La noche en que murió

¡Bienvenidos, bienvenidos! Al mundo de los rituales que significan duelo para vivir y reinvención para morir.

¡Bienvenidos, bienvenidos! Al mundo de los rituales que significan duelo para vivir y reinvención para morir.

Con amorosa dedicatoria a mi abuela Vicky, que en los supuestos culturales leerá esta columna desde el sitio de las cosas eternas, donde seguirá tejiendo mis chanclitas, cocinará las grandes comidas que acostumbraba hacer y no se perderá todas las novelas del 13. 

Los rituales humanos me han impactado por su filantropía y dosis neuronal que descargan. El significado de las derrotas deportivas en las fases finales son crisis existenciales que no permiten arropar las ideas y prontas resignaciones. El mundo sigue su marcha con duelos de haber perdido no una batalla, sino a veces una vida.

Tratando de ejemplificar, me acuerdo de un ensayo de Juan Villoro en su libro Dios es Redondo, donde nos narra la historia del guardameta carioca que en el Maracaná falleció por primera vez en vida al rozar la pelota de Gigghia, para que Barbosa enmudeciera eternamente al cargar la losa de un gol que hizo llorar a una nación en el Mundial de 1950. Uruguay ese día revivía para ver morir a Brasil en su propia fiesta.

En esas mismas tierras amazónicas, el fin de semana fuimos testigos de una muerte silenciosa. Interlagos fue el escenario del último capítulo dramático de la película más taquillera deportiva del 2007: Los fugitivos plateados. Historia que narra la poca credibilidad del deporte motor, que ha sido evidenciada con problemas y trampas de espionaje con la escudería que dominaba el certamen. Ahí nació el protagonista que acaparó todos los reflectores y dejó en él todas las fantasías del crujir de los bólidos con su intrépida rebeldía.

Poco después, habría errores humanos no permitidos para los que buscan el Olimpo deportivo. El británico chamaco suicidó sus aspiraciones en Sao Paulo, Brasil, para demostrar que todos somos mortales. Además, el asturiano Alonso se bajó de su pedestal y su reinado doble para ver a un finlandés (Raikkonen) robarse la función.

A una semana de que Louis Hamilton regalara el título de la Fórmula 1, reflexioné en el marco de las despedidas de los ciclos de vida y el valor cultural de un fenómeno deportivo. La significación que le damos a cada competencia para venderla de trascendental en las épicas narraciones de nosotros, los juglares postmodernos que gestan las memorias e interpretan las muertes.

Los aprendizajes y las moralejas de la vida son recurrentes después de una pérdida. En mi caso añoraré el chile morita con frijolitos de Vicky y sus frases tan mexicanas para explicarme la vida; en el caso de Hamilton, creo que añorara el deseo para que ya sea otro año más, que la vida siga su curso lo más rápido posible para entender que los mortales seguimos vivos, luchando y compitiendo en los deportes siempre para ganar.

La noche en que murió mi abuelita sabía que debía de seguir escribiendo historias, narrando títulos y justificando la eterna conexión entre los deportes, la sociedad, la cultura y el espectáculo. (Por hoy, también la muerte).

La Barra 90.9 sábados 1 pm en la Ciudad de México 90.9 fm. Para todo el cibermundo www.ibero909radio.com Porque no todos escuchamos lo mismo.

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