta negra que cazaba récords. 9.71, 9.70, 9.69… ¿Que más da? Todo el mundo vio que Usain Bolt pudo haber corrido todavía más rápido en Beijing de no haberse dejado llevar por la euforia en los últimos metros. Pero una centésima más, o una centésima menos, no hubieran hecho diferencia alguna en términos de esta fabulosa anécdota, porque estaba claro tras las eliminatorias y antes de que iniciara la competencia, que el jamaicano era ya el hombre más rápido en la historia de la humanidad.

Lo que verdaderamente importa fue el mensaje que este atleta fenomenal le mandó al mundo esa noche de leyenda en que ganó de forma insultante los 100 metros planos en Beijing. El gran valor de su victoria radica en la señal que nos envió una vez que se supo victorioso veinte metros antes de cruzar la meta. Bolt volteó hacia las cámaras en plena carrera como si al hacerlo pudiera ver nuestras caras de asombro; relajó su zancada aérea, se dio un golpe en el pecho, abrió los brazos como para cuestionarnos nuestra poca fe, y así entró en el recinto de la inmortalidad olímpica.

Más que un acto de fanfarronería, más que un signo de soberbia, los alardes del sprinter caribeño fueron una manera de decirnos que se puede ir mucho más allá de lo que todos piensan; que el hombre no tiene porque reducirse a correr los 100 metros en 9.70; que los límites están en nuestra mente, que las barreras están en el inconsciente colectivo, que las fronteras del ser humano habitan en nuestra imaginación.

"Fue una locura fenomenal. Ahora cualquier cosa es posible. El cuerpo humano está cambiando. Mi objetivo era ganar. Cuando vi la repetición, me quedé asombrado", dijo Bolt al convertirse en el primer Campeón Olímpico en la historia de Jamaica, una isla que ha sido un templo para los velocistas, una nación de la que surgieron medallistas de Oro como Linford Christie y Donovan Bailey, quienes terminaron corriendo para la Gran Bretaña y Canadá.

"No estaba presumiendo…cuando vi que había roto el récord, simplemente me sentí feliz. Siempre fui el más rápido. Vine aquí a ser campeón. No sé dónde está mi límite", le dijo Bolt a los periodistas. Su mensaje penetró con tanta fuerza, que al día siguiente tres de sus compatriotas arrollaron a las estadounidenses en la Final de los 100 metros. Ni siquiera fue un Uno-Dos-Tres para la isla caribeña, sino un Uno-Dos-Dos, porque detrás de Shelly-Ann Fraser, llegaron empatadas Sherone Simpson y Kerron Stewart, para completar la barrida y demostrarnos que la fe es contagiosa.    Horas más tarde, mi compañero Rafael Ayala le preguntó al cubano Dayron Robles, plusmarquista mundial de los 110 metros con vallas, cómo había sentido la pista tras ganar su eliminatoria, y Robles se limitó a contestar con otra pregunta: "¿Viste lo que hizo Usain Bolt…?"

Y es que en la retina Olímpica se quedará para siempre este resplandor, esa increíble jornada del 16 de agosto en que por la mañana vimos a Michael Phelps completar la hazaña de conquistar ocho medallas de Oro, y por la noche observamos a Usain Bolt llevar la carrera de 100 metros a otra dimensión. Fue, sin duda, un día de reyes en la historia del deporte, un episodio imperial que me permitió confirmar que hoy todo es posible en Beijing 2008, que la gloria se contagia, que los héroes se saludan unos a otros con proezas, y que esta milenaria ciudad, es estos días, el anhelado parque en el que se alcanzan los imposibles.

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